Cultura

Creando estados de suma emoción

  • El malagueño Centro de Arte Contemporáneo acoge una muestra con las propuestas de la señera artista

Marina Abramovic. CAC. Málaga.

Uno puede comprender que una exposición como ésta de Marina Abramovic sea altamente complicada para el gran público al que puede coger un poco despistado y sin saber muy bien a qué atenerse; es una muestra que, más bien, sólo parece poder ser digerida por aquellos que tengan una cierta afinidad con el arte contemporáneo. Pero, claro, los interesados por lo más nuevo, por una producción distinta y llena de complejidades, también, existen y son merecedores de experiencias artísticas fuertes como esta que se apartan de los intereses al uso y de mayor adocenamiento; además, el menos abierto a estas circunstancias tiene la oportunidad de acudir al espléndido servicio educativo que este centro posee, con visitas guiadas y explicaciones suficientes, para que todos asuman algunas de las muchas circunstancias que generan los diversos planteamientos de la obra de esta artista, nacida en la capital de la antigua Yugoslavia. Por otro lado, hay que decir que estamos ante una oportunidad única de contemplar la especialísima obra de una de las artistas más significativas de los últimos tiempos y uno de los nombres más importantes, no sólo de esa modalidad compleja que es la performance, sino también, de muchos de los planteamientos que animan la creación plástica contemporánea.

La performance es una modalidad artística mediante la cual el artista realiza una serie de actuaciones en un lugar determinado, a veces ante un auditorio. Esta aparente nueva realidad, apareció en el arte en los años sesenta, contando en la nómina de sus realizadores con nombre propios de verdadera significación en el contexto general de la plástica del siglo XX: Joseph Beuys, Wolf Vostell, George Maciunas, Nam June Paik, Carolee Scheemann, Yoko Ono y, entre ellos y con paralela importancia, Marina Abramovic, nacida en Belgrado en 1946. Como ha ocurrido con alguna otra situación artística, sobre todo después de que, su santidad, Marcel Duchamp, llevara a cabo algunos de sus inquietantes trabajos y que muchos, sin argumentos, quisieran seguir su huella, avalados por ciertos santones manipuladores de lo artístico, la performance ha tenido ciertas actuaciones a contracorriente. Muchos, algunos, conocidos, se han acercado hasta sus límites, sin absolutamente nada que decir y, además con una manifiesta falta de vergüenza artística y buscando sólo estamentos de falsa modernidad. Por eso, cuando te encuentras con actuaciones de artistas de la talla de Marina Abramovic, uno se da cuenta, de que la performance es una realidad artística que, como debe ocurrir con cualquier otra situación, tiene que estar sustentada por unos criterios y por unos compromisos conceptuales, plásticos y estéticos que avalen y refrenden artísticamente el trabajo realizado y no debe ser, como ocurre con los que a ella aciuden desprovistos de sentido, solamente un ejercicio de improvisación con, más o menos, acierto y vistosidad.

Cuando uno traspasa la puerta de entrada a los espacios expositivos del centro que dirige Fernando Francés, observa que algo grande nos depara con lo que se extiende por las paredes y las salas del antiguo mercado malagueño. En primer lugar, poderosísimas fotografías protagonizadas por la propia artista. La intensidad formal y la fuerza representada ya son, de por sí, estamentos plásticos de absoluta significación. Las mismas son experiencias testimoniales de antiguas performances que manifiestan el sentido conceptual que patrocinaron cuando fueron efectuadas. En Art must be beautiful, artist must be beautiful, (El arte debe ser bello, la artista debe ser bella), nos encontramos a la Abramovic cepillándose el pelo de forma violenta hasta hacerse daño, repitiendo la frase que da título a la experiencia; con Rhytm 10 la artista de la antigua Yugoslavia realiza un extremo juego en el que se daba cuchilladas entre los dedos, cambiando de cuchillos cada vez que se cortaba; después todo se recogía en una grabadora. Otras performances muy importantes de las que Marina Abramovic nos deja constancia son las que realizó con el artista alemán Ulay, que fue su compañero sentimental; en ellas nos plantea el concepto de dualidad. En Relation in time, la pareja estuvo diecisiete horas de espaldas y entrelazados por el pelo. Muy bella y llena de significación es Anima Mundi: Pietá, en la que una espectacular fotografía en color nos coloca ante la artista que aparece con Ulay en el regazo, acudiendo con ello a uno de los temas de la iconografía cristiana: la piedad. Junto a ellas se presentan otras experiencias tremendamente importantes como The artist is present, realizada en el MOMA en la que invitaba a los espectadores a que se enfrentaran a su mirada; la misma se llevó a cabo durante más de setecientas horas. También sobre el tema del cuerpo es la serie With the eyes closed / see happiness (Con los ojos cerrados veo la felicidad), mostrándonos la inquietante mirada de la artista.

Pero la muestra no sólo nos sitúa en la referencia fotográfica de sus performances. Al mismo tiempo nos presenta una serie de objetos que sirven para que el público se valga de ellos y puedan provocar experiencias físicas y mentales que contribuyan al adecuado acercamiento a la obra que la artista promueve. Así tenemos Beds for human use (camillas para uso humano), una serie de camillas de madera para ser utilizadas por los visitantes que se acuestan en ellas con unas batas blancas y unos auriculares con objeto de asilarse absolutamente de la realidad que les rodea. En este sentido o Método Abramovic la artista parece querer entrenar al espectador para que sepa afrontar performances de larga duración y, con ellos, transformar el espíritu y el cuerpo con objeto de sentir y sentirse aislado de lo superfluo y abierto a otras experiencias más confortantes. Lo mismo ocurre en Chair for human use whit chair for spirit use (Silla para uso humano con silla para uso espiritual). En estas obras en las que se posibilita la participación del público, las piezas quedan completadas; el visitante pasa a ser un elemento más de la misma.

Estamos, por tanto, ante una realidad artística totalmente nueva y distinta. La experiencia formula, en toda su intensidad, un desarrollo envolvente que desencadena la unión absoluta entre el espectador y la obra. Ya no existe un distanciamiento entre la pieza y la mirada del espectador. Con la performance la interactuación es total. El visitante es agente paciente, nunca pasivo.

La obra de Marina Abramovic abre las puertas para un arte distinto, con una concepción totalmente nueva, donde todo es posible y donde la indiferencia ha sido alejada definitivamente.

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