Artistas de Cádiz | Pepe Baena

Quintaesencia de la realidad gaditana

  • Su tardía llegada al universo artístico no ha supuesto menoscabo alguno para saber que su carrera está totalmente consolidada

Pepe Baena pinta una de sus habituales escenas domésticas.

Pepe Baena pinta una de sus habituales escenas domésticas.

No lleva mucho tiempo formando parte de la historia actual de la pintura de la ciudad, tampoco ocupaba un puesto de especial significación en los ambientes artísticos de la capital, aquellos que ofrecían gran dinamismo hace unos años –quizá, demasiado– y, ahora, permanecen mucho más serenos. Apareció y se asentó con rotundidad en el arte de Cádiz. Hoy es un pintor imprescindible en el desarrollo histórico del arte de la ciudad. Quizá fue el encargo, por parte de la Diputación para realizar el cartel anunciador del Día de la Provincia de 2016, cuando el nombre de Pepe Baena tomó absoluta carta de naturaleza. Aquella obra, que gustó mucho, descubría a un pintor serio, con muchos registros y en posesión de una figuración abierta con muy buenos esquemas representativos y una muy feliz intención artística. El cartel de la Diputación, una pieza casi iniciática, nos ofrecía la visión esencial de un aspecto sencillo de esa realidad íntima, popular y tremendamente cercana, que se desarrolla en cualquier mesa de cualquier bar de cualquier pueblo. Se trataba, pues, de un homenaje a la gastronomía provincial, con un plato de pescado frito, una copa de vino fino o de manzanilla de Sanlúcar, una cestita con un paquetito de picos y un plato de aceitunas, como protagonistas; todo en una feliz disposición cotidiana que describía, claramente pero sin estridencias ni imposturas, un aspecto de la vida sencilla de cualquier pueblo de Cádiz. Y es que una de las características principales de la pintura de Pepe Baena es su sencillez, su cotidianidad, su determinante facilidad para captar lo más mínimo y entrañable.

Pepe Baena es gaditano de 1979. Su tardía llegada al universo artístico no ha supuesto menoscabo alguno para saber que su carrera está perfectamente consolidada y pertenece a un pintor solvente con una capacidad pictórica sustentada en lúcidos parámetros donde la figuración encuentra sus mejores argumentos. Curtido en certámenes de pintura rápida, esos que sustentan contundentemente –y a la fuerza– los modos de un pintor; pronto comenzaron a llegar los reconocimientos en forma de premios de considerable importancia –Ciudad de Melilla (2017 y 2018), Don Benito (2018), preseleccionado en el prestigioso BP Prize Portrait (2019), Ciudad de Trebujena (2019), Gibraltar (2019), Fundación Cruzcampo (2019), por citar sólo los últimos–. También las comparecencias expositivas se hicieron presentes en salas de manifiesta significación en la provincia –Sala Pescadería de Jerez, Restaurante A Poniente de El Puerto, Casa Pemán de Cádiz, Centro Cultural Santa Catalina de Conil o la del Centro Alfonso X El Sabio, también de El Puerto– y en galerías de fuera del ámbito gaditano.

En todas sus presentaciones este pintor ha llamado la atención por su facilidad representativa, por su habilidad en captar los más mínimos detalles del entorno y, sobre todo, por ilustrar de forma minuciosa y clarificadora, sutilísimos encuadres de la realidad, aquellos que normalmente pasan desapercibidos para la mayoría de las miradas y que, sin embargo, manifiestan los esquemas más evidentes y más significativos que distinguen a lo más inmediato.

En la pintura de Pepe Baena hay, principalmente, dos estamentos representativos perfectamente diferenciados. En primer lugar, una especial representación de la naturaleza muerta. El pintor gaditano ha hecho de los bodegones, sobre todo aquellos protagonizados por la variada fauna marinera de nuestras cercanas costas –acedías, morenas, chocos, salmonetes, boquerones...– un bello ritual pictórico donde los elementos potencian su realidad mediante un sabio y sustancioso tratamiento plástico por el cual, los pescados alcanzan máxima potestad y energía pictórica bien solos en el plato dispuestos para ser llevados a la sartén bien, ya aderezados con su fina y deslumbrante envoltura de harina frita, instantes antes de ser comidos, bien cuando ya sólo quedan sus patéticas espinas o bien, en ese primer momento feliz de su jocosa singladura hasta los paladares, en el instante preciso de ser sacados del mar y pasar por las lonjas marítimas ya preparados en sus cajas blancas llenas de hielo.

Con todo este arsenal de potencia representativa, el pintor provoca una comprometida y cómplice mirada al espectador, produciéndose un curiosa sintonía de fresca realidad pintada. Los bodegones de Pepe Baena marcan una nueva posición en esa cadena ilustrativa de la realidad, que él hace personal e intransferible.

El segundo momento importante en la pintura de Pepe Baena lo constituye, sin duda, sus escenas cotidianas. Una iconografía de la realidad social de su entorno, de Cádiz, de la gente de Cádiz y de las actitudes de la gente de Cádiz son ofrecidas con una suprema intención representativa en la que mínimos argumentos, que habitualmente pasan desapercibidos a cualquier mirada, son elevados a bellas e inquietantes fórmulas de una pintura que deja en suspenso el motivo representado para construir todo un tratado de finísima sociología popular gaditana. Los ambientes de cualquier casa, los niños sentados comiendo o jugando con sus cosas, las mujeres de las familias magnificando esa carga de sabiduría popular que casi todas encierran o simplemente la minuciosidad de un detalle hacen de la pintura de Pepe Baena el feliz planteamiento social de un instante; eso sí, un instante sabiamente trasmitido con toda su carga de entrañable potencia social.

Estamos, sin lugar a dudas, ante el relator perfecto de una pintura que transmite la pura esencia de Cádiz. Una pintura que sólo podría ser llevada a cabo por alguien que vive, siente y observa como sólo se vive, se siente y se observa en Cádiz.

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