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El fútbol no te da de comer | Crítica

Una vida redonda

  • En 'El fútbol no te da de comer', Enrique Ballester usa el deporte más popular como metáfora de las cuitas del día a día

Enrique Ballester, fotografiado por su hija Delia.

Enrique Ballester, fotografiado por su hija Delia.

A decir verdad, nadie o casi nadie lleva una vida redonda. Pero el símil del fútbol, haciendo parábola fullera, nos puede hacer creer a muchos que llevamos una vida redonda. Y todo gracias al balón, esa esfera –el esférico en versión clásica de comentarista deportivo– sobre la que gira nuestra rutina, ya sea en el condenado trabajo, con la familia o en compañía de amigos de juventud de probada fidelidad pese a las abolladuras del tiempo.

Entre otros menesteres del periodismo más cercano, Enrique Ballester (Castellón, 1983) escribe columnas sobre fútbol para El Periódico. El presente volumen –87 piezas– es una gavilla de muestra en la línea de anteriores libros recopilatorios (Barraca y tangana y Otro libro de fútbol). Por influjo de la esfera celeste –"Dios es redondo", dijo Juan Villoro–, Ballester también ha escrito para egregias revistas del ramo (Panenka) y suele participar en la radio para hablar de lo que importa más allá de las arterías de Putin, la tortilla con o sin cebolla o la ley del solo sí es sí: el fútbol.

Todo alérgico o alérgica al balompié nos dirá que gracias por avisar. Hasta aquí llegó la lectura de la presente. Bastante tenemos ya con el cólico de partidos del Mundial de Qatar. Le sacamos, lector o lectora, del craso error. Porque El fútbol no te da de comer habla, claro está, del deporte más popular y practicado a todas horas y en todas las esquinas del mundo. Pero en este libro el fútbol se disipa como materia y se parece al polvo: aparece como en suspensión, casi de soslayo. Quiere decirse que la mención al fútbol se posa aquí como añadido a la trama de la vida misma, entendiendo por vida a la heroica superación del día a día, con sus cuitas y avatares, en modo ridículo o existencial, absurdo o escatológico.

Dice el autor que a veces le han reprochado que hable de su intimidad con la excusa maniaca de un gran gol de cabeza, de un fichaje de relumbrón, de un jugador que se desvanece por una deficiencia cardiaca (fue el caso último del danés Eriksen), etcétera. No hay nada malo en ello si uno muestra su impudor con humildad, sin ínfulas filosofales y, sobre todo, con humor y retranca. Decía el linajudo escritor húngaro Peter Esterházy que para hablar con seriedad de las cosas importantes había que hablar de fútbol. Y, como es sabido de Altamira a Belén de Judea, nada es más serio en la historia del hombre que el humor.

Eden Hazard. Eden Hazard.

Eden Hazard. / Efe

"El fútbol es una fantasía. En ella proyectamos ilusiones, ambiciones propias y ajenas, identidades, amores y odios, a menudo como si fuera una película o una serie de televisión". Lo escribe este hincha del C.D. Castellón (autor también de Infrafútbol, dedicado al nostálgico club de Castalia y publicado dentro de la impagable colección Hooligans Ilustrados de Libros del K.O.). "Hacer un Hazard", para el autor, es prometer metafóricamente que el año que viene será mucho mejor y que uno lo dará todo por el equipo (lo dijo la ex estrella belga ante la afición madridista, mientras ésta celebraba otro título de Champions). Lo dijo además con un vaso de plástico en la mano, como muestra de empaque y credibilidad. Se pregunta Ballester que quién no ha hecho un Hazard alguna vez en su vida, sobre todo en un momento achispado. Esto es, hacer promesas de mejoría para lo venidero, pero a sabiendas, ay, de que están fuera de nuestro alcance (en su caso, por ejemplo, hacer una paella para 84 personas o dejar el periodismo para tener una vida feliz antes de que sea tarde). La realidad, más allá de Año Nuevo o de los propósitos de septiembre, acaba imponiendo su mazo.

Uno coincide con el autor en que el fútbol, al margen de toda gravedad, es una escuela de vida y para la vida. En el momento más inesperado nos da una lección y nos inocula una enseñanza solapada, un aviso para estar en guardia. Por ejemplo, está uno tumbado en el sofá, contemplando un apasionante Almería-Sabadell, y, de pronto, mientras el equipo local va ganando por la mínima, el portero almeriense se dispone a sacar de puerta, pero se tropieza tontamente, le da al balón con un pie y luego con el otro. O sea, falta. Libre indirecto dentro del área y gol para el Sabadell, que empata el partido. He ahí lo que va de lo aparentemente trivial a lo esencial, la cábala que puede encerrar un Almería-Sabadell un domingo inane de un fin de semana cualquiera. Creíamos que teníamos casi todo bajo control (entre otras cosas la obsesión por el fútbol). Pero he ahí que el lance del portero del Almería nos recuerda que nunca podremos estar tranquilos ni seguros de nosotros mismos.

Al autor hay quien le reprocha que exhiba su intimidad, pero Ballester lo hace con humor

Muchas veces el fútbol le sirve al autor para hablar de la crianza de su hijo Leo y de su hija Delia (la sabiduría práctica de ambos resulta aplastante para su edad o, precisamente, por su edad). Otras veces el fútbol le sirve para explicar el oficio grato e ingrato de escribir columnas bajo presión horaria. Otras veces el mundo del balón es el reflejo de que la vejez se apronta, sobre todo cuando uno sale ya mucho menos y los bares y la noche con sus gatos azules se antojan un territorio hostil o directamente desconocido. En el caso del autor, como dice él mismo, la crisis del coronavirus ha venido a redondear una crisis redundante: la de los cuarenta. Si a eso le unimos la crisis permanente de ser seguidor del Castellón, pues el panorama no pinta precisamente bonito.

De hecho, el coronavirus nos trajo otra metáfora plástica a través de los partidos disputados en estadios vacíos. No hay mayor orfandad en el mundo que la que produce ver un estadio vacío, aunque la melancolía suela acudir al rescate. Que cada cual descifre el símil a su gusto.

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