Defendiendo el tipo Nos pertenecemos

Se dice, con buen criterio, que el carnaval de Cádiz es la única fiesta que comienza con una final. Acaba el Concurso y el carnaval se tira a la calle, su auténtico y legítimo destino.

Adiós a los reglamentos, a los puntos y a los nervios nerviosos de la competición. Bienvenidos el descaro, el aire fresco de la calle y la ilusión por divertirse divirtiendo, sin más pretensión.

En un instante cambia el registro carnavalesco: las cascanadas dejan de ser anomalías heréticas para convertirse en lo común. Al diseño fashion de musical de medio pelo, le sucede el tipo apañado donde resplandece el genio plebeyo del pueblo llano.

De entre la previsibilidad del Carnaval Oficial, se abre paso el disparate y la chalaúra.

Adiós, hasta el año que viene, a esa paletada de tópicos pesadísimos, que si “periodismo cantado”, que si “batalla de coplas”, adiós al cargante “tem-plo de los ladrillos coloraos”, hasta la vista “noche de los cuchillos largos”, au revoir a eso de “coplero” y a lo de “pisar las tablas”. Harturita.

Adiós a los autores circunspectos, analizando su cajonazo como si fue-ran Paulo Coelho disertando sobre la Psicología Gestalt.

Hasta el año que viene a eso de que todo esté subordinado al autor. A partir de ahora, el autor de las agrupaciones callejeras es invisible. No existe. Todo lo que se llame “chirigota de Menganita” o “cuarteto de Fulano”, ofende gravemente a su pedigrí callejero. Poseen otros nombres, pero nunca el de su autor. De lo contrario, ambicionan algo fuera del carnaval.

Adiós también a los que añoran un carnaval rancio de viuditas navieras, limitado a “críticas graciosas sobre temas de actualidad”.

Hola al carnaval de callejón, libre, sin ataduras, al aiire fresco de esquinas y plazoletas. Viva el carnaval y viva Cádiz. Y viva yo.

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