Cultura

Gran recital de Bill Murray

Comedia, EEUU, 2014, 102 min. Dirección y guión: Theodore Melfi. Intérpretes: Bill Murray, Melissa McCarthy, Naomi Watts, Chris O'Dowd, Terrence Howard y Jaeden Lieberher. Cines: Bahía Mar, Yelmo.

Imagínense que fundieran al Eastwood de Gran Torino y al Nicholson de A propósito de Schmidt, y tendrán una idea de la intensidad y el tono de la interpretación de un gran Bill Murray creando una especie de Scrooge pasado de rosca que resulta redimido por el afecto de un niño. Es como si estuviera predestinado, porque en 1988 Murray interpretó al villano dickensiano en Los fantasmas atacan al jefe, adaptación actualizada de Canción de Navidad.

St. Vincent es la enésima variación del tema del viejo amargado y egoísta que se humaniza al asumir a regañadientes el cuidado de un crío. De este tema consagrado por Dickens en las Navidades de 1843 se han hecho incontables variaciones novelísticas durante un siglo y medio -El pequeño Lord Fauntleroy de Hodgson Burnett (1885) o El abuelo de Galdós (1897)- que el cine ha aprovechado para crear obras más -El chico de Chaplin, El campeón de Vidor, La pequeña coronela de Butler- o menos -Ha llegado un ángel- logradas, insistiendo en el tema hasta hoy con Un mundo perfecto de Eastwood o Al rojo vivo de Becker, además de las ya citadas Gran Torino y A propósito de Schmidt entre otras muchas.

Aquí estamos muy lejos de esas obras de Chaplin, Vidor o Eastwood, pero no por ello St. Vincent es una película desdeñable. Su guionista y director, Theodore Melfi, debuta con una pieza cuya mayor dificultad es su facilidad: es tan fácil acusarla de sentimentaloide (héroe olvidado y amargado, fulana de buen corazón, madre coraje gordita, superación de una enfermedad, niño sensible, final con cigüeña) como que algunos beatos del laicismo le reprochen que refleje positivamente la religión. ¿Quería suicidarse Melfi? No, porque en este proyecto por el que ha luchado durante años ha logrado reunir un trío de oro formado por Bill Murray, Melissa MacCarthy y Naomi Watts, al que hay que sumar al pequeño Jaeden Lieberger, dirigiéndolos hasta exprimirles unas interpretaciones espléndidas. Ellos y el humor redimen -al fin y al cabo es una película de redenciones- o atenúan las debilidades blanditas y previsibles de la película.

Un gran Bill Murray es el gruñón, egoísta, guarro, borracho y jugador vecino que nadie querría tener. Melissa MacCarthy, reconvertida en actriz dramática, es la agobiada madre que se ve obligada a contratarlo como canguro de su hijo. Naomi Watts es la prostituta de buen fondo y vulgares modos que llena algunos vacíos de la vida de Murray. ¿Tópico? Sí. ¿Previsible? También. Pero adecentado por el recital de Murray y el talento de sus compañeros de reparto.

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