Cultura

Poderosa tragedia histórica

Insertar un detalle (las cuerdas de un violín rompiéndose) en el fresco histórico monumental (la invasión japonesa de Nankín) de una superproducción (la más cara del cine chino) que no sacrifica la emoción a su ambición comercial y espectacular es uno de los méritos de Zhang Yimou, el gran director chino capaz de desdoblarse en tres: el de las superproducciones de asunto histórico o legendario de refinado esteticismo ("Hero", "La casa de las dagas voladoras", "La maldición de la flor dorada"), los melodramas de tanta intensidad emocional como cuidada caligrafía ("Sorgo rojo", "Semilla de crisantemo", "La linterna roja") y las pequeñas historias, casi neorrealistas, que son sus películas más grandes ("Qiu Ju, una mujer china", "Vivir", "Ni uno menos", "El camino a casa", "La búsqueda"). En su penúltima y extraordinaria "Amor bajo el espino blanco" mezclaba el melodrama de gran intensidad y la emoción de sus grandes películas "pequeñas". En "Las flores de la guerra" sigue esta línea de fundir sus distintos universos al unir la superproducción colosal histórica -por primera vez ambientada en tiempos modernos, alejada de fantasías legendarias- y el melodrama de gran intensidad dramática.

Basándose en la novela de Yan Geling que ambienta una historia de redención y sacrificio en la cruenta invasión japonesa de Nankín, Yimou toma un camino distinto a la excelente y reciente "Ciudad de vida y muerte", que trataba el mismo episodio. Distinto, pero no peor. A Yimou le interesa sobre todo la historia de redención del protagonista, un oportunista norteamericano que finge ser el héroe que al final acabará siendo; y las historias de los dos grupos de mujeres -unas escolares católicas y unas prostitutas- que buscan la protección del oportunista refugiándose en las ruinas de una catedral y un convento. Esto último no sorprende ya que el director chino es un maestro en la dirección de actrices y en la construcción de personajes femeninos. Lo primero, la historia del oportunista occidental convertido en héroe (interpretado con enorme eficacia dramática por Christian Bale), es más raro en su universo. Como también lo es que se adentre en los horrores de la guerra moderna. Y en uno de sus episodios más atroces: la matanza y violaciones masivas perpetradas por las tropas japonesas en Nankín en 1937, durante la guerra chino-japonesa.

De todo sale airoso Yimou. Desde el sobrecogedor principio -el avance devastador de los japoneses en una ciudad fantasmal diluida en la niebla y cubierta por el polvo blanco de los edificios derribados- está claro que el reconocido preciosismo del realizador, lejos de perderse en esteticismos, se va a poner al servicio del drama. Se le pueden reprochar algunos excesos de cámara lenta y sobre todo el abuso de música melosa, pero el poderío de las imágenes redime estas debilidades. Aunque lo que verdaderamente lo hace es la fuerza de los personajes y de las interpretaciones en esta gran historia de horror, heroísmo, culpa, redención, miedo y sacrificio. Tan bien contada, que sus dos horas y media se hacen cortas. Tan bien filmada, que su sobrecogedora y trágica belleza queda en la memoria.

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