José Sacristán | Actor "Antes monja que político"

"Antes monja que político" "Antes monja que político"

"Antes monja que político" / juan carlos vázquez

Turiégano de segundo, José Sacristán (Chinchón, Madrid, 1937) no necesita carta de presentación. Ni, como quijote del siglo XXI, teléfono móvil. "Vivo encantado sin él", presume. Lleva meses interpretando Señora de rojo sobre fondo gris y, a sus 81 años, se ve con brío para continuar en 2020 con la obra de Delibes e incluso interpretarla en Argentina. Su voz, dice algún admirador, debería ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad: "Fíjese, de mocito era tenor ligero al cantar zarzuela, pero esta cosa de la edad me dejó esta voz de hombre...".

-Delibes honra a su esposa en Señora de rojo sobre fondo gris, la obra que usted representa. ¿Los castellanos recios también lloran?

-No le quepa duda. Tengo un alma de portera que no me la merezco y me encanta. Para encarrilar el personaje hay que echar mano del dolor. Mi método es mitad Stanislavski y mitad La Niña de los Peines. La aproximación al personaje la hago con supuestos stalisnavskianos, y sí, aparecen nombres que se han ido para el otro lado echando mano de la memoria emotiva. Y se llora, claro, y a mucha honra.

"Hoy no hay muertos por bombas, pero sí muertos sociales, morales, que no trabajan ni volverán a trabajar"

-Recita a Antonio Machado y está con Delibes. ¿A quién interesa contar que los clásicos no venden?

-Allá cada uno. Afortunadamente cuento con la fidelidad de personas que suelen acudir a mis propuestas de trabajo, que pasan por Machado, Delibes, Mamet o Cervantes. Qué lujo, ¿no?

-Asombra la ternura con la que recuerda a sus padres con más de 80 años.

-Con el Venancio y la Nati se podía ir a cualquier lao. Él era mi mejor contrincante, un referente moral y ético, indestructible; como buen padre, nunca vio bien lo de ser actor. Habría sido un cabrón si hubiera dicho en aquella España: "Sí, hijo, dedícate a eso". La Nati era la complicidad. No los voy a olvidar en la puta vida.

-Mi suegro quería que su benjamín fuera tornero, estudió Sociología y trabaja en lo suyo. ¿Le suena?

-Fui el peor tornero de la mecánica universal, pésimo. Mi padre me metió de aprendiz y ahí estuve siete años. He sido un inútil.

-Uno de los personajes públicos más anticlericales de España se llama Sacristán. ¿Los apellidos los carga el diablo?

-Debe ser, no me gusta nada ese oficio. Lo sacristanesco es algo siempre objeto de cachondeo y de burla. Así es la vida. Mi padre se cagaba en Dios una media de doce veces por segundo.

-Concha Velasco, Nuria Espert, Lola Herrera, Charo López, Juan Diego, Josep Maria Pou, José Luis Gómez, usted... ¿Les ponen zancadillas los jóvenes?

-Al contrario, lo mejor tras más de 60 años en este negocio es trabajar con ellos, una forma de rejuvenecer.

-Ha recorrido teatros de la España vacía. ¿Qué perdemos sin los pueblos?

-Sería un cínico si exaltara esto, mi padre fue desterrado de Chinchón y a los seis años nos fuimos a Madrid. El pueblo es el sitio al que siempre se vuelve pero en el que no se está. Me parece tristístimo, como el cierre de los cines, pero supongo que obedece al deseo de la gente de vivir mejor. Que lo consigan o no...

-"El mayor alucinógeno que he ingerido ha sido el orujo". ¿Le patrocinaron los productores de chinchón?

-Fui fiel al chinchón, pero dejé la bebida blanca dulce porque es siniestra, le puse los cuernos con el orujo. La tensión me dio un toque y me reciclé etílicamente al chupito de whisky, un vasodilatador, dicen.

-Sir Charles Laughton, sir Laurence Olivier, sir Alec Guinness... ¿Para cuándo el marquesado de Chinchón?

-Ni me lo planteo. Los marqueses y los condes me traen sin cuidado. Celebro los reconocimientos, pero aprendí de mi maestro y amigo Fernán Gómez que la mayor medida del éxito de este oficio en este país es la continuidad en el trabajo. Si además te nombran conde...

-El guión de Mariano Ozores en ¡Que vienen los socialistas! no desentonaría hoy, ¿no?

-Le dije a Mariano que corrigiera cosas; de haber sabido lo que vendría, no le hubiera tocado un pelo. Mi gratitud está intacta a los que confiaron en mí. Cuando me ofreció el papel no le iba a decir: "No, perdona, Mariano, pero yo hago protagonistas de cine comprometido". Asumo y me responsabilizo de todas mis películas.

-¿No se siente un actor fin de raza?

-He sido más bien un interconectador de generaciones. Algo se renueva en mí que no invita a pensar que sea un ejemplar fin de raza. Igual que Concha Velasco.

-¿Qué le parecería si la Academia de Cine sustituyera las estatuillas de Goya por sacristanes o velascos?

-No lo consentiría. Hice la mili en Melilla, donde iba al cine a ver a Concha Velasco en el 59, y el Festival de Cine de allí tiene un premio con mi nombre. Eso me hace muy feliz.

-Turismo, coches, móviles caros, pisos en la playa, armarios atestados de ropa... ¿El hiperconsumismo ha contaminado a la sociedad occidental?

-Hubo una época en la que parecía que todo iba sobre ruedas, un espejismo. La realidad se impuso y la miopía de la izquierda tuvo gran responsabilidad por ser cómplice de esa euforia donde había que ser rico. Pero el ajuste de cuentas es brutal. Hay una guerra encubierta. No hay muertos por bombas pero sí muertos sociales, morales, de gente sin trabajo que no volverá a trabajar. Es consecuencia de ese espejismo. El comportamiento de la izquierda fue siniestro.

-¿Quedan partidos de izquierda en España?

-Hay una forma aún de diferenciar. Lo que sí hay es un partido de derechas, eso sin duda: una derecha cavernícola, zopenca y agresiva.

-Toreros, periodistas, empresarios, actores... ¿nadie lo tentó con un escaño?

-Antes monja que político. He pedido el voto y me comprometo, pero la política no va conmigo.

-¿Dónde diablos enterramos a Franco?

-Que se lo lleve la familia donde coño quiera que sea y lo saquen de ese sitio siniestro. Cuesta trabajo creer que hay actitudes de la derecha que no entiende qué significa ese lugar y que ese sujeto siga ahí. Sacarlo sería cicatrizante y saludable.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios