Cultura

El Alba de Alberti

  • Todo lo que Rafael Alberti sentía terminaba alzándose al rango de poema, por lo que su oceánica vida supone un excepcional legado literario cuyo valor mereció un Premio Nobel que nunca llegó

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Todos estábamos convencidos de que asistíamos a un momento único e irrepetible. Por mucho que nos habíamos hecho el cuerpo de que algún día podía surgir el desenlace, la sensación era extraña, entre el desasosiego y la tristeza, como si algo de nosotros se nos fuese con él para siempre. La noche en que murió Rafael Alberti, hace diez años, una docena de periodistas acudimos a su casa como por acto reflejo, como si aquello hubiese estado escrito así desde hacía tiempo, y allí permanecimos, en la calle, hasta bien entrada la madrugada. Hasta el alba.

El primero en llegar fue Modesto Barragán, hoy director territorial de la RTVA en Cádiz, que también fue el primero en dar la noticia a través de Canal Sur. Luego fuimos llegando otros periodistas de la provincia a las puertas del chalé 'Ora Marítima', en la urbanización portuense de 'Las Viñas', frente a Valdelagrana. Los de los informativos nacionales se fueron incorporando más tarde, la mayoría llegados desde Sevilla. Sí, aquella fue una noche en la que muchos teléfonos sonaron de madrugada en los domicilios de los profesionales de los medios de comunicación. En el Diario se paró todo. Había que incluir la información por dentro y cambiar la primera página, y eso conllevaba tiempo y paciencia. Porque la puerta de la casa de Alberti apenas se abrió aquella noche oscura y húmeda. Tan sólo para dar paso a responsables municipales como el alcalde, entonces Hernán Díaz, el concejal de Cultura, Juan Gómez (que sigue en activo hoy, aunque en la oposición) y Antonio Caraballo, tal vez el funcionario más conocido del Ayuntamiento porque ha conocido a los alcaldes de las últimas cuatro décadas. Ellos y solo ellos fueron el único hilo conductor entre el interior de la casa y la calle en esas horas posteriores a un fallecimiento que se fijó entonces a las doce y media de la noche (ya del día 28 de octubre de 1999) pero que según otras fuentes se produjo a las doce menos cuarto del día 27, tres cuartos de hora antes. Así, supimos que Alberti, su familia, y el Ayuntamiento, habían negociado años antes un protocolo a seguir tras su fallecimiento que, entre otras cosas, establecía que su viuda, María Asunción Mateo, no asistiría a las honras fúnebres, tras su incineración. O que se celebraría al día siguiente un pleno extraordinario y que días más tarde se esparcirían sus cenizas por la Bahía. Todo aquello lo contábamos algunos privilegiados a través de unos teléfonos móviles enormes, de primera generación, que acusaban en exceso la falta de cobertura o de batería, pues en tecnología diez años son como un siglo.

Fue una noche larga, muy larga, sin apenas transición entre las numerosas convocatorias que estaban previstas al día siguiente, el día en el que El Puerto amaneció sin su personalidad más relevante, el último poeta vivo de la Generación del 27. Porque lo que siguió a esa intensa madrugada fueron jornadas agotadoras en las que, a pesar de la sencillez de la que siempre hizo gala el poeta, el protocolo se apoderó de cada instante. Asistimos, por ejemplo, a un pleno extraordinario con un busto de Rafael Alberti como testigo en el salón de la plaza del Polvorista. Una sesión en la que se aprobó apresuradamente, con el oportunismo del portavoz del PP y la aquiescencia del resto de grupos, que el nuevo teatro municipal, que se construiría muy cerca del Ayuntamiento, llevase por nombre el de Rafael Alberti.

Para entonces, la ciudad ya estaba tomada por representantes de medios de comunicación llegados de todo el mundo, cuya actividad frenética contrastaba con la tranquilidad y hasta indiferencia que se reflejaba en los rostros de una gran mayoría de portuenses, como si aquella circunstancia hubiese sido esperada y admitida desde hacia tiempo dado que la actividad pública de Rafael se había limitado, y no siempre, a su presencia en alguno de los cumpleaños organizados por el Ayuntamiento.

El interés que sí acaparó la noticia fuera de El Puerto impulsó a algunos políticos locales a mostrar un afán de protagonismo desmesurado. El funeral que se celebró, ya con las cenizas del poeta, en el Monasterio de la Victoria, fue un acto político en toda regla, entre la reafirmación republicana de unos cientos de militantes comunistas llegados desde diversos puntos de Andalucía y el deseo de los responsables municipales portuenses de llevarse una parte de la imagen que iba a ser difundida por todo el mundo. Pero lo que sucedió, como no podía ser de otra forma, fue que en mitad del solemne y sentido acto, el alcalde Hernán Díaz confundió a Saramago con Samaniego, lo que llenó de surrealismo una sesión hasta entonces protagonizada por discursos huecos y previsibles. Y que al final, a la salida del Monasterio, pudimos contemplar el espectáculo del alcalde rodeando con sus brazos a Aitana Alberti, que a su vez rodeaba con las suyas la urna que contenía las cenizas. Aquella foto sí que dio la vuelta al mundo.

Desde años antes hasta aquella noche de sorprendentes presencias en la calle de Las Viñas, hasta aquel pleno extraordinario y el artificial funeral de La Victoria, la sensación fue de que muchos quisieron apropiarse de la memoria de Rafael, cada uno desde su posición. Hoy, desde la perspectiva que da el tiempo, los últimos momentos en vida de Alberti se ven con mayor claridad. Y tras su fallecimiento fue posible encontrar a los verdaderos admiradores del poeta, aquellos que entendieron que su figura estaba por encima de siglas, de intereses, incluso de amistades. Su viuda, María Asunción Mateo, no quiere entrar en absurdos y estériles debates que acaban dañando la figura de un poeta universal que se fue de este mundo calladamente. Muy al contrario, entiende que hay que seguir profundizando en su obra, que es lo que él hubiera deseado porque es lo que perdura. María Asunción fue la gran ausente de aquella difícil noche y de aquellos días de puesta en escena. Su silencio de entonces, y el de hoy, lo dicen todo.

Diez años después, quienes tuvimos la oportunidad de ser testigos cercanos del último viaje de Alberti hemos aprendido, entre otras cosas, que las grandes figuras como la suya no sólo no se desdibujan en el horizonte, sino que con el paso del tiempo se muestran más nítidas ante nuestros ojos, como en aquel amanecer junto a su 'Ora Marítima'. Porque sólo el tiempo y el trabajo de quienes de verdad lo quieren harán posible que, algún día, la ciudad que lo vio nacer lo sitúe, sin falsas actuaciones, en el lugar del corazón.

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