Cultura

Retrato íntimo de un genio

Comedia dramática, romance, biografía. Estados Unidos, 2012. 98 min. Dirección: Sacha Gervasi. Intérpretes: Anthony Hopkins, Helen Mirren, Scarlett Johansson, Toni Collette, Jessica Biel, Danny Huston, James D'Arcy, Michael Stuhlbarg, Michael Wincott. Guión: John J. McLaughlin; basado en el libro Alfred Hitchcock and the making of Psycho, de Stephen Rebello. Cines: Bahía de Cádiz

Hitchcock es el único director que conozca cuya vida privada, más aún, su vida psico-privada, sea relevante para una mejor comprensión y un mayor aprecio de sus películas. Porque los detalles que el cotilleo fue esparciendo y sus biógrafos más serios fueron documentando sirvieron para deshacer muchos malentendidos de quienes lo consideraban tan hábil como superficial, sobre todo la intelectualidad oficial americana que se sorprendía o hasta escandalizaba del culto que le rendían los directores de la Nouvelle Vague o del libro que le dedicó Truffaut a quien la papisa de la crítica neoyorquina, Pauline Kael, definió como un prestidigitador más que un artista.

Hitchcock no sólo fue ese concienzudo maestro de la técnica narrativa y ese narrador de asombrosa perfección formal que fue vendido y se vendió a sí mismo como el mago del suspense, sino que a lo largo de su extensa filmografía fue creando un discurso muy personal a través de un estilo cada vez más controlado y una puesta en imágenes cada vez más perfecta. Un discurso íntimo que sólo indirectamente -salvo en el caso de la más explícita aunque siempre críptica Vértigo- se relacionaba con las tramas de sus películas.

Sólida y cómodamente instalado en el sistema de los estudios, Hitchcock lanzaba el anzuelo del suspense y de sus famosos trucos publicitarios (como el muy conocido de aparecer en sus películas) para conquistar al público y asegurarse el margen de libertad que le permitía hacer sus asombrosos y rigurosos ejercicios de investigación sobre la imagen cinematográfica y la narrativa visual. Empleaba unas energías creativas y un rigor aparentemente excesivos para el calado de las historias de suspense que contaba. En realidad el anzuelo de las tramas de intriga tan perfectamente contadas escondían discursos invisibles para el gran público sobre la crueldad y la muerte, el dominio y la sumisión, la soledad y el desamor; y muy especialmente sobre el deseo y las patologías sexuales. Lo que le aterraba. Lo que atraía. Lo que le atormentaba.

Gordito feliz y metódico, triunfador y bon vivant, marido fiel cómodamente instalado en un único y largo matrimonio con la cómplice e inteligente Alma Reville, Hitchock sentía pulsiones sexuales de tal violencia que le aterraban. Filmarlas era una forma de liberación. Enamorado en secreto de muchas de sus actrices, como es sabido preferentemente rubias, a las que humillaba durante los rodajes a la vez que las elevaba al estrellato gracias a su dura y sabia dirección, se obsesionó sobre todo por Grace Kelly y cuando abandonó el cine al convertirse en princesa de Mónaco, la reinventó en sus películas posteriores a través de otras actrices hasta extremos tan patológicos como los que él mismo describió -Scotty reinventando a Madeleine- en Vértigo. La grandeza de esta película le viene dada por la urgencia expresiva que fuerza la imagen para desahogar uno de los discursos más perturbadoramente autobiográficos de la historia del cine.

Tras Vértigo el caos interior de Hitchcock se fue haciendo cada vez más visible (Psicosis, Marnie la ladrona) hasta alcanzar la obscena suciedad de Frenesí, su penúltima película. También su contención se quebró y protagonizó algún triste incidente durante sus trabajos con Tippi Hedren. No había tal mago superficial, ni tal prestidigitador. La fuerza y la perfección de las imágenes de sus películas nacían de una profunda necesidad. Como los neuróticos, se dice, necesitan ordenar obsesivamente su entorno para serenar su caos interior, Hitchcock creó un estilo perfecto, geométrico, frío y muy racional para volcar su abismo interior y poder mostrarlo.

De esto trata esta película, escogiendo la preparación, el rodaje, posproducción y estreno de Psicosis (1960), situada entre Vértigo (1958) y Los pájaros (1963), en mitad del convulso corazón de tinieblas de un realizador en la cumbre de su arte. Es 1959. Con la muerte en los talones ha sido un éxito. Hitchcock, con 60 años, teme que los jóvenes realizadores lo desplacen. La representación de la violencia y el sexo han crecido en el cine americano. El suspense está cambiando. El terror está de moda. Hitchcock no encuentra un nuevo proyecto. Se encapricha de una novela sensacionalista llamada Psicosis. El estudio no cree en ella. Su mujer tampoco: "No es más que una película de horror de bajo presupuesto". "¿Y si alguien con talento la rueda?" le responde Hitch. Y comienza su lucha para montar la producción que al final asumirá él mismo, empeñando la mayor parte de su patrimonio, después que los grandes estudios le den la espalda; y la rodará con un reducido equipo.

El poeta, escritor, guionista y realizador Sacha Gervasi pone en imágenes con sobriedad y corrección esta apasionante historia, con especial acierto en el retrato doméstico de la relación entre Alma Reville y Hitchcock, el verdadero centro de la película aún en mayor medida que la reconstrucción de la producción de Psicosis. Sus mayores virtudes son el equilibrio entre lo significativo y lo anecdótico, que permite conocer mejor a uno de los genios mayores del cine, y su dirección de actores. Alcanza buenos momentos de tensión y hasta suspense basados en el precario equilibrio entre la vida personal de Hitchcock y la extroversión de sus fantasmas en el plató. Cuenta muy bien cómo nace, se hace en el plató y se rehace en sala de montaje una película. Sirve para comprender el clima de la industria y las expectativas del público en el fin de la era de los grandes estudios. Es de agradecer esta dimensión divulgativa. Sólo se le deben reprochar algunas visualizaciones innecesarias relacionadas con Ed Gein -el asesino necrófilo en quien se inspiró Psicosis- que dañan momentos tan importantes como el rodaje del asesinato en la ducha. Perfectos Scarlett Johansson como Janet Leigh, James D'Arcy como Anthony Perkins y Jessica Biel como Vera Miles. Fabulosa Hellen Mirren como Alma, la mujer de Hitch, a cuya inteligencia, coparticipación creativa y sentido del humor se hace justicia. Muy bien Anthony Hopkins. Sobre todo en versión original -prodigiosa voz, fabulosa entonación- porque al maquillador deberían meterlo en la cárcel. Afortunadamente Hopkins logra que se olvide… o casi.

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