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fuera del mundo | interdicto El dominio de la muerte en vida

  • Distintos momentos a lo largo de la historia han marcado episodios de aislamiento social

  • En la Edad Media, Inglaterra vivió seis años bajo interdicto: un reino sin el abrigo de Dios

El nombramiento del arzobispo de Canterbury enfrentó a Juan I e Inocencia III. En la imagen, los claustros de la catedral. El nombramiento del arzobispo de Canterbury enfrentó a Juan I e Inocencia III. En la imagen, los claustros de la catedral.

El nombramiento del arzobispo de Canterbury enfrentó a Juan I e Inocencia III. En la imagen, los claustros de la catedral. / D.C.

Uno cree tener cierto control sobre su vida y, de repente, se ve protagonizando una guerra de sofá, desgajado de la realidad. Y –tanto desde la perspectiva histórica como la actual– somos afortunados. Por ejemplo. Durante siglos, uno vivía y después, simplemente, llegaba el invierno: de la invernada, se podía salir muerto, o medio muerto y cubierto de hollín. Por no hablar de ese desafío para coachers y motivadores que eran los asedios.

Bien, ¿qué tal el ser expulsado, con papeles, de la vida? En los viejos y buenos tiempos se ponía en práctica una figura del derecho canónico, el interdicto, que tenía la cualidad de pararlo todo. Pararlo, al menos, a ojos de Dios. Las cosas de los hombres quedaban en suspenso. No había misas, no había perdón de los pecados. Los templos permanecían cerrados y las campanas, en silencio. Y lo peor de todo: los muertos no descansaban en suelo consagrado. Cuando llegara el fin de los tiempos, no despertarían, por tanto, a la vida eterna. Como comprenderán, el drama que hemos montado por nuestro confinamiento es una rision frente a la certeza de chisporrotear por siempre en el averno. Como herramienta de extorsión masiva, el interdicto era imbatible.

Quizá el interdicto más conocido, por protagonista y maneras, sea el que el Papa Inocencio III aplicó en el reinado del Juan I de Inglaterra (el rey Juan de Robin Hood, por decir). Juan I era, recordemos, el hermano del Corazón de León, hijo de Leonor de Aquitania y benjamín de una estirpe que se creía maldita. Los Caballeros de la Ginesta (Plantagenet) creían ser descendientes de una bruja: “Del diablo venimos, al diablo volveremos”, decían. Pero de donde venían y a donde insistían una y otra vez en volver era a Francia. A nivel dinástico, a los ingleses les tocó el premio gordo: la tarjeta de presentación de los Plantagenet en Inglaterra llegó, de hecho, con dos décadas de guerra civil.

Ricardo Corazón de León lo tenía todo para ganarse el marketing medieval porque era, básicamente, un señor de la guerra: condición que, en aquel momento, lo cotizaba todo. Y olviden la leyenda: Ricardo apenas hablaba inglés y los dominios británicos eran poco más que esas tierras desagradables que le habían tocado en herencia. Apenas las visitó, ni siquiera durante su década de reinado: “Vendería Londres si alguien me lo comprara”. Un lugar nauseabundo pero bueno para exprimir, no obstante. Las arcas inglesas financiaron sus incursiones en las Cruzadas y, sobre todo, su rescate: el más alto de la época. Esa era, de hecho, una de las pocas cosas que los hermanos tenían en común: concebían Inglaterra como una máquina de hacer dinero.

Entre la multitud de molestos parientes Pantaglenet de los que uno debía cuidarse (debía pensar el rey Juan) estaba Arturo, el hijo de su hermano Geoffrey. Alentado como siempre por el rey francés, Arturo se alzó en armas contra su tío y fue derrotado. Se dice que un día, sin respetar las reglas de la caballería, Juan I se emborrachó, estranguló a su sobrino y lo arrojó al Sena. Con una piedra atada a los pies, que las cosas se hacen bien o no se hacen. Felipe de Francia, maliciosamente, se negó a firmar la paz hasta que devolvieran a Arturo vivo (cosa que sabía era imposible).

El rey Juan fue perdiendo uno a uno todos sus inmensos territorios franceses, excepto la Gascuña. Su obsesión, por supuesto, fue recuperarlos.

No había misas ni perdón de los pecados. Los muertos no se enterraban en tierra consagrada.

La oportunidad llegó de manera inesperada, a través de una trifulca con el Papa Inocencio III por el desacuerdo en el nombramiento del arzobispo de Canterbury. Inocencio III terminó declarando al reino entero en interdicto. Toda Inglaterra quedaba temporalmente excomulgada, fuera de la protección divina. El interdicto tenía, como nuestro enclaustramiento, subterfugios: los bautizos se seguían celebrando “a puerta cerrada, con la única presencia de los padrinos”. Igualmente, “los peregrinos” podían “acceder a los monasterios, pero no por la puerta principal”, sino por otra más discreta. Los sacerdotes podían escuchar a los moribundos en confesión y practicar la extrema unción pero, recordemos, los muertos no podían enterrarse en sagrado.

Un monje cistercense hablaba así de aquel limbo: “Oh, qué horrible y miserable espectáculo es contemplar en cada ciudad cerradas las puertas de las iglesias, los fieles expulsados de su umbral como si fueran perros, el cese de los oficios divinos, del sacramento del cuerpo y la sangre de nuestro Señor, que las multitudes hayan dejado de acudir a celebrar los días santos más señalados, los cuerpos de los muertos sin cristiana sepultura, su pestilencia infestando el aire, su horrible contemplación llenando de espanto las mentes de los vivos”. “Estamos ante el dominio de la muerte en medio de la vida”, sentenciaba Inocencio III.

El rey Juan ni parpadeó. No sólo duró el interdicto seis años, sino que el monarca aprovechó para requisar las tierras y propiedades de la Iglesia (lo del IBI, una minucia). En total, unas 100.000 libras: millonada imposible de computar en la época. Y se puede decir que el monarca conocía a su público: como vuelta de tuerca definitiva, quizá por simple goce particular, ordenó que encerraran en sus casas a las putas y amantes de los curas, exigiendo luego un rescate por ellas.

Al final, el Plantagenet terminó tragando con el candidato papal (Stephen Langton). Bueno, se había hecho rico mientras tanto. Y más que lo sería: la sed de oro era ya tremenda. Tras ordeñar a la Iglesia, les tocó el turno a judíos (ese clásico), a los súbditos en general y a sus caballeros en particular. Un periodo que terminaría, no con la llegada de Robin Hood (je) sino con la proclamación de la Carta Magna. Pero esa es ya otra historia.

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