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El principio del fin

  • Hace 50 años, The Doors, con el mesiánico y turbulento Jim Morrison a la cabeza, publicó su inolvidable primer disco.

Izquiano. Izquiano.

Izquiano.

"Este es el fin, mi viejo amigo, el fin". Esto mezclado con la imágenes apocalípticas de Apocalypse Now del Coppola demencial podía tener un efecto devastador. Para cuando se estrenó la película, el que había inventado lo de amigo, esto es el fin estaba en el fin hacía un tiempo. Se murió en París en una bañera. El más bello animal del rock, Jim Morrison, había muerto gordo y barbudo sólo cuatro años después de que hubiera lanzado un disco revolucionario que se abría con Breaking Through to the Other Side y se cerraba con The End. Dos leñazos tremendos e inclasificables subrayados por el órgano demoledor de Ray Manzarek y la percusión machacona de John Densmore. Hacía tiempo que se venía coqueteando con eso. Poesía elevada a la diversión pop. Jim Morrison, la cara bonita del grupo, The Doors, llamados así por las puertas de la percepción de Huxley, iba de poeta. Pero marcó el camino a otras estrellas del rock. Incluso muriéndose. Un Jesucristo moderno. Sin embargo, The Doors, con seis discos en muy poco tiempo, no dejaron huella en los 70. Pocos siguieron su senda, no se sabía muy bien cuál era.

Lo cierto es que en 1967 causaron sensación con The Doors, su debut homónimo. Vamos a tener en cuenta que, además de las dos canciones mencionadas, el disco incluía The Crystal Ship, una alegoría absolutamente desquiciada y embotellada en una deliciosa melodía y, sobre todo, Light my Fire, una canción generacional, que es algo que necesita todo disco mítico, y que en cierto modo enfurecía a Morrison porque había sido compuesta por Robby Krieger, el guitarrista, que era lo menos que se servía en poeta. Y Morrison aguantaba mal la envidia de que ese riff mágico estuviera en la canción más célebre del disco. A día de hoy si alguien menciona a The Doors, a uno le es imposible no tararear el Light my Fire, himno seductor que a más de uno le podía hacer cambiar de bando observando la sensualidad en pantalones de cuero de Morrison.

Aquel debut, el más glorioso en la historia del rock, observado con indiferencia por las otras grandes bandas del momento, se ha convertido en un icono de ascendencia y decadencia. La banda hizo más discos, algunos muy estimables y con hermosas canciones, pero nada hay comparable a lo que supuso en aquel tiempo la irrupción de ese elemento extraño que no era un producto hippie, ni neoyorquino ni británico, que iba de otra cosa. Que era psicodélico y no lo era. Que nadie lo quería enmarcar en ninguna corriente. Ni los miembros del grupo sabían de qué. Es de suponer que aquello aceleraría su destrucción logrando el objetivo de Morrison de atravesar las puertas de la percepción por la vía de la destrucción. A los otros tres músicos no les hizo tanta gracia el descenso al infierno de su líder.

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