Cultura

Aparicio y Morante iluminan una lluviosa tarde con chispazos de arte

  • Ambos diestros salen a hombros tras un mano a mano en el que cortan tres y cuatro orejas, respectivamente · Buen juego de los toros de Núñez del Cuvillo

La vida está llena de sorpresas. Cuando Julio Aparicio acometió la temporada en busca del tiempo perdido, seguro que no imaginó que acabaría sustituyendo a un Espartaco lesionado y toreando un mano a mano con Morante en Villaluenga del Rosario, en pleno corazón de la Sierra de Grazalema, uno de los parajes más maravillosos de España, dentro de una antiquísima plaza que se remonta a 1792 y que tiene como peculiaridad su forma octogonal. La bruma y neblina en una tarde lluviosa hizo todavía más singular y especial este marco natural iluminado con chispazos y fogonazos de arte de Aparicio y Morante, con un encierro de nota alta de Núñez del Cuvillo.

Julio Aparicio no se decidió a paladear el bombón que abrió plaza, un ensabanado muy noble, con el que únicamente se lució en un par de derechazos. Con el excelente colorao tercero, de bondadosas embestidas, muy pronto y repetidor, el sevillano-madrileño se lució a la verónica. Tras un sorprendente comienzo de faena de rodillas, el torero realizó una faena desigual, salpicada con muletazos muy estéticos, como una trincherilla, un desmayado o un pase de pecho que fueron auténticos carteles de toros. La mejor serie afloró al natural. Aparicio tardó en confiarse con el pastueño quinto, con el que se vivió un susto cuando perdió pie. En la arena -el piso de plaza estaba pesado-, sin perder la cara al toro ni la cabeza, el propio diestro se hizo el quite con la muleta. A partir de ahí, labor arrebatada, con un epílogo en el que el torero intercaló un molinete de rodillas, un cambio de mano, un desplante, ayudados por alto mirando al tendido y un pase del desprecio. Mató de certera estocada.

Morante despachó en primer lugar un toro que se quedaba corto por el derecho y se revolvía con prontitud por el izquierdo. El diestro sacó a relucir su clase en algunos destellos puntuales, como una media verónica o un par de derechazos. El de La Puebla cumplió con el manejable cuarto en una faena que en este caso tuvo hilo argumental. Comenzó con una bella apertura con estatuarios y cerró con ceñidos y sentidos ayudados por alto. En su parte central destacó en una serie con la diestra y también hubo aroma de ese toreo sobre las piernas de Joselito el Gallo, sin faltar un molinete invertido que parecía firmado por el mismísimo Juan Belmonte. Anteriormente, dibujó un par de preciosas chicuelinas para enmarcar. Con la espada no estuvo a la misma altura, matando de una estocada muy caída tras un pinchazo. Con el que cerró plaza, encastado, humillador, aunque se quedaba corto, Morante realizó una faena solvente y a más, en la que se impuso al animal, y en la que el fondo prevaleció sobre las formas, destacando en un par de tandas con la diestra.

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