Submarino amarillo

El campeón de las fatiguitas

  • Ascensión y caída de la nave cadista. Francisco Puig recuerda el año en que el club gaditano estuvo a punto de irse a pique y, al final, lideró el grupo cuarto. Vidas paralelas, entre Mateo y Baldasano

La última vez que el Cádiz fue campeón de Segunda B estuvo a punto de desaparecer. Ya estamos con el sangangui. Los sueños del liderato amarillo no sólo viven del año 70 en Tercera y el 2005 en Segunda. El nefasto comienzo de siglo, que adelantó el gafe a la llegada del maldito euro, apenas ocupa unos segundos en la memoria cadista. Líneas paralelas entre los Mateos y Baldasanos, sálvese quien pueda. Este año, hasta ahora, los únicos que habían logrado en Cádiz el número 1 de los 40 fueron los Melocos. Locos perdidos culminarían su labor los historiadores de la pelota con sólo relatar las peripecias, siete años entre vaivenes. El Submarino, con más veras. Curiosamente, el Cádiz de aquellas fatiguitas, que tanto se asemejó al penúltimo Cádiz de los dolores, se salvó ante el próximo rival, el Ceuta. Por fortuna, el barco regresó a buen puerto. O así. De cuando el Cádiz no valía un duro y Carlos Orúe lo hizo millonario en ilusiones y amor propio.

Las visitas a Linares y Ceuta presagiaron lo peor, allá por el año 2000. Antonio Muñoz, no sé si les suena, no terminaba de hacerse con las riendas del club, los accionistas mayoritarios mareaban la perdiz, jugadores y empleados no cobraban. La quinta jornada, marcada en rojo, supuso la salvación de muebles, y el 2 de mayo, la fecha en que culminaron las negociaciones entre ADA y el grupo Bahía de Cádiz, liderado por Muñoz, Francisco Puig, Martín José García, Miguel Cuesta y Manuel Díez. Pero antes se registraron encierros de la plantilla, movilizaciones populares, gestiones políticas, sangre, sudor y lágrimas. Hasta que el Cádiz pasó a manos de los gaditanos. De Muñoz y cía, vamos.

"Compramos el club a la sociedad de Asensio, quien fuera dueño de Antena 3, que tenía varios equipos por ahí", recuerda como si fuera ayer Francisco Puig, voz de la experiencia amarilla. "Y ahí seguimos los cinco valientes", bromea. "Las negociaciones fueron muy complicadas, lo importante es que salimos adelante. Todo el mundo aportó su ayuda, dentro de sus posibilidades. Desde entonces el apoyo de Ayuntamiento y Diputación ha sido fundamental, por no hablar de la afición, que sólo merece un diez". Un diez coma cinco, quizás. Los gaditanos no alcanzaron los millones exigidos, aunque muchos dieron lo que pudieron a fondo perdido. "Una cosa es el apoyo puntual y otra, el dinero contante y sonante". Puig pone el dedo en la llaga de la ampliación de capital, "de la que se ha hablado poco, pero en realidad fue la clave para que todo culminase con éxito". Amén de los 120 millones de pesetas de entonces, de los que Muñoz y cía aportaron sesenta en principio, el grupo comprador tuvo que hacer frente a una ampliación de capital, forzada por las autoridades del futbol hispano, que alcanzó los cincuenta millones de antes, 300.000 euros de hoy en día. "Ahí también nos jugamos la desaparición y hubo que sacar el dinero de debajo de las piedras", ilustra el veterano directivo gaditano, que subraya también la adhesión de Federico González. Un poco de pasta basta.

