Tribuna Económica

Joaquín Aurioles

La encrucijada europea

La encrucijada europea La encrucijada europea

La encrucijada europea / Efe

La última temporada de huracanes en Europa se inició con Syriza en Grecia, continuó con la crisis de los refugiados y el Brexit y se anuncian nuevos temporales para las próximas consultas populares, tanto por motivos electorales como por el refrendo a las diferentes iniciativas de reforma constitucional que están en marcha. En estos momentos, el proyecto europeo genera rechazo entre los ciudadanos, mientras que los políticos que defienden profundizar en la integración como la mejor opción de futuro son fácilmente identificados como casta decadente que persigue mantener sus privilegios.

Las estrategias populistas han encontrado un filón en la facilidad que proporciona la globalización para el desplazamiento de personas, productos y capitales. Echar la culpa a los demás de nuestra propia incapacidad, sobre todo si hay inmigrantes cerca, es una opción rentable a corto plazo, aunque lo más probable es que todo comience a venirse abajo cuando llega la hora de gobernar. Syriza no sólo tuvo que reconocer que la promesa electoral de aumentar en 12.000 millones la recaudación impositiva era irrealizable (finalmente fue muy inferior a los 1.000), sino que además se vio obligado a aceptar un tercer rescate de 86.000 millones de euros.

Este tipo de cuentas tienen una rigurosidad similar a las que alimentan la reivindicación independentista en Cataluña o a los eurófobos del Brexit, lo que no impide reconocer que Europa se ha ganado a pulso su déficit de credibilidad. El primer paso fue la estrategia europea frente a la crisis. Las fuertes restricciones fiscales sin ningún tipo de anestesia monetaria provocó la ruina de la periferia mediterránea. El aumento del desempleo, el hundimiento de las finanzas públicas y la gravedad de los desequilibrios financieros en la banca estuvieron a punto de acabar con el proyecto de moneda única, pero la reacción del Banco Central Europeo (BCE) durante el verano de 2012 supuso un remedio eficaz. Los mercados financieros, que hasta entonces habían permanecido cerrados, comenzaron a mirar nuevamente hacia el Mediterráneo, donde tanto el sector público como la banca pudieron volver a respirar. Los problemas de fondo, sin embargo, permanecían sin resolver, sobre todo porque el crédito seguía sin llegar al sector privado, especialmente a las pymes, pero también porque el endeudamiento público se disparó y porque persistía la desconfianza sobre la verdadera capacidad de la banca para hacer frente a situaciones comprometidas en el futuro.

La crisis surgida en torno al referéndum italiano para la reforma de su Constitución ha puesto nuevamente de manifiesto la precariedad de su sistema bancario, de la misma forma que persiste la desconfianza en torno a algunos de los principales bancos alemanes. La cuestión es que los problemas de solvencia bancaria o de endeudamiento público excesivo tienen un fuerte componente político que los gobiernos no pueden seguir ignorando ni pretender encomendar al BCE. El dilema es que presentar este tipo de intervención como una nueva exigencia europea implica asumir un importante coste político de orden doméstico y da nuevas alas al populismo reivindicativo.

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