covid cádiz El coronavirus se ha llevado mi colegio

  • Aunque no han vuelto al escenario que esperaban, los niños han asumido los cambios que supone el covid

  • Los alumnos con necesidades especiales pueden verse afectados por las nuevas exigencias y el cambio de rutinas 

Lo más común es que los más pequeños personifiquen al coronavirus, como si fuera un monstruo.

Lo más común es que los más pequeños personifiquen al coronavirus, como si fuera un monstruo. / D.C.

Seis meses sin pupitres ni pizarras. Si algún niño podía recordar lo que era su cole, no era el cole con el que se encontraron de nuevo este septiembre.

“Eso ha sido lo que más hemos notado –comenta Isabel Lado, directora del CEIP San Rafael en la capital gaditana–. Los primeros días veías que los niños estaban bien pero más apagados… Y yo creo que es porque venían a un sitio que no era el que esperaban. Sobre todo este centro, que es muy aséptico para ellos y solemos tenerlo siempre muy adornado con trabajos que hacen”. Hubo que quitar los ovnis, las estrellas y planetas que colgaban por todas partes desde el curso pasado. “Todo lo colectivo y de celebración, el mundo del carnaval, que aquí nos ayuda mucho a meter las áreas… Todo eso, cojo, fuera. ‘Bueno, por lo menos, déjame celebrar la Navidad’, me han dicho en el AMPA, como si dependiera de nosotros –continúa– . Más las mesas separadas, la sillas separadas… Ellos notan que es distinto pero la verdad es que se están portando estupendamente y, aparte de esos primeros días, vemos bastante normalidad”.

Y los que mejor se portan, los de infantil, “que obedecen al milímetro, entran por la puerta y ellos solos se suben la mascarilla. Nosotros les repetimos mucho: lo más bonito que tienes son los ojos”.

La docente sí que ha notado, sin embargo, una diferencia en los niños más pequeños: a algunos de los que empiezan infantil, con tres años, les faltan aptitudes que se suelen asumir como “cumplidas”. “Hay algún niño aún con pañal, con chupe… Se les nota más bebés de lo que ya era habitual, porque algunos llegan cuando aún no han cumplido tres años, y creo que en esto sí puede haber influido el desorden con el que hemos vivido”.

“Yo creo que han empezado con ganas, con la ilusión de reencontrarse con sus amigos, los libros nuevos… El comienzo de curso ha supuesto un aliciente después de un periodo de seis meses al que no estábamos acostumbrados, ni padres ni niños. Para ellos es muy importante el reencontrarse con los demás”, comenta Víctor Amar, de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UCA. “Ahora –coincide Amar–, esto cambia cuando entran en el centro y ven que tienen movilidad limitada, que han de andar con cuidado… Además de lo que puedan llegar a enterarse del covid, o de lo que los padres les contamos”.

La pandemia sí que deja en los niños, inevitablemente, una sensación de anomalía: no son entes aislados del mundo. Lo que suelen hacer es personificar ese miedo:el coronavirus es una especie de monstruo. Un coco más. Pero, a pesar de la famosa resiliencia de la que hacen gala, si algún lastre podía dejar en los pequeños el confinamiento severo era la ausencia de contacto con sus iguales.

Por otro lado, en la “fotografía en movimiento” que tiene este primer curso de la época covid, está el tema del profesorado, “a los que hemos asignado nuevas responsabilidades –continúa Amar–. Ellos se están acostumbrando, porque cualquier problemática social se incluye dentro de la estrategia didáctica y pedagógica de la escuela, pero estamos ante un engranaje muy tenso en el que las responsabilidades son extremas, de salud pública”.

Tanto el viernes pasado como el próximo día quince, de hecho, CGT ha convocado sendas jornadas de huelga en protesta por las condiciones de vulnerabilidad de los colegios, que se suman a la jornada de protesta que hubo el pasado día 18 de septiembre, a poco de comenzar las clases.

El metro y medio no existe, nosotros no tenemos grupo Covid, no puedo dividir las aulas de más de 25 porque si falta el especialista, deshaces las burbujas… Se mantiene dentro de lo que podemos la distancia, el tema de la higiene… Pero vaya, hay un abismo entre las directrices de la administración y la realidad: la realidad es que, por ejemplo, nosotros tenemos docentes compartidos con varios centros. O docentes de más de 55, que yo tengo unos cuantos y, sin ellos, cierro el cole. Entiendo que mi zona es de necesidades sociales, pero parece que estemos en pandemia para según qué cosas. En mi opinión, la administración no ha hecho lo que tendría que haber hecho”.

