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El Turco | Crítica El laboratorio turco

  • Debate reedita una obra capital de Francisco Veiga, catedrático de historia en la Autónoma de Barcelona, donde disecciona la historia de Turquía desde los difusos orígenes étnicos hasta hoy

El sultán Mehmet II pintado por Bellini. El sultán Mehmet II pintado por Bellini.

El sultán Mehmet II pintado por Bellini.

Más de una vez hemos escrito en este periódico que pocos países hay tan noticiosos como la actual Turquía. La histórica bisagra entre oriente y occidente, entre Anatolia y Europa, suele dar hoy pocas concesiones al menudeo de notas amables. Hablamos si acaso de la fama de las teleseries turcas, del jocoso viaje que realizan a Turquía millones de calvos de medio mundo para reparar su alopecia o del turismo con destino a Estambul y a las maravillas geológicas de la Capadocia. Pero poco más.

Desde hace años las noticias turcas siempre remiten a titulares de grueso pesar. Atentados terroristas, el influjo fronterizo de la guerra en Siria, la consiguiente crisis de los refugiados, el colapso de la lira turca, los límites a la libertad de expresión en el país, el estado de sitio en el sudeste anatolio de mayoría kurda, etcétera.

Tras el fallido golpe militar de julio de 2016 (el año del Brexit y de la estupefaciente victoria de Donald Trump), la deriva autocrática de Recep Tayyip Erdogan dio lugar a una demoledora purga civil y castrense dentro de los aparatos estatales. La merma de la libertad de prensa y la lucha contra el movimiento del predicador Fetullah Gülen constituyeron la cima de la ola purgante. Y es aquí donde, una vez más, nos encontramos con un misterioso país que pareciera habitado secularmente por la sombra de otro país oculto. El milenario teatro turco de Karagöz podría ser una perfecta analogía de los titiriteros que actúan en oscuros escenarios paralelos.El influjo del llamado estado profundo (Derin Devlet) siempre ha estado presente en la Turquía moderna. Cuando sobre el movimiento del novelesco Gülen recayó la sospecha de haber auspiciado el golpe de 2016, los turcos casi descubrieron que existía otro estado parásito dentro del estado, que se unía a la secular tradición del estado profundo formado por el laicismo ultramontano y el lumpen paramilitar.

Retrato de Atatürk, instaurador de la moderna república de Turquía en 1923. Retrato de Atatürk, instaurador de la moderna república de Turquía en 1923.

Retrato de Atatürk, instaurador de la moderna república de Turquía en 1923.

Por tanto, era de extrañar que un libro como El turco de Francisco Veiga no viese una oportuna reedición desde que apareciera hace ahora diez años. Veiga, catedrático de historia en la Autónoma de Barcelona, disecciona la historia de Turquía desde los difusos orígenes étnicos de los turcos hasta hoy (recuérdese que el mayor ejército de la OTAN está librando ahora contra los kurdos del norte de Siria una ofensiva llamada jocosamente como Manantial de paz).

Si viajamos a la noche de los tiempos, la forja del pueblo turco proviene de las primeras tribus turcomanas que abandonan Asia Central y se aproximan al califato de Bagdad primero y, poco después, a los confines orientales del imperio bizantino. De entre estas tribus surgirá la figura de Selçuk a fines del siglo X, origen del posterior imperio selyúcida y del que la leyenda decía que había soñado que orinaba fuego sobre el mundo que él mismo y sus descendientes estaban predestinados a gobernar. Los selyúcidas entraron en Bagdad al mando de Tugrul Bey, nieto de Selçuk, el más pretérito de los sultanes que llevarán este título hasta la consunción del imperio otomano en 1919.

Portada del libro, editado por Debate. Portada del libro, editado por Debate.

Portada del libro, editado por Debate.

En 1071 los turcos selyúcidas, acaudillados por Alp Arslan, derrotan por vez primera al ejército bizantino de Romano IV en la decisiva batalla de Manzikert, al este de la actual Turquía. A partir de dicha fecha, icónica para el nuevo nacionalismo turco, la marca selyúcida se expandirá como vaso de agua derramada por toda Anatolia hasta el Mar de Mármara. Surgirán los nombres de Ertugrul (que ha dado pie a una celebrada serie de Juego de tronos a la turca), de Osman (origen de los osmanlíes, luego otomanos) y Orhan (conquistador de Bursa y aureolado como Señor del Horizonte). Los orígenes del posterior y glorioso imperio otomano llevarán preñado el olor de la rosa, asociada a la perfección espiritual y a la mística sufí, tan influyente en la religiosidad popular de los turcos (Bellini retratará a Mehmet II oliendo una rosa).

La caída o conquista de Constantinopla en 1453 por parte de Mehmet supuso una conmoción sin parangón para el orbe cristiano. La amenaza del Gran Turco sobre Europa se revalidó con los asedios a Viena en 1529 (Solimán el Magnífico se presentó frente a las murallas tocado con una corona regia copiada de la de Carlos V) y, ya en 1683, con el fracaso por parte de Mehmet IV. El siglo XVII marcará el nadir, la agónica disolución del imperio otomano al que, en su epítome, será conocido como "el Hombre Enfermo de Europa". El humillante apodo lo acuñó el zar Nicolás II. Pero no había mayor enfermo que el zar y su propio imperio, el ruso, que hizo aguas en 1917, dos años antes que su apestoso vecino imperial.La moderna república de Turquía, instaurada en 1923 por Atatürk, sigue vigente bajo la larga égida de Erdogan. Conocer sus intríngulis, como quien lee una verdadera novela histórica, es lo que el lector apreciará en la obra felizmente reeditada de Francisco Veiga.

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