Oscar tusquets. arquitecto, pintor, diseñador y escritor

"Sigo pensando esas cosas que se piensan a los 25 años"

  • El artista, que exhibe 'Amor & muerte' hasta el 31 de enero en Barcelona, participó en el décimo aniversario de la Escuela de Arquitectura de Málaga

Oscar Tusquets (Barcelona, 1941) recibe al Grupo Joly en un hotel de Málaga con un catálogo de su última exposición de pinturas, Amor & Muerte, que puede verse hasta 31 de enero en la Galería Ignacio de Lassaletta de Barcelona. La tarde anterior a la entrevista participó en el ciclo de conferencias con el que la Escuela de Arquitectura de Málaga celebraba su décimo aniversario, mediante una heterodoxa ponencia en el Rectorado.

-¿Quién ha cambiado más después de 50 años de oficio, la arquitectura o usted?

-Muchísimo más la arquitectura. Yo he cambiado poco. Soy una persona bastante obsesiva respecto a los nuevos temas. Sigo profesando lo que me enseñaron José Antonio Coderch y Federico Correa sobre una arquitectura que además de ser bella funcionase y fuese respetuosa con el medio, en la que lo más importante no fuese la espectacularidad. En gran medida, sigo pensando esas cosas que se piensan a los 25 años.

-Hay un lugar común a la hora de afirmar que la arquitectura contemporánea es nefasta. Basta recordar las recientes declaraciones de Frank Gehry. ¿Qué dice usted al respecto?

-En el mundo de la construcción, los arquitectos cada vez tenemos menos protagonismo. Cuando acabé la carrera el arquitecto era alguien, llegaba a la obra y se le respetaba, y tomaba decisiones fundamentales porque, en última instancia, el edificio era obra suya. Las ordenanzas, las normativas, los project managers y las ingenierías están ganando tal protagonismo que el margen del arquitecto es cada vez más reducido. Esto es así salvo para doce vedettes en todo el mundo que antes de la crisis podían hacer lo que les diera la gana: pasarse de presupuesto, pasarse las ordenanzas por donde querían, hacer edificios que no sirviesen para nada e imposibles de mantener... En España hay varios ejemplos, pero insisto, en todo el mundo no hay más de doce. Es un círculo cerrado, si uno quiere entrar otro tiene que salir. Para un cliente privado la cosa era más peliaguda, pero para los clientes públicos se trataba de poner la ciudad en el mapa y después ya se vería, cuando vinieran las consecuencias ya no estarían en el poder. Pero para el 90% de la profesión el momento actual es muy difícil, y la perspectiva de futuro no es precisamente buena. Desde que empecé a ejercer hasta ahora el oficio se ha complicado muchísimo. Nos pasamos la mitad de nuestro tiempo discutiendo con abogados y con las compañías aseguradoras.

-Hay poco humanismo ahí. Pero, ¿alguna vez la arquitectura fue un humanismo en España?

-Sí, yo sigo pensando que la arquitectura es un estudio interesante por su mezcla de ciencia, de arte y de rigor. De niño quería ser pintor, pero a mi padre le parecía que era una profesión muy arriesgada económicamente, aunque ahora creo que habría ganado mucho más dinero como pintor que como arquitecto. Un profesor de matemáticas que tuve en bachillerato y que era aparejador me convenció de que estudiara arquitectura, y pasé a convertirme en un pintor dominguero. Entonces sólo había dos escuelas de arquitectura en España, la de Madrid y la de Barcelona; éramos 30 alumnos por curso y había mucho más trabajo que ahora. En aquellos años, cuando empezábamos a trabajar en los estudios antes de acabar la carrera, la presión de las aseguradoras y todos los demás agentes era mucho menor. Pero hoy sólo puedes hacer lo que quieres si te encarga un chalet algún fan, o en casos excepcionales como el de la estación del Metro de Nápoles, que es mi última obra. Los de Nápoles estaban tan locos que querían la estación de Metro más artística del mundo, y ellos se han encargado de solucionar todos los problemas legales. Pero es un caso irrepetible.

-¿Ha permanecido la primera vocación de pintor en el arquitecto?

-Es complicado responder a eso. En mi caso es difícil analizar la relación de la arquitectura con el diseño, por ejemplo. Siempre digo que uno de mis referentes indiscutibles es Alvar Aalto, porque sus objetos no son edificios reducidos. Yo me inicié en el mundo de la producción internacional de diseño en la empresa Lexi, con un juego de té que encargaron a once arquitectos a través de Alessandro Mendini, que me recomendó. Y muchos arquitectos hicieron juegos de té que eran edificios pequeñitos. Lo mismo pasa con las joyas. Pero cuando Alvar Aalto hace cosas de cristal, o de madera, no tienen nada que ver su arquitectura. A mí me sucede un poco lo mismo. Si ves mi silla Gaulino, es muy difícil distinguir un vínculo formal con mis edificios. En cuanto a la relación de la arquitectura con la pintura, yo he pintado arquitecturas, pero también el mar, mujeres, árboles, flores y otras cosas. Así que no sé cómo explicar esta relación muy bien. De todas formas, creo que mi formación me marcó de manera determinante, y que por tanto pinto, diseño y escribo como un arquitecto. Eso se nota.

-¿Qué importancia le da a la memoria de las ciudades a la hora de afrontar un proyecto?

-Casi nunca digo "debería ser así". Pero, en mi creación en general, la memoria es fundamental. El arte que me gusta es el arte cargado de memoria, aunque sea para contravenirla. Eso sucede en el surrealismo, por ejemplo. Y mis edificios están cargados de la memoria del terreno, o de lo que había antes. Tengo un restaurante llamado La Balsa, en Barcelona, que parte de un depósito de agua que había pertenecido a los Güell. Éste constituye una obra de ingeniería tan digna que, cuando fui a intervenir, decidí construir el restaurante dentro del depósito y llamarlo La Balsa. Quería conservar la memoria de todo aquello. Siempre que el terreno y la historia me sugieran algo, lo respeto. Siempre.

-Su último libro, Amables personajes, también es un canto a la memoria. ¿Qué le aporta la escritura en este sentido?

-La literatura es lo último que he hecho. No empecé a escribir hasta los 50 años. Antes, escribir la memoria de un proyecto era un tormento, y de hecho para mi viejo socio Lluís Clotet lo sigue siendo un poco. Pero ahora me divierto. Hay quien dice que leerme es como salir a cenar conmigo, y pienso que, si es así, dado que he vendido unos 80.000 libros a lo largo de toda mi vida, pues ir a cenar con 80.000 amigos está muy bien, ¿no?

-Si las ciudades son como libros, ¿dónde le gustaría a usted escribir un capítulo?

-¡En muchísimas! Hay ciudades que amo, igual que no amo el campo, porque amo el mar y las ciudades. La lista es interminable. Cuanta más historia revista una ciudad, más me gusta trabajar en ella. Aunque también sea más delicado. Pero el peso de lo vivido y lo recordado en las ciudades es para mí un valor fundamental.

-Dado que hace usted tantas cosas, ¿cómo le gustaría ser recordado?

-Como una buena persona. Y como una persona divertida. Fui muy amigo de Salvador Dalí, y lo que a él más le importaba era que nunca te aburrieses con él. Y sí, era imposible aburrirse con él. Yo también tengo esta obsesión. Porque lo contrario de lo divertido no es lo serio, es lo aburrido. Y lo banal nunca es divertido a la larga. Pero la gente inteligente sí es divertida.

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