De la Habana ha venido un barco...

Cosas del Destino

  • En la España de principios del XX, Armando es destinado a Cuba. Su hija Rosarito está aterrorizada ante la perspectiva del viaje a través del océano.

NO  pudo dormir en toda la noche. La pequeña no había parado de llorar y gritar presa de pesadillas. Llevaba así ya un par de días. Desde que supo que partían en unos días a La Habana, donde su marido había sido destinado por su empresa. Desde entonces, la niña se había mostrado inquieta y las noches eran un infierno. Se había mudado a su cama para tranquilizarla, pero ni por ésas.

 

Rosarito repetía hasta la saciedad, llorando a todo pulmón, que no se quería ir. Que no pensaba subirse al barco. Parecía aterrorizada ante la perspectiva del viaje. Rosario no lo entendía. Por el trabajo de su marido siempre habían estado de un sitio para otro y no era la primera vez que embarcaban. Hacía un par de años que viajaron desde Barcelona a Cádiz y Rosarito disfrutó muchísimo de la travesía. No se lo explicaba.

 

¡Mañana sin falta mando llamar a don Segismundo para que le eche un vistazo! Parecía que Rosarito le daba un respiro y pudo echarse una cabezada cuando ya se veía despuntar el sol a través de las cortinas. 

 

Don Segismundo y su sempiterno maletín traspasaron el umbral del principal. El piso era muy hermoso, con grandes ventanales al patio y las habitaciones alrededor de la luminosa galería. Un típico hogar gaditano. Lo iban a echar de menos pero sabía que en La Habana le esperaba un gran casa en pleno centro y que, gracias al ascenso de su marido, iba a disponer de un nutrido cuerpo de casa lo que le permitiría dedicarse por completo a su gran afición, la pintura. 

 

"No debe alarmarse Doña Rosario, Rosarito tiene ya 11 años y dentro de poco será ya mujer. Es normal esos cambios de ánimo y, sobre todo, teniendo en cuenta que deja aquí a sus amigas. A los niños no les gusta demasiado los cambios aunque creamos lo contrario. Son amantes de sus rutinas, al igual que los mayores. Unos largos paseos por la Alameda le harán bien. Que se airee".

 

Y fue dando uno de esos terapéuticos paseos, cuando llegó la medicina que iba a llevar la calma a la acongojada Rosarito. Resultó que saltó el levante y ella no se había atado bien la cinta de su sombrero. Fue dar la vuelta a la esquina y el golpe de viento se lo llevó sin más miramiento. ¡Qué oportuno que un joven se cruzara justo en su trayectoria! Al poco, Rafael, que así se llamaba, le había puesto al tanto de por qué se encontraba en Cádiz, siendo natural de Madrid, de donde acababa de llegar. Una vez restituido el sombrero y hechas las presentaciones le había preguntado a Rosario si conocía las oficinas de Pinillos donde tenía que recoger un pasaje para viajar a Santiago de Cuba en el Valbanera, en unos días. Viajaba solo, le dijo, porque su familia estaba ya instalada en la ciudad caribeña, donde tenían negocios. 

 

Tanto la madre como la hija quedaron encantadas con el joven. Rosario  se dijo que no le dejaría a su suerte durante la travesía y que lo adoptaría como un hijo. Rosarito, por su parte, quedó prendada por su aspecto un tanto lánguido y frágil y aunque, debía tener unos 15 o 16 años, parecía un niño que necesitara una compañera de juegos. El caso es que la niña dejó de tener pesadillas y de poner impedimentos para el viaje y pasaron los días que quedaban para la partida ocupadas en organizar sus baúles.

 

"Pero Armando, ¡esto es una maravilla! ¡No me puedo creer que la empresa haya corrido con los gastos!"  Rosario se dirigía a su marido pero sus ojos saltaban de un rincón a otro del lujoso camarote, que poseía un pequeño salón privado y un baño completo para su uso exclusivo. Se trataba del camarote A, el más lujoso del Valbanera. Tan sólo había otro igual y, al parecer, nadie lo había ocupado, por lo que gozaban de plena independencia en la cubierta de botes. 

 

Armando sonrió satisfecho. Era un hombre profundamente enamorado de su mujer de la que admiraba su capacidad con los pinceles. "Bueno querida, a decir verdad, con el presupuesto de  la empresa  hubiéramos tenido que viajar con mas modestia pero me he dicho, ¿por qué no? ¡Ya va siendo hora de que mi familia se dé ciertos lujos! Aquí, en el salón, te puedes dedicar a pintar si fuera hace demasiado viento".

 

Una suave brisa aliviaba el calor de los últimos días de agosto. Acomodados en su flamante camarote observaron cómo embarcaban el resto de los pasajeros. Los había de toda condición. La mayoría, emigrantes que se alejaban de una España que no conseguía salir adelante tras la pérdida de las colonias. Sus pertenencias eran escasas porque apenas se podían permitir un camastro en las bodegas del barco. Familias completas viajaban así, algunos llevaban en su maleta un contrato de trabajo. Otros, los más, sólo llevaban la ilusión de prosperar al otro lado del Atlántico.

