Cultura

Mucho más que un ballet

Centenario del Gran Teatro Falla. Obra: El sombrero de tres picos. Coreografía y dirección escénica: José Antonio. Música: Manuel de Falla. Obra: El café de chinitas. Coreografía: José Antonio. Música: Ocho canciones populares españolas de Federico García Lorca. Armonización musical: Chano Domínguez. Lugar: Gran Teatro Falla. Día: 5 de marzo de 2010. Asistencia: Aforo casi completo.

Da la impresión, visto lo visto en el Gran Teatro Falla el día 5, que todo hubiera estado en función del plato fuerte de la noche: El café de chinitas. Y así lo creo, porque no hubo color entre la primera y la segunda parte del programa con el que el coliseo comenzó los fastos para conmemorar su inmemorialidad. Y es que el gran despliegue técnico de la noche lo era en su mayoría para conseguir la adecuada puesta en escena de la obra que en 1.941 popularizara Argentinita en Norteamérica.

La noche comenzó con los compases de El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla. El telón de fondo, un inmenso diseño de Dalí, que representaba un paisaje campestre surrealista, donde frutales suspendidos de lo etéreo, observan cómo pasan volando los sacos de mies de la cosecha autopropulsados por una energía irreal. Colgando de la escena otros tantos sacos en sintonía con la pintura del genio de Figueras. El Ballet Nacional de España, luciendo vestuario de lujo sobre una idea original del pintor, maravillosamente reconstruidos y diseñados por Yvonne Blake (probablemente lo mejor de la puesta en escena). Sin embargo, creo recoger el sentir de la mayoría del público, al expresar la decepción de escuchar una música pregrabada a través de unos altavoces colocados sobre el escenario. La verdad, creo que la ocasión habría merecido hacer el pequeño esfuerzo de contar con una orquesta de cámara en el foso para interpretar la música de nuestro paisano. Hubiera sido un detalle y un verdadero homenaje al compositor. Elena Algado, bailarina que asumió el papel de la molinera, y Eduardo Martínez, en el papel del corregidor, estuvieron francamente bien, derrochando teatralidad junto a su buen hacer como bailarines. Supieron convencer al público gaditano que les aplaudió con decisión y entrega. El resto del Ballet, muy bien conducido, sobre todo a la hora de hacer cuadros, que en todo momento buscaron el efecto de una pintura de Goya, aunque la iluminación no les correspondió, salvo en contadas ocasiones, como en la jota final, donde la fuerza y la expresión alcanzaron su cota máxima, incluido el manteo del pelele al fondo de la escena. El público ovacionó al concluir.

La segunda parte del programa, El café de chinitas, tuvo autonomía propia, de principio a fin. La escena rebosaba Dalí. Incluso sus palabras sonaron por los altavoces entremezclados con sonidos puestos en el espacio, sus auto irreflexiones en off: -Las esquinas de las calles, son de papel, y pasan las golondrinas, doblando y desdoblando las esquinas…- creando el ambiente necesario, mientras unos ciclistas con irreales empanadas mentales circulaban por un magnífico escenario convertido en un inmenso damero en blanco y negro. El telón de boca del escenario era un gran dibujo del pintor, en ocres, reflejando un paisaje desarbolado con una torre al frente con ventana, flores, fuente y una estrella azul brillante, de seis puntas con la leyenda El café de chinitas.

La primera de las canciones populares españolas de Lorca, café de chinitas, ya anunció lo que sería una excelente intervención de la cantaora Esperanza Fernández: En el café de chinitas, dijo Paquiro a su hermano. Soy más valiente que tú, más gitano y más torero… La forma de interpretar el tema por Esperanza, con su voz de flamenca pura, imponiendo su estilo, por encima de otras versiones para soprano, y sorteando el arreglo musical de Chano Domínguez, cautivaron al público desde un primer momento. La artista, invitada por el Ballet Nacional, sin duda consiguió que el trabajo resultante fuera algo más que un ballet, alcanzando el grado de un espectáculo mucho más completo.

La iluminación de la escena también estuvo sobresaliente, y en esta ocasión, los focos consiguieron plenamente los efectos que el espectáculo perseguía. Al fondo del escenario, iluminado tenuemente, con un cierto regusto del humo de un café cantante, Chano Domínguez y su grupo aportaron su trabajo en la especial armonización de las canciones de Lorca. Es cierto que algo de jazz introduce Chano en el concepto de este café de chinitas del Ballet Nacional, pero no todo es jazz ni mucho menos. De su mano salieron notas y acordes con regusto sabrosón caribeño, y sonidos claros y brillantes de un piano impecablemente ejecutado. De lo mejor de la noche, a mi manera de ver, las sevillanas, en una versión especialísima del maestro, y cantadas por Esperanza con regodeo, marcialidad, lento, y rebosando seguridad. Los pelos de punta. Para colmo, el cuerpo de baile al completo, con los rostros cubiertos por velos, meciéndose en bloque con la música de Chano. Excelente. Pero hubo momentos también dedicados a la estridencia, como la popular Tarara, que sonó de manera verdaderamente particular, deconstruida e invertida, aunque les confieso que a mí me encantó esta versión que se alejó por completo de cualquier riesgo de monotonía.

De nuevo en esta segunda parte, Elena Algado tuvo una estupenda actuación, junto con Ángel Corbacho, más centrados en la danza que en la interpretación, ya que la escena, la música y las proyecciones en el ciclorama con las alusiones a Dalí, fueron las que pusieron el resto de espectáculo .

Dos actuaciones, ambas geniales, tuvo Momi de Cádiz, interpretando la seguiriya del destino y unas soleares.

Con telón de fondo también de Dalí, se despidió el programa oficial, con una versión de Anda jaleo magnifica.

Para concluir, fin de fiesta flamenco, con toda la compañía. El público volvió a ovacionar.

Un espectáculo más allá de la danza, que no dejó indiferente a nadie, ni siquiera a nuestro centenario Falla.

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