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El trauma de los abanicos

La primera semana del Tour confirma un hecho aceptado por el pelotón: ya no existen las etapas aburridas y estériles de transición. Ahora, el comentario previo de cada jornada avisa de un muro o de la presencia del viento, con sus correspondientes abanicos.

Precisamente los abanicos han marcado la general. Las actuales diferencias, con Froome como primer favorito, se han producido por obra y gracia de los abanicos, una maniobra táctica que causa estragos, imposible de combatir para quienes no se metan a tiempo en la fila correcta en el momento adecuado. Un abanico es la formación que toma un grupo de ciclistas para protegerse del viento de costado. Los corredores circulan escalonadamente hasta agotar el ancho de la calzada. El que no encuentre sitio para incrustrarse en el grupo se enfrenta a un serio problema.

Esta maniobra, complicada y muy planificada, provoca cortes en el pelotón y son muy difíciles de neutralizar, sobre todo si los organizan corredores experimentados, fuertes y de técnica depurada. Muchos ciclistas se quedan rezagados, a expensas del viento y sin protección de los propios corredores, y como se han quedado sin la necesaria organización les resulta muchas veces imposible de alcanzar. Los minutos empiezan a caer en catarata. Toca perseguir y tratar de evitar la catástrofe, con la moral en serio deterioro.

Muchos son los casos de abanicos letales. No hay que ir muy lejos. En la segunda etapa, Froome y Contador metieron cerca de 1.30 minutos a Quintana, Valverde y Nibali. En la Vuelta son célebres los abanicos de La Mancha, sobre todo camino de Albacete. Uno de los más recordados tuvo lugar en 1996 cuando el ONCE de Manolo Saiz hizo perder 10 minutos a Fernando Escartín y Tony Rominger, favoritos que quedaron descartados. Aquella ronda fue para el suizo Alex Zülle, líder del ONCE. En 2000 fue Óscar Sevilla la víctima de la ventolera. Perdió cuatro minutos en una etapa que también dejó heridos al colombiano Botero, al francés Virenque, y, de nuevo, a Escartín.

Un abanico no se improvisa, sino que viendo el recorrido y conociendo la zona de paso, la emboscada se organiza por la mañana o la noche anterior entre el director y los corredores. Después sólo falta elegir el lugar idóneo y al corredor concreto para tomar la iniciativa y cerrar la fila en la cuneta. Una vez formado, el resto del pelotón entra en pánico porque tiene que evitar que se forme de forma definitiva y tratar de entrar en él poco a poco, o formar otro distanciado para aproximarse y enlazar.

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