Galería del crimen

El lenguaje de los cadáveres

  • Un viaje al desconocido mundo de la medicina forense, donde se resuelven un gran número de crímenes l En la provincia 29 forenses han realizado en los últimos cuatro años 2.500 autopsias

K LARA García, la joven asesinada en San Fernando en el año 2000, llevaba en su cuerpo el nombre de sus asesinas. Los cadáveres hablan y hay que conocer su lenguaje. Iria, el 'cerebro' del crimen, se derrumbó después de que un médico forense descubriera en su brazo una herida de arma blanca. "Me corté con un vaso". El forense observó la herida y descubrió que era igual que muchas de las que presentaba Klara. La misma muesca en la piel producida por una hoja doblada. "Confiesa, Iria. Esta prueba es incontestable". Iria confesó y luego durmió a pierna suelta durante horas.

En España hay 780 profesionales que conocen el lenguaje de los cadáveres; 22 de ellos están en Cádiz y las comarcas de Jerez-Sierra y la Janda, otros 6 en el Campo de Gibraltar y un refuerzo provisional. Los 29 de Cádiz han realizado en los últimos cuatros años 75.000 historias clínicas y más de 2.000 autopsias. Es sólo una parte de su trabajo. La patología forense, las autopsias, es un pequeño porcentaje de una tarea que abarca miles de informes que rellenar, comparecencias en los juzgados, levantamientos de cadáveres, criminología externa, antropología forense (inspección de huesos: los de la memoria histórica, por ejemplo), valoración de daños corporales varios, violencia de género, accidentes de tráfico, accidentes laborales, lesiones de agresión diversa, verificación de violaciones, psiquiatría forense, incapacidades civiles, imputabilidades en los detenidos, internamientos involuntarios en centros de salud mental, informes de malpraxis profesional... en definitiva, 75.000 historiales para 29. "Estamos desbordados", advierten. Y la cosa no va a cambiar. Ahora se celebran oposiciones, muy duras: 256 temas. Salen 123 plazas. Cataluña ha pedido 40. Andalucía sólo once.

Averiguar lo que dicen los cadáveres es, por tanto, una parte distendida del trabajo. Y eso que cada una de esas autopsias rara vez llevará menos de tres horas entre la lectura del informe, la inspección de la vestimenta, la exploración del cuerpo, el trabajo propiamente dicho del examen del cadáver, el trabajo fotográfico, la redacción del informe y la parte más dura, la comunicación con los familiares. El papeleo crece, pero las dotaciones de personal administrativo son escasas. La mayoría de las veces, tras la labor pericial, el médico forense carga con la burocracia.

Pero son gente dura. Aquél Gran Premio de Jerez... Cinco motoristas muertos, los cinco cascos colocados en fila con sus correspondientes botas. "No puedes colgar la bata y decir mi trabajo ha terminado. Hay familiares que esperan, familiares a los que no se les puede prolongar el sufrimiento aunque suponga realizar el trabajo fuera de horas".

Veamos un caso resuelto en la mesa de autopsias. El cuerpo de una mujer con dos orificios en el pecho. La policía baraja un homicidio por arma de fuego. La autopsia no encuentra ni proyectiles ni fragmentos. Se radiografía el cadáver. Sigue sin aparecer nada. Se realiza un análisis espectrofotométrico de las improntas de los orificios tanto de la piel como del esternón. Salen metales raros, pero ninguno comparable a un proyectil de arma de fuego. Dos días de autopsia, muchas vueltas a la cabeza. ¿Y un virote de ballesta? Búsqueda en tiendas de deportes... Comparamos y bingo. Resultó que el marido tenía una ballesta de polea. Salvo el tribunal, nadie se enteró.

Las cosas han mejorado. Hasta hace apenas diez años los médicos forenses trabajaban de la misma manera que hace cien años. Iban de cementerio en cementerio, donde abrían los cuerpos. "Como un día en Barbate", relata uno de los veteranos del cuerpo. "Una turba me insultaba porque iba a hacer la autopsia a un toxicómano. La gente se negaba a que lo abriera. Fue una rebelión. Escoltado por la Guardia Civil pude entrar, bañado en gargajos, en la cutre habitación donde estaba el cuerpo. La gente aporreaba la puerta para rescatar el cadáver y yo pensaba que como lograran entrar y me vieran con el cuerpo con las tripas fuera, me linchaban... Hasta los guardias estaban asustados".

Ahora el servicio está centralizado, el material es más sofisticado y la traducción de lo que explica el cadáver es más científica, pero también son muchos más cuerpos al haber asumido los forenses casi todas las autopsias de muertes naturales que antes se realizaban en los hospitales. Aún así, los forenses se entusiasman cuando hablan de su trabajo y puede parecer que hay frialdad en sus relatos. "Está claro que el descuartizador de Cádiz tenía algunos conocimientos de cómo despedazar un cuerpo. Hace poco en Jerez un chino mató a su pareja, también china, y luego quiso descuartizarla con un machete de cocina, qué diferencia con el caso anterior.... qué carnicería. Fue, por cierto, la segunda vez que se le realizaba una autopsia a un chino en España. Curioso".

No son siempre tan fríos. "Una autopsia es lo que es. El clima es distendido, escuchamos música, nos contamos cosas cotidianas... con los niños no. En una autopsia a un niño todo el mundo está en silencio y tardas en recuperarte". Pensar en la vida que el niño no tendrá mientras se examina el cuerpo crea ese ensordecedor silencio de por qué este mundo puede ser tan perro.

Otros cadáveres hablan tiempo después. Un mendigo murió en Cádiz tras una tremenda curda. El análisis informaba de que había ingerido un alcohol extraño. No era una borrachera normal. Los análisis de Toxicología de Sevilla, otro centro superado por el trabajo -"miles de pruebas y sólo cuatro para mirar por el microscopio"-, reveló que el alcohol que tenía el cuerpo era metanol, un destilado asesino. Quizá a nadie le importara el mendigo, pero los forenses pudieron determinar que el hombre había sido envenenado por un alcohol clandestino, un mercado que sigue existiendo en nuestros días .

Los forenses se tienen que conformar con su papel invisible dentro de un mundo en el que hay puñaladas por colocarse medallas. Se quejan de que si ellos descubren la causa de una muerte y sus circunstancias, serán otros quienes se lleven la gloria; si hay una equivocación, como cuando se confundieron unos huesos de perro con huesos humanos en un esperpéntico hallazgo en Cádiz o cuando se atribuyó a Rafael Ricardi unas violaciones que no había cometido pese al dictamen contrario del forense, la excusa serán ellos.

Ahora los forenses de Cádiz saben que les espera un cuerpo y confían en que ese cuerpo hable, si es que lo encuentran. Es el de la joven Marta del Castillo, que se halla en algún lugar del Guadalquivir. Si el cuerpo aparece, uno de estos forenses interpretará lo que ella diga, su última declaración. Sin el cadáver, todo quedará en un homicidio y los autores del crimen saldrán en libertad en tres años. Ningún forense podrá escuchar la acusación de la víctima.

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