Muchas veces peor que los niños, comenta Isabel Lado, lo han pasado los padres: “A pesar de que las tutorías debían ser telepresenciales, aquí tenemos techos muy altos y aulas muy grandes, y reunimos a pequeños grupos de padres para hacer una simulación de lo que iba a ser con los niños. Había hasta padres llorando: ‘No me hagas traer al niño al cole’. Pero una semana después inicio de curso, en total en todo el colegio lo que podían faltar eran doce niños”.

La "nueva escolaridad" abre también la puerta a nuevas formas de enseñar

Otro asunto, de la mano del cambio de escenario forzoso que ha supuesto, primero, el encierro, y después esta nueva escolaridad entre la incertidumbre y la semipresencialidad, es el de la brecha digital. Durante el confinamiento, fueron muchos padres, indica Isabel Lado, los que descubrieron cómo usar las redes sociales, por ejemplo, para ayudar a sus hijos, “y quien no tenía ordenador o una tablet tenía una Play o una PS4”. En el retorno a clase, “desde el primer día, trabajamos con el libro digital en las pizarras para que sepan cómo se accede a él. De hecho, no están llevando libros físicos a casa para que tengan que conectarse al digital. Hemos hecho una propuesta de préstamos de ordenador porque los equipos están obsoletos pero claro, a la conexión a Internet ya no llegamos. A los que están muy cerca, les hablamos de redes públicas o del hospital, pero no es la calidad que tendría que tener”.

“Esta situación cambia también la forma de enseñar: los docentes están echando mano de imaginación para descubrir todas esas nuevas posibilidades que pueden tener los niños de adquirir conocimientos –comenta Amar–. Ahora, por ejemplo, no se puede invitar a una persona externa al aula: el protocolo lo hace muy difícil. La enseñanza está cambiando, ha cambiado, los ritmos de aprendizaje han cambiado. Las tecnologías de la información y de la comunicación pueden servir para destacar el concepto de relación”.

Y, por supuesto, estos cambios estructurales pueden afectar más a los niños con necesidades especiales, de espectro autista, TDAH o, simplemente, más sensibles que el resto: “Hay que educar en el afecto, y ese afecto convertirlo en efecto –prosigue Víctor–. Este tipo de niños lo pasa muy mal, simplemente, con el hecho de ponerse la mascarilla. Ese déficit que tenemos en cuanto a no poder congeniar con el prójimo se podría solventar con una dosis doble de comprensión, y de dar a entender la función del maestro. El docente es, más que nunca, el gran modelo”.

“Nosotros tenemos a todos nuestros niños con necesidades especiales integrados en sus cursos pero, según lo que hemos podido ver hasta ahora, el regreso al colegio no lo han vivido mal: tenían necesidad de volver, son los primeros que querían”, indica Isabel Lado.

Desde la Asociación TDAH Bahía de Cádiz, señalan que todo este proceso puede resultar especialmente difícil: el encierro ya fue un periodo duro, y la nueva escolaridad tampoco lo pone fácil. En este caso en concreto, los niños que presentan Transtorno de Déficit de Atención e Hiperactividad tienen difícil permanecer quietos en un mismo sitio; la rutina social se limita, y se limita también “su ya de por sí deteriorada adquisición de habilidades sociales”. Detalles como recoger pañuelos o el tener las puertas y ventanas abiertas son un reto a su capacidad de concentración: “Todo esto se traduce en que estos niños han tenido y tendrán peores resultados educativos, con más ausencias, mayor riesgo de necesidades educativas especiales, más olvidos a la hora de anotar tareas para casa, peor desempeño en los exámenes, pérdida de oportunidades para hacer nuevos amigos, y un largo etc”.

“A las funciones del profesorado se suma ahora el ayudar al alumnado a superar carencias emocionales de distinto tipo –indica Víctor Amar – . En cierta manera, esta asunción de cuidados y responsabilidades hace que arrebatemos a los niños un tanto de su ingenuidad, los estamos adultizando. Además, ¿cómo van a socializar si no pueden compartir, o como van a aprender en un régimen de temor? Yo diría lo siguiente: definamos entre todos esa nueva escolaridad, que posiblemente esté pasando un momento incierto, las formas de evaluar, de estudiar… Hagamos del aprendizaje algo más social, más experimental, más humanizado”.

“Este escenario en positivo –prosigue– será lo que estemos educando para el siglo XXI: el aprendizaje virtual ha de estar a lo largo de la vida, pero también a lo ancho. Todo eso le pertenece al alumnado del siglo XXI, pero tenemos a los docentes anclados en el siglo XX. Podemos estar ante un momento bisagra que ha venido a transformar la realidad”.

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