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el poliedro

Tacho Rufino

Disfraz de economía colaborativa

Dentro de la llamada 'economía colaborativa' también hay negocios de estricto carácter lucrativoNos rasgamos las vestiduras, pero sin ser coherentes con el discurso al consumir

Dentro del rubro economía colaborativa hay churras y hay merinas. El término nació, ya en el siglo XXI, con una vocación de mejorar la vida de las personas con la potentísima palanca de internet y la conexión entre consumidores y entre éstos y las empresas. Originariamente, este modelo de intercambio buscaba compartir bienes infrautilizados por unos a cambio del dinero u otro bien o servicio de otro (trueque), y ello a través de una aplicación on line. A este panal de rica miel acudieron los particulares conectados sin vocación de lucro, y también plataformas de intermediación que iban a comisión. Dos ejemplos: Blablacar y Airbnb. Sucede que mientras la empresa intermediaria de asientos en coches privados sí responde al espíritu de colaboración y aprovechamiento de la capacidad ociosa, el segundo se da todas las trazas de un agente inmobiliario y de una agencia de viajes, que se lucra -y hace bien, es legal- por el hecho más que sorprendente de que se considere que un domicilio de un particular que se alquila por días a desconocidos no tenga la consideración de negocio hotelero, que lo es, y no esté sometido a los mismos controles, e incluso pueda suponer un riesgo para la seguridad y bienestar de vecinos estables. Blablacar y AirBnb: churra y merina; la primera, colaborativa; la segunda, un negocio de alojamiento como cualquier otro, pero liberado de las obligaciones de un hostal o pensión. Hay otros ejemplos de negocios comisionistas nacidos como startup que dicen ser economía colaborativa, que es un blasón de cooperación y buena onda, pero no lo son.

Por ejemplo, Glovo, empresa barcelonesa fundada en 2014 que se dedica a la compra, recogida y envío de pedidos en menos de una hora a través de repartidores independientes conocidos como glovers. Todo por banco, nada de billetes. Un amable y quizá sudoroso chico le trae a casa en bici lo mismo un surtido de sushi que una pizza o un tapeo variado. De un pedido de 20 euros, y tras varios kilómetros pedaleando para recoger y entregar, el ciclista se lleva algo menos de dos euros. Un creyente -sin peros- en el libre mercado te dirá que un glove gana 1.500 al mes y tiene total libertad de horarios: lo primero es extraordinariamente extraordinario, lo segundo es falaz, porque ganarás dinero si te hartas de llevar pedidos en una gran caja atada a la espalda. Que nadie obliga al muchacho, es verdad. Sólo se tiene que ganar la vida. En fin, que si llamamos a Glovo porque a ti de tu Netflix y de tu sofá Ektorp no te mueve nadie, y menos teniendo un niño de los recados gratis, démosle al chaval una propina decente, a la americana, Glovo se lo agradecerá y el mensaka también. Propina decente, más decente que las condiciones de trabajo del ciclista repartidor. "La economía colaborativa, por resumir esta panorámica, es en un cierto porcentaje una mentira con tufillo de modernidad, algo en absoluto colaborativo: es comercio puro y duro filtrado por una plataforma de internet. Intermediación lucrativa al 100%... lo cual no es bueno ni malo, pero que no nos vendan la moto de las manos unidas y el progreso social. El cliente que se mueve por la baratura no ve más allá de sus perras, y no pocos después de consumir sin mirar qué hay detrás de lo que compra se dedican a piar sobre las injusticias del mundo y las maldades de las empresas... y no digamos de las tradicionales, visibles, cercanas, un poquito más caras: esas son momias, ¡si no tienen ni app, ni e-commerce, ni te traen las cosas a casa! La clave es qué consumimos y qué criterios utilizamos para consumir. Si estamos enganchados al low cost, ¿cómo no van a ser low cost los salarios de los jóvenes? No es el chino, ni el Primark de las bragas a 50 céntimos: somos nosotros, nadie nos obliga: a nosotros, tampoco.

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