Cultura

Maneras de vivir

  • Emma Goldman, la legendaria anarquista, escribió unas voluminosas memorias, 'Viviendo mi vida', que pueden leerse como una doble novela de formación: de su personalidad y de sus convicciones políticas

Goldman, figura legendaria del activismo anarquista, empieza estas memorias, Viviendo mi vida -publicadas en 1931, nueve años antes de su fallecimiento, y de las que aquí se sirve un copioso primer volumen-, señalando la dificultad de la empresa para alguien que, como ella, siempre moró en el ojo del huracán, lejos de la distancia aconsejable para hacer de la propia vida materia literaria. Además, como otro gran espíritu libre cuya desaparición se encabalga prácticamente con el nacimiento de Emma, el desobediente Thoreau, pensaba que la vejez, desde donde se debe enunciar el recuento de las batallas, no solía ser sinónimo de sabiduría; que sólo lo era, en todo caso, cuando quien llegaba a viejo había dado muestras de inteligencia y perspicacia en los años verdes. Sea como fuere, la Goldman venció las reticencias, los escrúpulos del "juego insensato de la escritura" (Blanchot), quizás convenciéndose con el mismo argumento que en su día esgrimiera para empujar al compañero del alma, Alexander Berkman ("su Sasha"), a relatar sus catorce años de cárcel por el intento de asesinato de Henry Clay Frick, dueño de una acería de Homestead: el valor del testimonio, del recuerdo en primera persona, como fuente de una plausible y necesaria contra-Historia que subsanara, siquiera ligeramente, el desequilibrio con respecto al "relato de los hechos" que escribían los medios de comunicación y que alimentaría el discurso histórico oficial en el futuro.

Viviendo mi vida son muchos libros, entrecruzados, dispuestos en taracea. El principal cuenta la historia de una niña costurera que desembarca en Nueva York con apenas 20 años, dejando atrás un destino sin muchas salidas en la Rusia zarista. Se trata del nacimiento de una inocencia herida, una placa fotográfica que ha retenido a fuego una primera imagen fundacional, la de los mártires de Chicago, los trabajadores anarquistas conducidos al patíbulo en 1886 por una maquinaria estatal que reprimía con intolerable tosquedad su miedo a las conquistas sociales y políticas de las capas más desfavorecidas de la población. Luego, la escisión caminaría hacia la sutura gracias a los primeros deslumbramientos, lecturas y encuentros -Berkman, y el famoso editor de Die Freiheit, Johann Most- que van curtiendo el carácter de la joven Emma al tiempo que le proporcionan caminos -vías estrechas, pedregosas, que reclaman sacrificios constantes y a veces radicales- para dar salida a la rabia acumulada ante las injusticias y también a esa inoperante compasión que anega los ojos y embota el cerebro.

Este relato primordial, que desemboca en la primera década del siglo XX con la Goldman devenida en una polémica y temida mitinera que recorría Europa (codeándose con Kropotkin, Malatesta o la mítica Louise Michel) y la vasta geografía estadounidense propagando el anarquismo o apoyando a cualquier víctima de los poderes institucionalizados, podría verse como una doble bildungsroman (el recuento de los años de formación de una personalidad y a su vez de una consciencia política) que, fiel a su género, describiera las dudas y renuncias que caracterizan toda vida. En su caso es un cúmulo de controversias que parte de lo ideológico -los equilibrios entre un pensamiento utópico que denuncia la inutilidad de todo sistema político y el sufrido y paulatino proceso de luchas para mejorar el estatus de los trabajadores dentro de un sistema determinado- para florecer en lo personal, ahí donde el libro baja a la tierra y se muestra como el dietario de una mujer en la encrucijada: las tensiones que median entre el ciego e inflexible seguimiento de la Causa y el anhelo de una vida bella, placentera y moteada por las recompensas de la literatura, la filosofía o el teatro; asimismo las que se producen entre el teóricamente asumido compromiso con el amor libre y la liberación social y sexual de la mujer, el machismo dominante en los ambientes revolucionarios y la propia naturaleza humana, donde inclinaciones, deseos, celos y otras pulsiones resultan difíciles de desviar mediante argumentos razonados.

Además del recuento y la autobiografía, esta primera parte de Viviendo mi vida, que se cierra cuando la Revolución Rusa se recorta en el horizonte, ampara la impagable crónica de un momento de intensa colisión política, mucho antes de que la palabra democracia adquiriera las hechuras de un inamovible y monolítico ideologema, un extraño fin último válido en sí mismo. Fue aquél, como se sabe, un tiempo de magnicidios anarquistas (Cánovas del Castillo a manos de Angiolillo; Humberto I por Bresci; Sissi por Lucheni; y el caso de McKinley, asesinado a tiros por Leon Czolgosz, que salpicaría de lleno a Goldman, al ser falsamente acusada de connivencia con el joven atribulado), pero no hay que olvidar que este movimiento gestó una filosofía política y social que por entonces se diseminaba, a contracorriente, mediante el temerario humanismo de individuos que arriesgaban el pellejo intentando convencer con la palabra a la masa de ofendidos y humillados. La oradora Goldman, odiada y maltratada por la opinión pública, golpeada y vejada en comisarías y penitenciarías, no hizo otra cosa, buscar los significantes -a veces con ironía feroz, otras con desesperación, casi desfallecida y desilusionada- que pudieran encauzar un sentido interiorizado pero mudo, uno en el que entreveía la posibilidad de un mundo mejor y más libre.

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