Cultura

Entrañable convivencia pictórica

  • La muestra 'Ruiz Blasco. Ruiz Picasso. Millones de palomas' ha sido concebida como un coloquio sobre la relación artística entre ambos pintores

Si ustedes, amables lectores, acuden a la ciudad de Málaga atraídos por los esplendores expositivos que, de unos años a esta parte, engrandecen la capital de la Costa del Sol, podrán pensar que con el Museo Picasso, el Centro de Arte Contemporáneo que dirige Fernando Francés y el Museo de doña Tita, ya está todo cubierto con creces y satisfechas las exigencias más acentuadas de los buenos aficionados al arte. Y es que, tras los mediáticos reclamos de estos tres gigantes museísticos culquier cosa queda un poco en suspenso. Sin embargo, en la malagueña plaza de la Merced, allí donde vio la luz por primera vez el genial Picasso, se encuentra la Fundación que lleva el nombre del pintor y que ha sido, desde hace tiempo -muchos años antes de que Málaga fuera la realidad expostiva que hoy es- referencia absoluta para asumir lo que artísticamente llegaba a Málaga y, ahora, válido contrapunto a lo que existe y con igual significación gracias a la pujanza que desde su seno ha existido en torno al arte, a los artistas de Málaga, a la creación en general y al universo picassiano en particular, así como al acertado criterio que algunos de sus directores -Eugenio Chicano, Pedro Pizarro y, en estos momentos, José María Luna- a la hora de confeccionar actividades artísticas tangentes a la figura de Pablo Ruiz Picasso.

La historia de la relación entre los Ruiz, padre e hijo, no tendría absolutamente ningún interés si el hijo no tuviera de segundo apellido Picasso y no hubiera sido lo que llegó a ser. Historia que ha traspasado los límites de la realidad y que debido, precisamente, al apellido del vástago y a sus infinitas circunstancias, desencadenó en múltiples situaciones que rozan lo novelesco y, por eso, deben ser cuestionadas y dotadas del más riguroso tacto informativo. La exposición que nos ocupa presenta muchos matices. Yo les aconsejaría que, previamente a la contemplación de la muestra y, si tuviesen oportunidad, leyesen detenidamente los textos que aparecen en catálogo editado para la ocasión debido a las plumas sabias del Profesor Fernando Martín Martín y de Juan Francisco Rueda; en ellos se analizan exhaustivamente la iconografía de la paloma en el transcurrir del tiempo artístico y la visión que José Ruiz Blasco, el padre, y su genial hijo tenían no sólo ya de este motivo iconográfico sino de la pintura en su más amplio sentido; escritos que les pondrán en situación para adentrarse por esta exposición, donde padre e hijo formulan episodios pictóricos con la base de la paloma como centro de interés estético.

La exposición, en su aspecto pictórico -posee asimismo, una parte con fotografías, recortes de prensa, libros...- presenta un claro posicionamiento más hacia la pintura del viejoprofesor de Dibujo que a la obra universal de su famoso hijo. De aquel don José Ruiz Blasco nos encontramos cuadros de poderosa perfección academicista, con todos los aditamentos formales que conforman esa pintura figurativa, de virtuosos esquemas compositivos, pulcros desarrollos dibujísticos y justos desenlaces coloristas, características del trabajo de aquel que quería que el hijo siguiera su camino artístico. Pintura sobria, sin exuberancias, relatora de una realidad a la que se pretendía mostrar tal como era y no se tenía excusa alguna para que, así, no fuera.

Junto a los cuadros de palomas del padre, la mayoría extraídos de la observación directa del palomar existente en la casa familiar, el hijo nos deja el testimonio de su genialidad, incluso, con obras realizadas cuando sólo era un niño al que su progenitor marcaba caminos que el muchacho tomaba a su antojo, dejando muestras de poseer unas cualidades espectaculares y una potencia creativa fuera de lo normal. Palomas de Picasso que fueron una constante en su pintura, modelo iconográfico e iconológico que ocupará todo su segmento creativo y que responde, con toda seguridad, a la visión sempiterna que el artista conservaba de aquel viejo palomar malagueño, que tantas veces sirvió como modelo y que, después, hasta llegó a tener alguno en sus distintas residencias donde vivió hasta sus muerte. Palomas realistas, pulquérrima manifestación representativa del picasso joven, palomas con un sentido pictórico de infinita expresividad, palomas inmersas en el engranaje cubista, palomas reducidas a su más mínima línea compositiva, eje central de su universal icónico... palomas, palomas, miles de palomas, millones de palomas.

Una muestra muy bien planteada por José María Luna y comisariada por Rafael Inglada que sirve para conducirnos por el universo de los Ruiz, el maestro que se encontró con un genio en la familia y al que poco llegó a inculcar porque el alumno estaba en una dimensión a la que nadie estaba en condiciones de acceder aunque, no obstante, existiera un tiempo familiar en el que la propia cotidianidad indujera a posibilitar experiencias artísticas que llegaron a anidar en los recodos de aquella alma índomita mientras en la lejanía del tiempo, todavia, se escuchaba el zureo de millones de palomas.

Fundación Picasso. MÁLAGA

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