Jerez

El luminoso adelgaza y luce aspecto juvenil

  • La rehabilitación del emblema de González Byass es también una reivindicación de la innovación en el mundo empresarial

"Las marcas se construyen todos los días y si tienes un icono es mucho más fácil construirlas y mantenerlas". Luis Pérez Solano, publicista como su abuelo, el padre de la criatura que anoche volvía a la vida en la Puerta del Sol con renovada lozanía, se encontraba entre los más de doscientos asistentes que no quisieron perderse un momento de una enorme carga sentimental. Desfilaban cócteles con Tío Pepe, ese extraño vino pálido que en 1844 alumbró en una solera de 99 botas Manuel María González con la ayuda de su tío, José de la Peña, el Tío Pepe, y Pérez Solano recalcaba la importancia de un diseño acertado en un momento acertado. Tan acertado que Mauricio González Gordon admitía que entre los más de 150 descendientes del fundador de la compañía que siguen vinculados al capital de la empresa el icono del Tío Pepe es un miembro más de la familia con una vinculación en "valores, sentimientos y emociones". Esos valores, sentimientos y emociones tienen mucho que ver con el peso de la historia. "Cuando Manuel María González decidió dedicarse a su pasión, al vino, el mercado inglés consumía olorosos, jereces con cuerpo. Él decidió innovar, como también lo haría la bodega años después con la introducción del ferrocarril, la luz eléctrica o el médico de empresa".

En ese sentido, el luminoso y la figura del Tío Pepe también supuso una revolución en el mundo de la comunicación. La potencia de esa figura trascendía del producto. El actual vicepresidente de González Byass, Pedro Rebuelta, recordaba cómo de niños jugaban con tíos pepes con paracaídas o navajas suizas de Tío Pepe. Todos unos pioneros en merchandising.

El luminoso que ayer reestrenaba Madrid, con el que se reencontraba, es moderno en su condición de patrimonio, dando la vuelta al kitsch y al vintage para revelarse como universal. Frente a las 70 toneladas que llegó a pesar el primer neón que se instaló en 1935 sobre el hotel París, pagando 796 pesetas de la época al Ayuntamiento de Madrid en concepto de canon municipal, el actual ha adelgazado y ha perdido casi 50 toneladas. Ahora pesa 24. El trabajo de restauración ha sido minucioso y realizado por expertos, "los cirujanos estéticos del Tío Pepe", como ayer les bautizó Mauricio González Gordon.

Lo conseguido en estos años, vencer a la eliminación de las señas de identidad, la invisibilidad del pasado, ha sido un trabajo conjunto de muchas personas, pero sobre todo de los madrileños, que, como decía ayer un anciano que contemplaba el momento de la iluminación, "es que sin él la Puerta del Sol no parecía la Puerta del Sol".

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