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Literatura

Hablar de sí y del mundo

  • La colección Vandalia alcanza su número 100 con 'La Fuente del Encanto', de Andrés Trapiello

Andrés Trapiello, en una fotografía tomada el verano pasado por su hijo Rafael.

Andrés Trapiello, en una fotografía tomada el verano pasado por su hijo Rafael.

"¿Soy el poeta que de joven quería ser, el que me hacía ilusión ser?", se interroga Andrés Trapiello, que pese a la trascendencia de la cuestión se responde lejos de la solemnidad, con una serena resignación, con humor, aunque sepa que escribir es conversar con la tradición, adscribirse a un linaje. "Esta pregunta ya no tiene sentido para mí. Soy el que ha escrito estos poemas. Solo eso. Me hacía, sí, ilusión no ya codearme con los grandes poetas en un posible encuentro en el más allá del más acá de los poemas, sino permanecer en un rincón, oyendo sus chácharas en silencio, sus bromas, sus pequeñas cuitas. Y que alguno de ellos reparara en mí, y que le preguntara a alguno de sus colegas: ¿Sabes quién es? Y que este le dijera, no, pero lleva ahí un buen rato; no molesta, parece un buen muchacho".

En La Fuente del Encanto, Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) emprende un bello y emocionante recorrido en el que concentra más de cuatro décadas de poesía –la impresionante trayectoria que arrancó con Junto al agua, su primer libro, en 1980– y reflexiona sobre el verso y la vida. La obra, con la que la colección Vandalia alcanza su publicación número 100, trasciende la mera antología que podía haber sido y, entremezclando la biografía y el ensayo, dispone un gozoso inventario de experiencias, maestros –Trapiello cita a Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado como sus referentes– y amigos –Juan Manuel Bonet o Eloy Sánchez Rosillo, el editor Valentín Zapatero, entre otros–. El valioso testimonio de uno de los poetas más dotados de las letras españolas es también la historia de un hombre que conserva como recuerdo más temprano de su niñez el que alguien lo acercara al resplandor de una bombilla, y que ha seguido buscando la luz con su escritura.

Cubierta del libro. Cubierta del libro.

Cubierta del libro.

Entre los primeros apuntes del libro, Trapiello hace una defensa de la claridad. "La poesía que me gusta es la más sencilla", asegura, "la que comprende cualquier persona con algún habito de lectura". En una conversación telefónica con este periódico ahonda en esta idea: "A lo largo de los siglos, la poesía ha tenido dos tendencias: hay una, entre comillas, que se entiende, y otra, la hermética, que hay que comprender. No son conceptos excluyentes: ahí tenemos el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, con una enorme carga simbólica. Incluso cuando un libro es aparentemente sencillo, todo lo que ocurre en poesía acaba siendo misterioso. Porque es muy difícil reducir una emoción a una explicación racional, y cuando uno escribe quiere captar la emoción de un dolor, de una dicha, de un paisaje, la que se produce cuando estás con la persona amada y la miras a los ojos, y ahí no hay palabras, no hay discurso, sólo emoción. Se trata de plasmar eso". A Trapiello, como cuenta en el libro, le gusta comparar el enigma que destila un poema con aquella lección que le dio un ángel a San Agustín. "Como en aquella historia, que yo leí en una Vida ejemplar del santo, sería más fácil meter el Mediterráneo en un hoyo que comprender la esencia de la poesía", ese intento de encerrar en unos versos "cualquier inmensidad, sentida o pensada, sin destruirla".

En La Fuente del Encanto, Trapiello hace memoria y concluye que la importancia que ha tenido la naturaleza en su obra no ha sido sino un intento de volver a la infancia, al paraíso perdido, a la felicidad de las excursiones familiares. "El secreto hontanar es hoy un yermo, / han talado los chopos y no cantan / ni el jilguero ni el colorín nervioso, / ya no pastan las vacas, / han desviado el río y la campana / ya sólo por los muertos se arrodilla, / pero por suerte aún en mi memoria mana / la Fuente del Encanto, y me da vida", dice en el poema, inédito hasta ahora, que da título al libro.

