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Obama se separa de un peso pesado

  • El mandatario se queda sin Emanuel, un controvertido jefe de Gabinete que fue su primer nombramiento como presidente.

El dimitido jefe de Gabinete de la Administración Obama, Rahm Emanuel, ha sido, con su personalidad llamativa, uno de los ocupantes de ese cargo con más influencia, para bien y para mal, en los últimos tiempos.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunció el viernes en una ceremonia en la Sala Este de la Casa Blanca la marcha de Emanuel, que se presentará como candidato a la alcaldía de Chicago y que será sustituido de modo interino por el consejero presidencial Peter Rouse.

El hueco que deja será difícil de llenar. Rahm, como le conocen amigos y enemigos, no sólo se ha encargado de coordinar las diferentes agencias gubernamentales. Como jefe de Gabinete, cuya oficina se encuentra físicamente junto al Despacho Oval, tiene acceso directo al presidente, con quien se reúne al comienzo y al final del día, y decide quién puede ver al mandatario y quién no.

Ha desempeñado un papel clave en la elaboración de la estrategia política de la Casa Blanca, se ha encargado de trasladarla al Congreso y de hacer que éste plasmara las prioridades presidenciales en ley. Extrovertido, malhablado, impetuoso y carismático, se encargó por ejemplo de sacar adelante en el Congreso la reforma sanitaria que defendía Obama, pese a que él se inclinaba por medidas menos ambiciosas.

Como jefe de Gabinete deja una herencia mixta. Si bien ha promovido de manera impecable los objetivos de Obama, su talante agresivo también ha causado abundantes roces y se ha granjeado muchas críticas por ser demasiado partidista.

Nacido en Chicago en 1959, es hijo de un devoto sionista israelí de origen ruso, Benjamin Emanuel, y de Martha Smulevitz, una defensora de los derechos civiles que acabó tres veces en la cárcel durante manifestaciones. Al recordarlos en su ceremonia de despedida, se le quebró la voz.

Comenzó su vida política como director político de la Casa Blanca durante el mandato de Bill Clinton. En 1996 fue promovido a asesor principal para política y estrategia, cargo que abandonó para pasar en 1998 a Wall Street, donde durante su etapa en un banco de inversiones hizo una fortuna que los medios calculan en 18 millones de dólares.

En 2002 regresó a la política y ganó un escaño por Illinois en la Cámara de Representantes.

Su ascenso fue rápido. El de su fama como perro de presa, también. De esa época data una de sus anécdotas más conocidas, el envío de un pez muerto por correo a uno de sus enemigos políticos. Como responsable de la campaña demócrata en las legislativas de 2006, junto al senador Charles Schumer, logró que su partido recuperara la mayoría en las dos cámaras del Congreso.

Los comicios presidenciales de 2008 le encontraron como uno de los congresistas demócratas más poderosos, con un futuro por delante en el que nadie dudaba de que llegaría lejos, probablemente a presidente de la Cámara Baja.

Tras ganar las elecciones, el primer nombramiento que anunció Obama en su equipo fue el de Emanuel. El presidente estaba seguro de que quería como jefe de Gabinete a ese judío fibroso y palabrotero, maestro en el arte de la estrategia política, conocedor como nadie de los entresijos de la vida política en Washington y poseedor del número de teléfono de todo aquel que es alguien en esta capital.

Veinte meses después, antes de lo que él calculaba, abandona Washington. Siempre había comentado que la alcaldía de Chicago era ya el único puesto que le interesaba en la política.

Cuando el alcalde actual, Richard Daley, anunció por sorpresa a comienzos de septiembre que no se presentaría a la reelección, comenzaron las conjeturas.

Inicialmente, Emanuel dudó si presentarse. No es el único demócrata que ambiciona ese puesto y temía el efecto que una disputada campaña electoral pudiera tener en su esposa, Amy, y sus tres hijos, todos en edad escolar.

Finalmente, sus ganas de regresar a Chicago han podido más que sus preocupaciones.

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