 

Los camarotes de primera clase habían sido los primeros en embarcar. Se trataba, mayoritariamente, de hombres de negocios que viajaban estrictamente por motivos de trabajo. También había algunas artistas, su forma de vestir sofisticada e incluso ostentosa las delataba.

 

Al joven Rafael no lograron verlo entre tantos pasajeros, al parecer más de quinientos, que no cesaban de embarcar. A instancias de Rosario, Armando le había facilitado el número de su camarote y le había insistido en que se pasara a verlos cuando estuviera ya instalado.

 

La niña, una vez explorados todos los recovecos del lujoso camarote y escudriñado  los pasajeros que subían como hormiguitas por la rampa, comenzó a sentir cierta inquietud. ¿Y si Rafael había decidido no embarcar? Los temores olvidados comenzaron a tomar de nuevo forma en su cabecita y a invadir su pensamiento de sombras que ocultaban la luminosidad de la tarde veraniega. Por alguna razón, Rafael se había convertido en una suerte de talismán para ella: si él estaba cerca, nada malo podía pasar. 

El Valbanera iniciaba ya las maniobras de partida y soltaba amarras.  Rosarito, presa de un ataque de pánico, gritaba entre jipidos que no quería estar allí, que la dejaran bajar. Rafael apareció en ese momento. Asomó su sonriente rostro por la puerta entreabierta del camarote y obró el milagro. Rosarito corrió hacia él y le abrazó fuertemente, al tiempo que se enjugaba las lágrimas que empapaban su cara.

 

Las siguientes tres semanas transcurrieron plácidamente. Neptuno estaba de buen humor y les obsequió con una mar en calma que el vapor surcaba como si se deslizara por una ladera nevada. Rafael pasaba el día con su familia adoptiva y sólo se separaba de ellos para ir a dormir a su camarote, que compartía con otros muchachos.  Armando se pasaba las jornadas entre papeles y libros de cuentas. Quería empezar su nueva singladura profesional teniéndolo todo bajo control. Rosario, por su parte, había sacado del baúl carboncillos, pinceles y lienzos y, ante la monotonía del paisaje marino se dedicó a retratar al pasaje.  Le gustaba hacerlo sin que se percataran. Era hábil y rápida capturando rasgos y contornos. Una fugaz mirada le bastaba para plasmar en su cuaderno el rostro que se cruzaba en su camino. Pero, sobre todo, disponía de tiempo. Sin quehaceres domésticos y con la niña en la buena compañía de Rafael, podía dedicarse a tiempo completo a hacer lo que más le placía.

 

Se aproximaba el final del viaje. En un par de días, el Valbanera llegaría al Caribe donde realizaría varias escalas hasta rendir viaje en Nueva Orleans. Fue entonces cuando Rosarito volvió a dar muestras de agitación. Rafael desembarcaba en Santiago de Cuba mientras ellos lo hacían después, en La Habana. Las pesadillas volvieron y se negaba a comer. Insistía en que desembarcaran con él. Rafael, ante el intenso sufrimiento de la niña, les animó a hacerlo, sus padres estarían encantados de acogerles y facilitarles lo necesario para llegar por tierra a la Habana.  Armando y Rosario veían innecesario prolongar el estado en que se había sumido la pequeña. Aceptaron la propuesta del joven.

 

El Valbanera dejó atrás Puerto Rico. Los pasajeros que con destino Santiago de Cuba ultimaban los preparativos. Rosario volvía a poner en orden los baúles y, satisfecha, guardó con mimo sus útiles de pintura. 

 

El puerto de Santiago de Cuba era un bullir de pasajeros, mozos, cocheros y buscavidas. Los baúles estaban ya cargados en el carruaje y esperaban la llegada de Rafael. Rosarito estaba encantada con el trajín que se desarrollaba a su alrededor. Los mozos cargaban los enseres de los pasajeros que emprendían el último trayecto del largo viaje, para la mayoría, el principio de una nueva vida. 

 

Poco a poco, se iba despejando el puerto. El Valbanera había recogido a nuevos pasajeros y volvía a ponerse en camino. Rafael no apareció.

 

En su magnífica casa habanera, Rosario volvía a repasar sus pinturas. Cuando llegaron hasta sus oídos el terrible naufragio del Valbanera que fue sorprendido por una tormenta tropical camino de La Habana, temieron que Rafael, que no llegó a reunirse con ellos, se encontrara entre las víctimas. En Santiago nadie supo dar noticia de su familia. Nadie había oído hablar de ellos. Armando logró averiguar que en el Valbanera no había ningún pasajero con su nombre. ¿Habría viajado como un polizón?

Pero, lo que les puso los pelos de punta, fue cuando Rosario, al querer mostrar a las autoridades el retrato que había realizado de él, furtivamente, como hiciera con tantos pasajeros, sólo pudo hallar sobre el lienzo una blancura cegadora que le obligó a apartar la mirada.

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