arte La polémica actuación sobre el Ecce Homo de Borja.

Aviso a navegantes

Lo sucedido en la población zaragozana de Borja, que tanta gracia nos está haciendo y que es motivo de tan festiva actualidad en las redes sociales, no es si no algo que, desgraciadamente, siempre ha ocurrido. Manos ajenas a lo artístico y sin la más mínima preparación han osado realizar actuaciones en todo tipo de obras de arte, sin importar la trascendencia artística e histórica que éstas pudieran tener. Lo de la mujer maña es un hecho que ha trascendido por la gravedad y por la inmediatez que hoy tienen los medios de comunicación. Pero situaciones de este tipo se han cometido en todos los sitios, auspiciadas por las pobres luces y el escaso rigor de quienes permitían tales atropellos que preferían dejar las piezas en manos de cualquiera con tal de ahorrarse el dinero que podría costar una restauración en toda regla. Artesanos más o menos avispados, desocupados con simples cursillitos vacíos de contenido profesional, pintorzuelos locales de pobre preparación e infinita osadía, amas de casa asistentes a cursos de restauración de muebles o, como es el caso, ancianas con "cierta mano para las artes" se han visto ante obras para acometer lo que era lógico que cometieran: salvajes atrocidades sobre algo que les caía muy a traspiés. En este sentido, el mundo de las hermandades y cofradías ha sido testigo y culpable de mucho de lo que ahora tan espectacularmente nos hace sonreír y, a muchos, abochornarnos. Algunas corporaciones religiosas, casi siempre faltas de recursos económicos - también regidas por personajes carentes de luces mentales - y garantes de obras de, más o menos, dimensión artística e histórica, han buscado a siniestros - en lo artístico - personajes con una más que dudosa preparación y con una carga infinita de osadía, que han sido capaces de transformar verdaderas obras de arte en fantasmales imágenes que hacen enrojecer de vergüenza -y hasta de miedo- a los que las contemplan. Manifiestas y desafortunadas actuaciones, con horribles afeites, burdas policromías o exageradas intervenciones para parecerlas a determinadas obras famosas de esta religiosidad popular, a veces, auspiciadas y regidas por pobres y desinformados actuantes. Este tipo de esquivos desarrollos artísticos tienen el agravante de que, al ser imágenes de culto público, trascienden del anonimato de las clausuras conventuales o de la intimidad -con poca luminosidad- de los camarines devocionales. Por desgracia, en nuestra zona, sabemos mucho de esto. Que lo pregunten, si no, a los viejos hermanos de algunas de nuestras más importantes cofradías; ellos podrán hablarles de restauraciones sonrojantes. Lo del pueblo de Borja, que tanto está llamando la atención, es sólo un desgraciado acontecimiento más, realizado por una pobre anciana con más buena intención que otra cosa -a la vista está-. Más sangrante me parece que ciertos artistas -o lo que sean- se presten a restaurar piezas sin el menor rubor. Escultores, cuando lo son, que amoldan los trabajos a las exigencias equívocas de los que realizan los encargos o que, sin hacer el menor caso a cualquier Carta de Restauro - esas que rigen este tipo de actuaciones-, casi vuelven a hacerlos nuevos sin respetar la más mínima autonomía artística, su valía o su historia. Sabemos de imágenes patronales antiguas que, debido a sus mínimas dimensiones, han sido burdamente acondicionadas a la altura que exigían las escleróticas miradas de los miopes fieles o del abotargado párroco que lo permitió, para verse mejor desde el lugar de su altar devocional o desde su paso de salida. De muchos es conocido el cambio de fisonomía que sufrió la imagen de un espléndido Nazareno del siglo XVII que fue llevada impunemente a las estéticas equivocadas que promovían los falsos cánones semanasanteros del momento, adaptándole esa famosa zancada de una famosísima obra, ideario cumbre de la iconografía cofradiera. Por eso, lo de la mujer de Borja no es nada más que el ejemplo desgraciado y patético de lo que viene ocurriendo a lo largo de los tiempos. Ahora, los medios de comunicación, las redes sociales y toda la inmediatez que produce la moderna información, ha desentrañado una realidad que era harto frecuente. Sirva el bochornoso suceso como aviso a navegantes para saber a qué no hay que atenerse. Mientras tanto, los profesionales, los restauradores de verdad, con las manos vacías y el alma alborotada ante tanto desatino.

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