"En esa ocasión, aunque lo hicimos sin alardes, los que dimos el paso adelante fuimos Muñoz, González y yo mismo. No vamos a repetirlo mil veces, pero conviene que aparezca en la historia del club, pues igual que hemos tenido errores, ahí quedaron los aciertos. Conviene conocer las causas de la ascensión y caída del Cádiz", de sus bienhechores y malhechores, querrá decir Puig, quien traza una línea paralela entre aquellos años y la rocambolesca temporada pasada. "La última papeleta fue solventar los tres o cuatro millones de euros de deuda que dejó Baldasano. Hay quien todavía piensa que venimos para lucrarnos, pero hemos tenido que afrontar muchas situaciones límite. Eso sí, con la ayuda de Ayuntamiento y Diputación", insiste. Instituciones públicas de ambos signos políticos apoquinando jugosos dineros a un club privado pero de todos. O casi todos. Los políticos, ya se sabe, supieron subirse al carro de la oportunidad, en plena efervescencia de la religión gadita: fútbol, capillismo, carnaval ... Hoy, tiempo de crisis de nuevos ricos, "la gente está más tranquila, esperemos que la afición reciba este año la recompensa, que se merece una alegría" tercia Puig, a quien se le entienden las ideas entre líneas.

"La gestión financiera no tiene nada que ver con la deportiva. La economía de un club de fútbol se antoja muy complicada. Hemos pasado unos años tremendos, de grandes fracasos y triunfos históricos". Todo condensado en un tubo de siete años, siete años de suerte dispar. Atrás quedaron las liguillas de Ramón Blanco y Orúe, los ascensos de Jose González y Víctor Espárrago. "Y lo del año pasado, que no fue normal", sentencia Puig. "Fue muy difícil de digerir lo que ocurrió el año pasado". Y que lo diga. "Desde el principio la cosa no cuajó; el follón de la venta, los problemas con entrenadores, un desbarajuste total, todos tuvimos nuestra parte de culpa, pero lo más gordo se lo llevó esa gente, esos señores que nos dejaron colgados. Todos nos equivocamos con ellos, incluida la prensa". Pecando de ingenuos. O no. "Pa borrarlo de la memoria", ironiza el directivo amarillo. De todos modos, un día habría que explicar las razones del desembarco de Baldasano y cía, motivos políticos y financieros, y el regreso de Muñoz al estilo "a la fuerza ahorcan", tras asegurar que se iba ya cansado y sin opciones de levantar al Cádiz.

Será otra historia, La Salvación Segunda Parte. Que todavía colea. Las máximas deportivas parecen paradójicas, caprichosas, a veces se cumplen, en otras ocasiones dan la espalda a la razón, pero en los albores de la nueva centuria los dineros fueron por un lado y el Cádiz por otro. El Cádiz de Orúe sólo perdió un partido en la segunda vuelta, obtuvo nueve victorias consecutivas, pero el Nástic de Tarragona y un par de árbitros impidieron el milagro. Otro milagrito en la tierra de la quimera aritmética.

Habría que subrayar, en colores de agradecimiento, y preguntar al aire que sopla caprichoso, por si alguien pudiera explicar lo inexplicable y zanjar los rumores que nublaron la existencia amarilla, los nombres de los héroes del 2001, que estuvieron cinco meses sin cobrar: Armando, Velázquez, Paz, Ramón, Sambruno, Julio Puig, Raúl López, Cortijo, Jorge Sánchez, Benito, Duda, Capi, Sastre, Víctor Vía, Sergio Iglesias, Víctor García, Palacios, Raúl Martín, Zafra, José Luis, Mara e Iván Guerrero. Y desterrar a los funestos paracaidistas del rincón de la memoria. Cobardes, pecadores de la pradera, cuatreros del balón, gente sin escrúpulos ni identidad propia, malandrines de guante blanco. Y la gente, en Babia. Lo mismo que la historia cadista que cada uno lleva dentro acusa a veces al grupo salvador de cobarde en momentos puntuales, -ay, si Lucas Lobos hubiese llegado antes ...-, sería injusto desdeñar el coraje del 2001, cuando nadie daba un duro por el Cádiz. En otro ciclo de ida y vuelta, Puig espera que este año "volvamos donde merecemos, a Segunda, por lo menos".

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