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Las dos caras del 'milagro' económico portugués

  • Los números macroeconómicos han colocado al país vecino como ejemplo de recuperación en Europa pero la mitad de sus ciudadanos considera que la crisis aún no ha pasado.

El primer ministro portugués, Antonio Costa (centro), durante un acto de campaña en Coimbra. El primer ministro portugués, Antonio Costa (centro), durante un acto de campaña en Coimbra.

El primer ministro portugués, Antonio Costa (centro), durante un acto de campaña en Coimbra. / Mario Cruz (Efe)

Los números macroeconómicos del superministro socialista Mário Centeno han traspasado fronteras y han colocado a Portugal como un ejemplo de recuperación en Europa, pero no han tenido tanto éxito convenciendo a los portugueses: más de la mitad considera que la crisis aún no ha pasado.

Son las dos caras del milagro económico portugués que dejan cuatro años de gestión socialista y que este domingo se someterá al escrutinio de las urnas, donde los ciudadanos decidirán si conceden a António Costa mayoría absoluta o le fuerzan a pactar.

Revertir la austeridad y atraer inversión extranjera

En 2015, cuando Costa dio la vuelta a su derrota electoral y llegó al Ejecutivo aupado por la izquierda, los socialistas encontraron un país bajo el yugo de la austeridad.

En estos cuatro años han logrado su milagro: actualizaron salarios en la administración, descongelaron carreras, revalorizaron pensiones y redujeron los impuestos a los rendimientos del trabajo. Además, con la presión de sus socios de izquierda, aumentaron el salario mínimo de forma progresiva desde los 505 euros de 2015 hasta los 600 euros actuales.

Lograron impulsar la demanda interna, pero gran parte del empuje llegó desde fuera de sus fronteras. Atraídos por beneficios fiscales y permisos de residencia a cambio de inversiones -una estrategia implementada por la derecha y profundizada por los socialistas-, la presencia extranjera en el país ha crecido, especialmente en el sector inmobiliario, en el que los precios se han disparado.

El turismo extranjero ha vivido un boom y ha impulsado el crecimiento: ya supone cerca del 15% del PIB y es responsable de un buen pellizco de los nuevos empleos.

El milagro portugués ha conquistado también a empresas internacionales, buena parte del sector tecnológico, una de las principales apuestas del Gobierno socialista. Una de ellas, Google, ha instalado un centro de operaciones en Lisboa que presta servicio a clientes de Europa, África y Oriente Medio.

Los números de Centeno

Todo ello ha permitido a Portugal presumir de los números macroeconómicos del ministro de Finanzas, Mário Centeno, que, pese a predicar que practica una política de izquierdas, se vio recompensado con la presidencia del ortodoxo Eurogrupo.

Los avances no se pueden negar: Portugal ha crecido por encima de la media europea en los últimos años -un 3,5% en 2017 y un 2,4% en 2018- y la tasa de desempleo, que rondaba el 12% en las últimas elecciones, ha bajado hasta el 6,3%. El déficit, una de las banderas empuñadas por los socialistas para defender su gestión, ha se reducido a mínimos: superaba el 7% en 2014 y cerró 2018 en apenas el 0,4%.

El reconocimiento internacional es indudable: las tres principales agencias de calificación le retiraron del bono basura y han mejorado su nota, la prima de riesgo está a la par de España y publicaciones económicas de prestigio alaban al país.

Pero en territorio nacional los elogios son más cautos, y aunque se reconocen los progresos, hay analistas que cuestionan su impacto.

La otra cara

"En los sectores donde más se creció, y que fueron de cierta manera el soporte del crecimiento del conjunto de la economía, los salarios, los rendimientos y el valor añadido no son robustos. Por eso la economía mantiene señales de vulnerabilidad y precariedad", señala a Efe el investigador José Reis, coordinador del Observatorio sobre Crisis y Alternativas de la Universidad de Coimbra. Un crecimiento basado en la demanda externa y en sectores como el turismo no fortalece la capacidad productiva de la economía, advierte.

También se cuestiona la estrategia de Centeno para reducir el déficit, basada en el crecimiento y en un férreo control del gasto. Los números van en su contra: el peso de la inversión pública en el PIB se ha mantenido durante toda la legislatura por debajo del dato de 2015, último año de Gobierno de los conservadores (2,2%).

La austeridad se ha traducido en problemas en sectores como la sanidad: el Servicio Nacional de Salud (SNS) contó en 2018 sólo con el 4,3% del PIB, el porcentaje más bajo de los últimos 15 años.

En el mercado laboral también se apuntan sombras porque la mayor parte del empleo creado es precario: sólo alrededor de un tercio de los nuevos contratos son indefinidos, según el Observatorio sobre Crisis. Y pese a la recuperación del sueldo de los funcionarios y a la subida del salario mínimo, en esta legislatura no se ha conseguido una revalorización salarial a gran escala.

Los portugueses, no tan convencidos

Estos peros se reflejan en la opinión de muchos portugueses de a pie, que no consideran que su situación haya mejorado lo suficiente como para dar por olvidada la crisis económica. Un 53,5% cree que la crisis no se ha superado y su mayor preocupación es el empleo, según la última encuesta del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.

El descontento se palpa en la conflictividad laboral. En la segunda mitad de la legislatura prácticamente todos los sectores del funcionariado salieron a la calle a exigir mejoras, aunque los más sangrantes fueron los conflictos en sanidad y educación.

La vivienda es un problema dramático en ciudades como Lisboa y Oporto, donde miles de portugueses se han visto forzados a abandonar el centro ahogados por la escalada de los precios. Es otra de las cuentas pendientes de Costa. Su programa de "alquiler accesible", con exenciones fiscales a los propietarios a cambio de limitar los precios, apenas tiene impacto en el mercado. Es de adhesión "voluntaria" y los inquilinos consideran los valores demasiado altos.

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