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el poliedro

Tacho Rufino

¡a mis brazos, septiembre!

Tras la exuberancia y el trajín a los que llamamos descanso, llega el mes del enfriamiento y los buenos propósitosLos desembolsos del veraneo son puro gasto; los del mes entrante, inversión

Septiembre suena claramente a siete, pero es el noveno mes según el calendario vigente en el mundo, el gregoriano, y de hecho le siguen en orden un mes que cuya raíz es el número ocho, otro que siendo el undécimo resuena a noveno y así hasta diciembre, que a pesar de ser el duodécimo y último mes oficial del año canta una raíz décima: el otoño se viene a todo meter. Tampoco la Guerra de los Cien Años duró cien años, y no entraremos en esas paradojas del conteo del tiempo o de las denominaciones históricas, pero sí queremos dar al mes entrante la bienvenida como se merece, porque no es un mes cualquiera. ¡Por fin!, se dicen los amantes de la bendita rutina, una mayoría, aunque silenciosa y no poco abnegada con el perpetuum mobile a que nos sometemos -y nos someten- en las vacaciones de verano para mí, caminando por la arena -no hay otra- junto a ti. Se acabó el trajín infinito de vuelos con alto riesgo de encerrona en un aeropuerto, o de quedar tirados cual colilla vestida de Kalenji o hawaiano, en una ciudad desabrida y desconocida donde nos ha dejado abandonado alguna compañía practicante de la máxima: "El cliente es nuestro primer… enemigo" (lema que, dicho sea de paso, comparten con buena parte de la banca metamórfica).

Sin embargo, si usted tiene el gusto de veranear y casi otoñear en septiembre, debe estar alerta con sus vuelos: los anuncios de huelgas inminentes pueden convertir a su viaje en un campo de minas para el turista a un trolley pegado. Ya los septiembres no cursan tanto con esa terapia que no reza en ningún vademécum, pero que prescribe abrazar el goteo de entregas de fascículos coleccionables. Pero sí es tiempo de aterrizar en la normalidad con buenos propósitos: fitness y yoga, a ver si me puedo ahorrar el psicólogo; zumba y bulería, arsa, que me quema la chicha, el marío y la casa; darle dinero al PIB británico para ver si mejoramos con la lingua franca, que vaya chollo que tiene el Reino Unido con su inglés; o dárselo al abogado: es bien sabido que el noveno mes con nombre séptimo es el de los aluviones de: "Cariño, tenemos que hablar". Todo esto tiene bastante de microeconómico, o sea, de los sucesos y comportamientos económicos que atañen a los individuos y las familias, aunque con pretensiones de aliño costumbrista, que da un poco de sal a los análisis. Para sobrellevar la vuelta al cole, que, aunque en el fondo del corazón es muy deseada -sobre todo por los padres-, no deja de ser un cambio radical. Los depilados y tatuados ya no van a poder ostentar sus inversiones en piel y carne propia, por ejemplo. Son cosas duras, no trivialicemos con septiembre.

Pero hay ahora asuntos de incidencia ya macroeconómica y hasta global (¿quién fue el primero que desestimó "mundial" para acuñar "global", con tan enorme éxito?: un anglo, fijo). El Brexit por las bravas de Johnson está ahí a las puertas de Europa, y da gloria ver cómo ese pueblo al que le sobra, por redundante, el adjetivo de pragmático, se ha lanzado ipso facto "a la calle" para evitar el atropello institucional con armas institucionales y civiles. Los efectos del Brexit son incalculables, en ambos sentidos del término: imposibles de evaluar, y tremendos sea como sea. También en este mes puede caer la sentencia del Supremo a los adalides del golpe intentado en Cataluña por algunos que están en la cárcel, y otros envejeciendo malamente en Bruselas o Suiza. En este mes veremos a la Tierra seguir quemándose, y esto es sin duda lo más importante, quizá irreversible y fatal. Y por eso con este lamento y su pellizco de miedo en el estómago cerramos esta pieza. A pesar de ello, buen septiembre tenga usted. Le ofrezco una coartada para los desembolsos extra típicos de este mes: son una inversión. Los del veraneo, puro gasto.

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