Entrevistas

"Parte de lo que somos está en las palabras que utilizamos"

-En el 400 aniversario de su muerte, ¿comparte la idea de que el verdadero talento de Cervantes no cristalizó hasta la segunda parte del Quijote?

-Sí. La segunda es infinitamente mejor que la primera. En ésta, lo que quería escribir Cervantes era una novela ejemplar en paralelo a El licenciado Vidriera sobre el tema de la locura. Cuando vio que aquello daba para alargarlo, lo hizo, así que decidió publicarlo fuera de las Novelas ejemplares. Pero cuando Cervantes es verdaderamente Cervantes es en la segunda parte del Quijote. Piensa además que la primera tuvo mucho éxito; ¿por qué Cervantes esperó nada menos que diez años para escribir la segunda? Por una razón muy sencilla: porque estaba muerto de miedo. Temía no estar a la altura. Por eso mandó antes a la imprenta las Novelas ejemplares y el teatro, como para ganar tiempo.

-¿Avellaneda fue tan definitivo para que al fin Cervantes se decidiera?

-Sucede lo mismo. Cuando a Cervantes, que ya había empezado a escribir su segunda parte, le llegó en 1614 el Quijote de Avellaneda, debió quedarse horrorizado. ¿Y si Avellaneda era mejor que él? Además, resultaba cuanto menos dudoso que hubiera público para tanto Quijote.

-Hoy suena casi a chiste pensar en un Cervantes con miedo a su obra.

-Es que cuando se analiza el Quijote se hace casi siempre desde fuera, desde los púlpitos. Pero lo interesante es hacerlo desde los propios mecanismos de la creación.

-Usted ha estudiado la recepción del Quijote por parte del nacionalismo catalán. ¿Le debemos una visión de la obra más realista, menos idealista que la de la Generación del 98?

-Sí, así es. Por ejemplo, Pijoan, que fue muy crítico después con la Mancomunidad y todo lo demás, escribió un texto en el que contraviene las reflexiones de Unamuno y defiende a los buenos burgueses, que son los que construyen los países, frente a los idealistas como Don Quijote, que atacan antes de preguntar. Es verdad que Alonso Quijano se comporta a veces como un energúmeno, lo que encajaba en un libro de risas de la época; pero también hay que decir que cuando se para a razonar, como el hidalgo que es, resulta ser un tipo magnífico. Yo me quedaría por tanto un poco con las dos posturas, si bien es cierto que la visión romántica, que perdura hasta nuestro días, es un idealismo pasado por agua. Aunque con una excepción maravillosa: en el prólogo de la primera parte se define al Quijote como al "más casto caballero". Y, bueno, muy heroico, por ejemplo, no es. Pero casto sí.

-A su pesar, claro.

-Claro. Ya era muy mayor y entonces no había viagra. Pero es en Barcelona donde recupera su grandeza, cuando le dice al Caballero de la Blanca Luna: "Atraviésame con tu lanza porque Dulcinea es la más hermosa mujer del mundo". Don Quijote no muere en la playa barcelonesa; al contrario, resucita.

-¿El arquetipo español ha hecho menos atractiva la lectura de la obra?

-Sí. La culpa, como de otras muchas cosas, es de los románticos europeos, que vieron ese ideal sin pararse a pensar que la búsqueda del nombre y la fama parece ser en Don Quijote más importante que el ideal de justicia, por ejemplo. Pero sí, quienes no han leído el libro se suelen quedar con el estereotipo de un idealismo que pasa por empuñar las armas. Eso es una barbaridad.

-¿Y Sancho?

-Hay una referencia de Gabriel Celaya que me encanta: "Sancho bueno, Sancho noble, Sancho pueblo, contra los hidalgos y los señoritos de aldea".

-Entre los retos de la RAE figura el de preservar el lenguaje ante la erosión de las redes sociales. ¿Hay medios para tal fin?

-Creo que sí, que tenemos herramientas. No sólo en la Academia, sino en toda la sociedad. La principal es el propio conocimiento del lenguaje y la consideración de la importancia de su buen uso. Como dirían los románticos, preservar el lenguaje es preservar nuestra alma: pensamos y nos comunicamos a través del lenguaje, y parte de lo que somos está en las palabras que utilizamos. Si utilizamos bien el idioma, ya sea el castellano, el catalán, el gallego o el euskera, dada la riqueza lingüística de nuestro país, nos sentiremos bien.

-¿Le apena que esa riqueza contribuya demasiadas veces a la exclusión?

-Por supuesto que sí. Esta riqueza hay que preservarla, desde luego, pero sin por ello dejar de amar la lengua que nos une a todos, la castellana, que es bellísima y que hablan quinientos millones de personas. Corresponde a los políticos, a través de los medios que sean necesarios, fomentar ese amor en lugar de la división.

-Usted es una de las académicas que con más vehemencia defienden una mayor participación de mujeres en la RAE. ¿Vamos por el buen camino?

-Sí. Quiero creer que sí. A ver, el problema de las pocas mujeres en la Academia de la Lengua es el mismo de las pocas mujeres en los consejos de administración y en los puestos relevantes de las empresas y las instituciones. Yo soy catedrática en una universidad y mujeres sólo somos el 14%. Creo, además, que no hay ninguna de ginecología.

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