Cultura

Cuando la ciencia cabía en un baúl

  • El equipaje que trajo el marqués de Ureña tras su viaje por Europa en el siglo XVIII, y que fue recogido por Aduanas, protagoniza el documento destacado del mes en el Archivo Provincial

La botella de Leyden, parte del instrumental científico recopilado en las Aduanas. La botella de Leyden, parte del instrumental científico recopilado en las Aduanas.

La botella de Leyden, parte del instrumental científico recopilado en las Aduanas. / d.c.

En historia existe la convención de que el siglo XIX como tal, con sus inercias y chispazos, computa realmente hasta la I Guerra Mundial. Gran parte de lo que nació y se asentó en la realidad decimonónica -de los ascensores al teléfono, de los trenes a la radio o el vegetarianismo como opción política - nos siguen configurando hoy día a quienes vivimos con un pie en el monóculo y otro en el hombre del espacio: ahí están los móviles, los podcasts, la Alta Velocidad, los veganos, la comida de Km0. Pero todo ello tiene sus orígenes aún más atrás, en la época (justo) del alumbramiento: de donde vienen las primeras máquinas de vapor, el primer globo aerostático, las primeras vacunas contra la viruela, las ranas convulsionadas de Galvani.

Gaspar de Molina, uno de esos hombres que supo cogerle el pulso a su época y adelantarse casi hasta la nuestra, es el protagonista del documento destacado que expone este mes el Archivo Histórico Provincial. El equipaje de un ilustrado: la ciencia en los baúles del marqués de Ureña, muestra la relación del equipaje del noble de regreso de su viaje "ilustrado" por Europa, según el contenido relacionado en una Real Orden de Aduanas.

En 1787, Gaspar de Molina, marqués de Ureña -un ilustrado amante de las ciencias, la arquitectura y las artes- parte de viaje tomando nota de todo aquello que despierta su curiosidad y que va recopilando en una "relación escrita". A su vuelta, el que también fuera académico de la Lengua y de San Fernando, llega cargado de conocimientos, libros e instrumentos científicos. Entre los títulos, un ejemplar de la Constitución de Inglaterra, otro de mineralogía, un ensayo sobre la electricidad médica y varios "cuadernillos de música impresa", así como planos topográficos y cartas geográficas. Entre el instrumental científico, un "eudiometro de Volta para ensayar la pureza e impureza del aire", "papeles picados para experiencias de la fusión de metales por el rayo" o "una pieza para las experiencias de los pararrayos que es una pequeña casa de yerro" -aparatos que lo sitúan, en nuestra imaginación, a medio camino entre Benjamin Franklin y el inspirador de Mary Shelley-.

En Aduanas, se estimó que el contenido de los dos cajones fuera entregado sin pegas a su dueño ya que tenía por objeto "propagar ideas beneficiosas parar el Estado".

Siguiendo la tónica de los viajes de la época -concebidos bajo el empuje del descubrimiento empírico: un afán del que no se libra ni Gulliver en sus viajes-, los ilustrados españoles viajan por Europa bien conscientes de lo que llaman "el problema de España" -su burricie impenitente-, en una "tarea innovadora y regeneradora".

Los románticos ingleses no tardarían en comenzar sus peregrinajes al Continente, buscando toparse con autenticidad (sic), drama (y tan) y decadencia. Un puñado de años antes y en otras latitudes, los que aquí podían permitirse hacer lo mismo se empleaban en encontrar la verdadera luz. El marqués de Ureña buscaba formarse él y acercar luego la candela a sus alrededores. Con 46 años cuando inició el recorrido que lo llevaría por Francia, Flandes, Inglaterra y Holanda, Gaspar de Molina no era precisamente un joven de la época. Por eso mismo sorprende su capacidad de absorción y la fe en su posible utilidad de vuelta a su tierra. En Salamanca, toma notas de las fábricas y modos de labrar la lana; en Burdeos, de la industria vinícola, la extracción de resina de los pinos y de los molinos de mareas; en Orleans, del refinado del azúcar. A su llegada a Reino Unido, tomará nota del observatorio de Oxford, además de la arquitectura industrial e hidráulica empleada en puertos, diques, esclusas... ejemplos que también recogería en distintos puntos de los Países Bajos, así como algún ejemplo en torno a la industria tabaquera.

Gran parte de lo que recogía, es fácil percibir, lo hacía pensando en sus posibles usos prácticos a la vuelta: algunos de ellos, como los molinos de mareas, las fábricas de tabaco, el refinado del azúcar, no nos resultan precisamente extraños. Y hay que decir que la buena disposición de Gaspar de Molina no quedó en una lista de buenos deseos. Realizó varios trabajos arquitectónicos en Cádiz y Chiclana y, en 1791, cuando fue nombrado director de la población naval de San Carlos en la Isla de León, se le encarga la construcción del Observatorio de Marina. En su casa de la Isla de León, abierta a todos, se dedicó a actividades artísticas y de medicina. Y fue él quien, en 1805, un año antes de morir, instaló el que sería primer telégrafo de Cádiz.

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