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El Puerto

Néstor Plada, o de cómo reinventarse

EXISTE la edad ordinaria, la que uno cumple día a día, año tras año y la edad creativa. De la primera poco o nada hay que decir, ya que tiene su propio tempo biológico inmodificable, pero de la segunda edad, de la creativa, hay todo un universo descriptivo y maleable. La historia del arte nos lo ha enseñado en infinidad de ocasiones trazando el currículo de los artistas en periodos, series, etapas y un largo etcétera. Néstor Plada sabe diferenciar bien lo descrito anteriormente, pues a lo largo de su vida, desde que era un imberbe en el Montevideo de los años 50 ha tenido una férrea constante creativa; la reinvención.

Inicialmente se plantó frente al diletante fenómeno constructivista del maestro Joaquín Torres García, de su taller y pupilos directos, todo un referente pictórico del cono sur americano, así como de la Europa de las Vanguardias, al que podemos considerar el mayor artista uruguayo del siglo XX. Pero posteriormente Néstor Plada descubrió otras Américas, las de un norte anglosajón donde poder fusionar sus conocimientos pictóricos con el del persuasivo oficio publicitario. Dieciséis años en New York le valieron al artista para adquirir madurez identitaria y la construcción del andamiaje definitivo de su universo pictórico.

Y es precisamente eso, la búsqueda de nuevos procesos evolutivos lo que ha querido mostrar estos días Néstor Plada en Artífice Galería. Un compendio de estéticas y manualidades que peregrinan entre una figuración ambigua y una abstracción llena de sutilezas, donde el cromatismo terroso se torna elemento principal de su ornamento y donde el collage se entrelaza a la perfección con la pigmentación en una sola materia.

Sabedor de la importancia de los mensajes en la comunicación artística, Néstor Plada ha reunido en Artífice un conjunto de obras cargadas de simbolismos que lejos de proyectar insinuaciones se dejan ver con claridad. La intencionalidad del artista es jugar con la ambigüedad de las formas; en este sentido el paisaje aparece expectante, volumétrico, crudo y pleno, con arquitecturas propias de la costa mediterránea (faros, casas labriegas o edificios de la "depredación"), con sinuosas líneas o rígidos horizontes y con gráciles detalles que dan convicción y fuerza plástica.

Y es que en resumidas cuentas y en palabras del escritor francés Marcel Proust " el auténtico viaje no consiste en ver nuevos paisajes, si no en tener una mirada nueva". Una enigmática actitud para no perderse en los frecuentes extravíos del arte.

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