Concierto inaugural del Festival de Música Española de Cádiz

Amar y danzar; cantar y reír

  • Con sus espíritus y criaturas extraordinarias, el grupo Bosco invoca el poder de la música para inaugurar el festival con su ‘Aquelarre musical’ en San Juan de Dios

Algunos de los miembros del grupo murciano Bosco, durante su actuación en la plaza de San Juan de Dios. Algunos de los miembros del grupo murciano Bosco, durante su actuación en la plaza de San Juan de Dios.

Algunos de los miembros del grupo murciano Bosco, durante su actuación en la plaza de San Juan de Dios. / Julio González

Pues si que algo de brujería debe de tener el Aquelarre musical de Bosco para que niños y mayores, cuerdos y desnortados, humanos y hasta animales terminen danzando en círculo en un kalamatiano griego sin pudores y remilgos durante la tarde que se hace noche en la plaza de San Juan de Dios. ¿Lanzó, quizás, el druida Valente un conjuro oculto entre recitado y recitado? ¿Fueron el dios Pan o Afrodita los culpables del milagro entre contoneo y contoneo? ¿O la explosión de alegría final tuvo que ver con la hechizante voz de David Moretti? Fuere por una u otra arte, el encantamiento funcionó. Y se amó, se danzó, se cantó y se rió (y se bebió, de la queimada también se bebió) en la cita inaugural del presente Festival de Música Española de Cádiz Manuel de Falla.

Una invocación, más que una invitación, resulta la propuesta con la que el grupo llegado de la huerta murciana, con sus espíritus y criaturas extraordinarias, anima a los gaditanos a participar en la XVI edición de un festival que, como es tradición, se llama así mismo en la plaza de San Juan de Dios.

Lo dicho. Cosa de brujas. La tribu (el público), tímido en expresión y en número al comienzo de la actuación, llega a fortalecerse y a rugir casi sin darse cuenta el ahó de los indios americanos y el opa que entonan los griegos cuando no pueden más de alegría. Les costó, ¿tres canciones?, a los nueve miembros de Bosco meterse en el bolsillo al respetable, algo impactado al comienzo por esta propuesta musical a medio camino de la performance y del recital poético con la música, con las canciones, sobrevolándolo y dándole sentido a todo.

Las sugerentes percusiones, la variedad de cuerdas, la dualidad vocal de Moretti (que tan pronto canta como un ángel como que saca su metal rajado del mismo infierno), los efectos de los sintetizadores, los silbidos, los suspiros o los ecos guturales hacen tomar al concierto hechuras de ritual, de ceremonia envuelta en hojas de laurel, de la vida, del goce y del pecado coronado con los versos de Rafael Alberti a El jardín de las delicias de El Bosco.

“Amar y danzar, beber y saltar, cantar y reír, oler y tocar, comer, fornicar, dormir y dormir, llorar y llorar...” Las palabras del portuense universal reviven en el tema que Bosco estrena en el cierre del concierto con los gaditanos y turistas que ocupan la primera línea de escenario ya exhaustos después de haberse metido en el papel de Zorba el griego o de haber exprimido el mosto de la vida, como reza una de las canciones de los músicos.

Los niños dejaron la pelota y bailaron; los mayores se levantaron de los bancos y movieron sus bastones; muchos cuerdos se volvieron locos, y los que no (si es que alguien torció el gesto o se afeó en un mohín) se perdieron la ceremonia de la vida. Regresan las brujas, regresa la magia, regresa la música.

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