Cultura

Hábil falsificación de estilos

Comedia dramática, EEUU, 2013, 138 min. Dirección: David O. Russell. Guión: David O. Russell, Eric Singer. Fotografía: Linus Sandgren. Intérpretes: Christian Bale, Amy Adams, Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Jeremy Renner, Robert De Niro, Michael Peña. Fotografía: John Schwartzman. Música: Thomas Newman. Cines: Bahía de Cádiz, Bahía Mar, San fernando Plaza, Yelmo, Cinesa Los Barrios.

David O. Russell es un hábil urdidor de películas que parecen más de lo que son. De todas las suyas sólo The Fighter me ha interesado. Su habilidad o su táctica consiste en imitar modelos establecidos y darles un toque de exasperación interpretativa y estilística que los despistados pueden tomar por autenticidad y por estilo. ¡Un autor! Pues no: un falsificador. Habilidoso, sí, pero falsificador. En La gran estafa americana vuelve a utilizar este truco apoyándose en el estilo de -entre otros- los Coen y sobre todo de Scorsese. Si el maestro de Taxi Driver ha envejecido mal y El lobo de Wall Street, pese a ser su mejor película en años, es un merengue que harta pero no alimenta, La gran estafa americana (título que define perfectamente a la película, sus tres Globos de Oro y sus diez nominaciones a los Oscar) es un hueco ejercicio de ir más allá de Scorsese en vulgaridad sudorosa, histerismo interpretativo y desmesura.

Desde el primer minuto todo queda claro: aparece Christian Bale con aire de Torrente, fofo, calvo y pegándose un bisoñé. La gran interpretación de hortera feo y fondón que todo actor cachas y guaperas necesita para demostrar su versatilidad dramática. Para agravarlo todo son los terribles 70: cuellos inverosímiles, pantalones de campana, gafas imposibles, camisas multicolores, música disco y laca, mucha laca.

Ésta es la historia, parece que inspirada en la realidad, de una pareja de estafadores manipulados por un agente del FBI más estafador que ellos; y de cómo acaban enredados con la mafia. Durante la primera mitad de la película, más contenida, el buen guión de Erik Warren Singer y Russell logra, gracias a las desmadradas interpretaciones y a la recreación de los 70, presentarse como un retrato convincente de las argucias de unos sinvergüenzas en unos años sin vergüenza marcados por el trauma Watergate. La segunda parte, desde que se nos presenta la casa del agente con rulos y la escena de la cena que reúne a las familias del estafador y el alcalde al que intentan tender una trampa, deriva al disparate granguiñolesco. Y de ahí no se mueve. Es más, empeora. El grito de Amy Adams en el retrete de la discoteca parece la señal guerrera para que se desate el carnaval.

Para dar la sensación de un viaje a los infiernos de la sirvengonzonería más casposa y grasienta, Russell opta por unas convulsiones que unas veces le convierten en unos Coen de todo a un euro y otras en un Scorsese de tercera fila. Y el tedio se abate sobre una película que tenemos la sensación de haber visto ya muchas veces en mejores versiones. Tupés, trajes, canciones, coches… Todo apesta a falsedad, impostura, copia, humor forzado y ejercicio de falsa autorialidad. Casi al final, por lo menos, un desliz deja clara la impostura: el numerito del ajuste de cuentas a ritmo de Vive y deja morir.

Los intérpretes están casi todo el tiempo desquiciados -sobre todo Christian Bale y Bradley Cooper-, lo que ha sido tomado por grandes interpretaciones paródicas. Vale. Se salvan un más contenido Jeremy Renner y, a veces, Amy Adams. La mejor es una Jennifer Lawrence que sí recrea con veracidad un tipo vulgar hasta la náusea. De Niro baja otro escalón en su descenso a la auto parodia interpretando -¡sorpresa!- a un mafioso.

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