Cultura

Plena conciencia creativa

  • Fernández-Pujol expone en la Sala Rivadavia 'La parte más salvaje' Una propuesta que el artista gaditano utiliza para acentuar la inestable identidad del ser humano.

Llevo mucho tiempo conociendo la obra de Pablo Fernández-Pujol y siempre, desde que era un estudiante de Bellas Artes, estaba dominada por una pasión creativa, digna de admiración. Él sabía lo que quería: ser artista. Además, tenía todos los elementos para serlo y tenía claro cómo llevarlos a efecto. Ha sido, desde un principio, un buscador incansable, batallador en mil guerras distintas buscando un camino claro por donde circular con solvencia. De estas confrontaciones ha sacado mucha experiencia y ha obtenido una solvencia creativa que nadie puede poner en duda. Desde entonces lo hemos visto en muchas situaciones y, en todas ellas, ha dado muestras de que el camino por donde transitaba era diáfano y sabía andarlo con soltura y solventando todos los escollos que la profesión planteaba. Además, hay algo en este artista que, creo que hay que destacar porque no todos lo consiguen. Pablo Fernández-Pujol se nos ha presentado como un acertado pintor, ejecutante de una pintura que dominaba en sus más amplias variantes; sin embargo, no sólo se ha quedado en la mera circunstancia pictórica, sino que se ha adentrado, sabiamente y con profundo dominio del medio, en las nuevas tecnologías, creando videoinstalaciones que no pasan desapercibidas y que atrapan la mirada -algo que es tremendamente difícil en estas situaciones de la nueva creación-, además plantea poderosas acciones que podemos llamar escultóricas que, también con novedosos desarrollos plásticos, abren nuevas perspectivas en una faceta artística a la que muchos son los que han dado de lado. Por todo ello, nos encontramos ante un artista total que sabe emplear las circunstancias adecuadas a cada momento y en todas ellas aportar realidades creativas de profunda significación.

Ahora, llega a esa trascendente sala de exposiciones hasta donde acuden los artistas que más nos tienen que decir, mostrándonos varias parcelas compositivas de una misma intención conceptual. La figura humana, que el artista gaditano domina de principio a fin en todos sus elementos estructurales, se nos presenta con una ambigua conformación en la que el cuerpo es humano y la cabeza se convierte en distintos animales; todo muy bien configurado desde una escenificación figurativa de profunda perfección formal y amplia resolución significativa. Esta pintura, de muy buena factura y muy atractivo desenlace formal, centra el interés del artista por una especie de metamorfosis en la que lo más importante del ser humano, la cabeza, trastoca su identidad en un ente poco humano que redunda en la especial circunstancia de un ser con poco entusiasmo racional y mucho de animalidad. En este laboratorio creado por Fernández-Pujol, la plastilina se convierte en un especialísimo elemento escultórico en el que las cabezas se nos muestran como si no tuviesen piel, con lo cual se acentúa esa inestable identidad de lo humano, capaz de poder mutar en cualquier otra situación. Algo que ocurre, también, en sus videoinstalaciones, protagonizadas por las mismas cabezas de plastilina que va construyéndose, provocando una angustiosa sensación que envuelve al espectador de expectante inquietud.

Creemos que esta nueva comparecencia de Pablo Fernández-Pujol no hace si no potenciar nuestra idea de siempre de que el artista gaditano continúa por un muy buen camino creativo, ese que desentraña la emoción por una plástica en pleno compromiso por lo mejor de la pintura y de la escultura de siempre y por los desarrollos de un arte hacia delante donde todo puede ser susceptible de crearle argumentos plásticos y estéticos. Un artista, en definitiva, en plena conciencia creativa del que estamos seguros de lo que hace, de lo que piensa y de cómo lo hace.

Sala Rivadavia Cádiz

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