En ese pasado también asoma Bécquer: fue su lectura la que llevó a aquel joven, que antes había fantaseado con ser eremita y legionario, a elegir la poesía como destino. "Recuerdo", escribirá en el poema Eterno retorno, "con qué vértigo esperaba / que acabaran las clases y deberes / para correr hasta un rincón del patio / donde quedarme a solas con el libro / de mi amado poeta. Le entregaba / mi alma, y le decía: Haz de ella algo noble, que pueda / hablar de sí y del mundo, / que me enseñe a estar solo / o a entregarme a un abrazo, / si me cabe tal suerte".

Una de las fotografías del álbum: ‘el buró de Valentín’, que guarda todo lo relacionado con la editorial Trieste. Una de las fotografías del álbum: ‘el buró de Valentín’, que guarda todo lo relacionado con la editorial Trieste.

Una de las fotografías del álbum: ‘el buró de Valentín’, que guarda todo lo relacionado con la editorial Trieste.

En las páginas de La Fuente del Encanto, Trapiello huye del lamento y reniega de la actitud de quien "ya en un lugar a salvo, se pasa la vida pidiendo reparaciones por todas las circunstancias que pudieron echar la suya a pique o las que no le llevaron a las cumbres que creía merecer". Él siempre admiró el buen ánimo de Ramón Gaya, tras todas las adversidades sufridas, y nunca olvidó una sugerencia que hacía Juan Ramón: "No os toquéis en el dolor". El autor de Salón de pasos perdidos, que el año pasado publicó Madrid, su homenaje a la capital, cree que "quedarse en el dolor no lleva más que a mayor dolor. Nuestra obligación como seres humanos es no levantar falsos testimonios de la vida, como decía Nietzsche. Es curioso, porque el dolor es el origen de buena parte de la poesía, y ese dolor expresado de una manera especial acabará siendo el consuelo de muchísimas personas. Leopardi afirmaba que aquello que ocasionaba tristes elegías acababa generando en el lector consuelo, que esos textos bellísimos reconcilian con la vida".

"Prefiero escribir de la vida que llevo que abstraerme en lo sublime. Mis ángeles son peatones, no tienen alas"

En el repaso a su obra, Trapiello no se jacta de los logros conseguidos: le gusta pensar que la creación es en realidad un ejercicio colectivo, que "la poesía no es sino un extenso y único poema que escriben, en épocas diferentes y en diferentes lenguas, los distintos poetas". "Sí, entre todos", medita al teléfono, "estamos cultivando, cuidando, la mejor poesía de todos los tiempos y todos los poetas. Pero hay que tener la humildad suficiente para saber que a lo mejor te toca ser el cálamo de Virgilio o la salvadera, esa arenilla que se echaba sobre la tinta para secarla, de Campoamor; que puede que no sirvas para escribir un verso o que crees un borrón".

Un retrato de 1992: Trapiello sostiene entre los dedos un cuentahilos que llevó con él durante muchos años. Un retrato de 1992: Trapiello sostiene entre los dedos un cuentahilos que llevó con él durante muchos años.

Un retrato de 1992: Trapiello sostiene entre los dedos un cuentahilos que llevó con él durante muchos años.

Junto al texto, la edición de La Fuente del Encanto incluye un hermoso álbum en el que cohabitan fotografías privadas e imágenes de las ediciones de sus libros, la mayor prueba de que Trapiello no quiere una literatura que dé la espalda a la vida. Hay poemas memorables que se inspiran en lo cercano y crean un nudo en la garganta, como el de Mi padre sale a buscar su muerte, un sentido adiós a su progenitor. "Comprendo el impulso de ser sublime, pero yo las Elegías de Duino, de Rilke, las entiendo a ráfagas. Prefiero escribir de la vida que llevo, no sobre ángeles, o si acaso, sobre ángeles que van a pie, como el que visitó a Tobías, el arcángel Rafael. Mis ángeles son peatones, no llevan alas".

A Trapiello, que prefiere no hablar de política en esta charla –"ya estamos dando todo el año la matraca con el tema"–, le desconcierta que haya que leer en público poemas que se gestaron en el silencio y tratan sobre la intimidad. "El poeta necesita el auditorio, pero todo acaba siendo paródico. Esta idea romántica de las señoras que se desmayan y necesitan sales, impactadas por la belleza de los versos... En algunas lecturas hay muchas intervenciones, mucho ruido, y para mí es una pequeña tortura. Y la experiencia es engañosa: hay autores malos que, con una buena voz y una buena dicción, te engatusan".

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