Artistas de Cádiz | Manolo Caballero Los extremos rigores de la pintura

  • El gaditano Manolo Caballero es un artista incesante, consciente, culto y buscador de identidades

Manolo Caballero, en su estudio. Manolo Caballero, en su estudio.

Manolo Caballero, en su estudio.

El arte encierra muchas circunstancias tangentes a la propia creación; también personajes únicos que hacen, asimismo, única la realidad que ellos patrocinan. Manolo Caballero es uno de ellos. Lo es porque su trabajo alrededor de lo artístico es distinto a casi todos. Ha sido muchas cosas en un arte al que siente como nadie y del que sabe, probablemente, todo y más de lo que se puede saber. Estudió Historia del Arte, asunto que supone que llegó a la profesión de una manera distinta a como lo hizo la inmensa mayoría, cargado de buenas referencias y de trascendentes postulados para saber a qué atenerse, lo que le otorga el valor añadido de un reconocimiento riguroso de esa historia que ha imprimido de infinitas fórmulas a una práctica con toda clase de desarrollos y desenlaces. Durante un tiempo fue, junto a Eduardo Rodríguez, alma directa y entusiasta en la gestión artística de la Diputación Provincial, consiguiendo entre ambos que Cádiz fuera estación término de las mejores exposiciones en las que se podrían pensar; también que el Certamen de Artes Plásticas Aduana consiguiera ser una de las citas obligadas del arte español y atractivo unánime para una parte importante de los artistas del momento. Ejerció la crítica de arte en las páginas de Diario de Cádiz, haciendo que su sagaz mirada captara la verdad –y lo que no lo era– de la producción artística. Ha sido, también, activo motivador en la formación de artística de muchos entusiastas aficionados de la Isla de León y su entorno.

El compacto y amplio historial de Manolo Caballero tiene su punto y seguido en el ejercicio creativo, en una aventura que descubre a un pintor en posesión de una obra particularísima que no ofrece la menor duda sobre una procedencia personal, portadora de una lenguaje único que transcribe una escenografía determinante, consciente y llena de una trascendente dimensión estética. Manolo Caballero es un pintor culto, muy culto, de una sabiduría aprendida en sus infinitas lecturas de todos los ámbitos. Es conocedor de la Historia del Arte, hasta donde bucea para organizar muchas de sus fabulosas iconografías que hacen participar una ambientación poblada de seres extraños, pararreales y mediatos a una existencia que, no obstante, se adivina posible en un mundo lleno de incertidumbre por el que parece que discurrimos sin remedio.

Las escenas de la pintura de Manolo Caballero ilustran una realidad a contracorriente, distópica, fuera de un contexto habitual pero que, sin embargo, no dejan de proporcionarnos datos para lo que pudiera llegar, máxime en este tiempo en el que todo se ha extralimitado y la realidad se ve envuelta en unos tintes diferentes que, además, subyugan y dejan abiertos unos horizontes de muchas dudas.

En la pintura de Manolo Caballero, la mitología, la simbología, un santoral poblado de las imágenes más rebuscadas, menos cercanas, promotoras de espacios escénicos poco habituales, mantienen expectantes una realidad que el artista descubre con sus enigmáticos trasfondos. Sus escenas sugieren aspectos dudosos de una existencia absolutamente cuestionada, que encierra miedos, desconciertos y temores y que patrocinan espacios, también, enigmáticos, metafísicos, surreales, en una visión apocalíptica de un mundo que ha llegado a su límite extremo. Si esa filosofía sobre lo terrible, sobre lo oscuro, extraída de una compacta sabiduría y un conocimiento máximo de ese universo que se transcribe ha estado presente a lo largo de toda su obra, Manolo Caballero, en estos tiempos convulsos de la pandemia, ha asumido la dura realidad e insistido en ese trasfondo de suprema negrura. Esa nueva inseguridad, esos momentos de extremas inquietudes no han hecho sino aumentar el gesto de terribilitá que nos acucia y que el artista convierte en aspectos iconográficos de un estamento artístico lleno de verdad y determinante personalidad.

En la pintura de Manolo Caballero no hay medias tintas; no se nos ofrecen escenas idílicas que transportan a escenarios dulces para transcribir realidades jocosas. Lejos de ellos nos encontramos con una mitología moderna rebuscada y extraída desde los recovecos de las simas históricas. Su universo rezuma misterio, inseguridades, miedos negros que enfrían el alma. Sus obras, que podrían ser escenas promovidas por mentes visionarias, han doblado el cabo de la duda y, ahora, se nos hacen inquietantemente inmediatas. Sin embargo, el artista no ha sucumbido al ambiente y su trabajo ha sido incesante; por eso, la frase que Plinio el Viejo dijo al pintor Apeles, “Nulla dies sine linea” (Ningún día sin una línea) sirve al artista para su última serie, trabajada durante el confinamiento a pesar de las dudas que se cernían sobre la humanidad.

Y es que Manolo Caballero es un artista incesante, consciente, culto y buscador de identidades. Por su obra no pasa el testimonio bonito de una festiva existencia. En su obra, hoy como ayer, aparecen seres tenebrosos, cabezas decapitadas, horizontes aterradores, misteriosos jinetes que auguran horizontes en carne viva. Una pintura que necesita un espacio sereno para marcar sus límites imprecisos. No obstante es una pintura muy personal que nos abre la realidad de un artista distinto, único, ni mejor ni peor; pero sí, con clara denominación de origen.

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