Cultura

Los espacios atemporales de la gran fotografía

La fotografía es una práctica artística que, salvo honrosas excepciones ejecutadas por artistas superiores y obras excelsas de manifiesta trascendencia, cada día convence menos. La culpa, los desafortunados planteamientos que, en los últimos tiempos, se le ha dado, considerando cualquier mínima proposición como asunto de suma categoría y elevando a las alturas artísticas a cualquier advenedizo desinformado con una cámara en la mano. Hace bastantes años que casi todo lo que se nos ofrece es igual a todo. Y mucho de lo que se expone ya ha sido hecho, infinitamente mejor, por artistas supremos que nunca han intentado buscar esa gloria de la que, hoy, cualquiera se cree merecedor. Hace tiempo, pues, que la fotografía me aburre por sus pocas buenas acciones y por las escasas luces creativas de las que hacen gala los que dicen sentirse fotógrafos. Claro que, en cierta medida, lo mismo ocurre con otras expresiones artísticas. A la fotografía -o mejor dicho, a la mala fotografía- le ocurre como a esa pintura figurativa que es superficial por muchos efectismos concretos y por mucha fidelidad a los modelos que se quieran ofrecer. Si una obra carece de alma, se queda en una escueta manifestación de una realidad poco convincente. Existe mucha fotografía que por estar bien definida ya se considera merecedora de un adjetivo superior. Lo mismo que esa pintura de pobre espíritu, la expresión fotográfica debe gozar de mayor entidad creativa que la que muchos se empeñan en plantear. Por eso nos ha llenado de extrema satisfacción artística la fotografía que se presenta en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. Comisariada por Fernando Francés, las salas del antiguo Mercado de Mayoristas malagueño, se llenan con algo más de cincuenta fotografías que patrocinan lo mejor de esta expresión artística que hemos visto en los últimos tiempos. Nos encontramos con una fotografía distinta a la habitual, con imágenes desarrolladas desde verdaderos conceptos plásticos y estéticos, con registros diferentes a los que representa la simple traslación de lo inmediato y con obras llenas de carácter e intención.

Danielle Van Zadelhoff es una fotógrafa nacida en Amsterdam en 1963 que realiza por primera vez una exposición en nuestro país. En esta comparecencia suya en Málaga, la artista nos adentra por una especialísima teoría de la iconografía. Personajes sacados de la mitología clásica, de las Sagradas Escrituras, de la realidad circundante sirven de modelos para crear un discurso icónico que, además, de posicionarnos en los medios de una particular iconología nos plantea un bellísimo planteamiento fotográfico. La artista holandesa bucea en la identidad del alma del modelo. En contra de lo que pudiera parecer, en su fotografía, la ilustración de lo real es un asunto secundario; existe una mayor intencionalidad por extraer de los personajes sus máximas características, las físicas, las humanas, las psicológicas, las estéticas y, por supuesto, esas circunstancias iconográficas que la autora les ha impuesto.

La fotografía de Van Zadelhoff diluye las marcas históricas del tiempo; sus retratados son personas extraídas del entorno que se han transformado en la piel de unos personajes sacados de unos espacios temporales que rompe la linealidad cronológica.

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