Balance 2000-2010

El único bastión, a pesar de los pesares

  • De la crisis saldremos con nuestras empresas. En particular si consiguen una fuerte proyección exterior.

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Toda época de crisis suele venir precedida por otra exuberante. Como dijo Alan Greenspan ya entrado el segundo lustro de la década que periclita, de una "exuberancia irracional", que no sólo produjo excesos crediticios, sino que modificó el panorama empresarial, fundamentalmente por la concentración inusitada de empresas de diverso tamaño en la construcción. En Andalucía se reproduce a escala el cuadro nacional, e incluso se extreman los defectos. Nuestra estructura económica es más hostelera, comerciante y constructora que la del resto del país. Las principales empresas andaluzas son públicas, y la hipertrofia de albañiles, escayolistas, fontaneros, promotores repentinos, camareros y funcionarios fue más intensa en nuestra tierra. Autónomos, microempresas y pymes están pagando los platos rotos. Aun así, son precisamente ellos quienes se echarán a la espalda la lenta y limitada recuperación que se atisba para al menos otro quinquenio más. Las empresas son el único bastión y baluarte posible, son ellas quienes nos sacarán de la crisis. Para ello, no pocas protagonizarán la catarsis... desapareciendo.

Andalucía, tras Cataluña, cuenta con el mayor número de empresas del país (alrededor del 15%), aunque le correspondería por tamaño un porcentaje mayor. Si bien la mayor parte de las empresas se localizan en Sevilla y Málaga, Almería y Granada crecen más que el resto de provincias en creación de nuevas empresas, que además viven en muchos casos de las exportaciones. O sea, nuestra empresa tipo es pequeña (nueve de cada diez son microempresas; dos de cada tres son empresarios individuales), era constructora o inmobilaria y es masivamente una empresa de servicios y familiar. El número de empresas andaluzas, a pesar de los pesares, creció mucho más intensamente que la media española. En 2005, la población de empresas constructoras se duplicó en Andalucía con respecto a 1995, y desde el mismo 2005 hasta 2007, una de cada tres empresas nuevas creadas tenía como objeto social dicha actividad. De ahí que nuestro sufrimiento a partir de 2008 haya sido más intenso que en otros territorios, y nuestra pérdida de masa empresarial y de empleo, también.

Sin embargo, los datos estadísticos oficiales disponibles (que todavía no incluyen en muchos casos no ya a 2010, sino al propio 2009) son paradójicos: no hay una verdadera e intensa destrucción neta del número de empresas andaluzas, cuyo número incluso crece levemente tras el estallido de esta crisis global cuyo epicentro se localizó en Manhattan. ¿Cómo se obra esta aparente contradicción? La clave está en que, si bien nominalmente el número de empresas registradas no se desploma, sí lo hace el número medio de empleados y el volumen de facturación, a lo que se une el hecho de que las empresas pueden estar completamente inactivas y seguir figurando en los registros mercantiles. O sea, que las cifras son engañosas, y la realidad es mucho más cruda que la fotografía estadística.

Al evidente batacazo del muy empleador sector de la construcción se unen la tradicional escasísima vocación viajera -con excelentes excepciones- de nuestras empresas y la baja productividad laboral que deriva, en primer lugar, de la propia pequeña dimensión y, por tanto y segundo, de la también escasa capacidad de invertir en dotación tecnológica y mejora de los procesos. La baja cualificación relativa de la mano de obra completa la panorámica. Pero hay vida detrás.

Por ejemplo, nuestra industria agraria y, en general, las empresas agroalimentarias mantienen buen tono tanto en el mercado interno como en las exportaciones. Paralelamente, las empresas medianas de construcción en Andalucía -de la necesidad, hacer virtud- están asumiendo un volumen creciente de contratos públicos en Latinoamérica, Europa del Este y Norte de África: sin duda cuentan con experiencia y know how. Sando, Azvi o Rusvel son ejemplos de esta estrategia compelida por la propia penuria licitadora y financiera interior.

Por su parte, institucionalmente, el presidente Griñán y un dream team de empresas andaluzas entierran el pretencioso lema Andalucía imparable y se embarcan en una campaña para desasociar nuestra imagen empresarial del tópico del andaluz guasón e improductivo, que tanto daño hace, tanto gusta fuera y tanto, lamentablemente, promocionamos en nuestra televisión pública regional. Andalucía tiene empresas globales y líderes en sectores punta -no todo es Abengoa bajo el sol-, cuenta con compañías aeronáuticas y de investigación básica y aplicada. Y cada día más jóvenes ven como una salida factible y no descabellada emprender su propio proyecto de empresa. No serán la Junta ni Europa, y ni siquiera la CEA de la mano de los sindicatos quienes tirarán del carro de la producción y el empleo de la región con mayor número de desempleados de España en términos absolutos y relativos, y que más ha sufrido la mortandad de empresas desde 2007. De la crisis saldremos con nuestras empresas.

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