Elisa Victoria. Escritora

"La intensidad de la adolescencia acaba marcando a cada ser humano"

  • La autora publica ‘El quicio’, una novela ilustrada por Mireia Pérez en la que plasma la confusión de la entrada en la pubertad

La escritora sevillana Elisa Victoria.

La escritora sevillana Elisa Victoria. / Juan Carlos Muñoz

"He sufrido demasiado este año, no esperaba tener que sufrir tanto nunca. Al menos no a esta edad. Tal vez a los cuarenta porque a los cuarenta la gente está harta en general, como mi madre, como todos los padres. Se han vuelto feos y empiezan a tener achaques, tienen que lidiar con mierdas verdaderas, trabajos pesados, hipotecas, depresiones, yo qué sé, es normal que les den bajones. Pero yo tengo trece, no tendría que estar pasando por mierdas, al contrario, se supone que la vida debería ser dulce, los mayores no paran de repetir eso, debería estar descubriendo cosas bonitas". Elisa Victoria (Sevilla, 1985) regresa a las librerías con El quicio, una novela ilustrada por Mireia Pérez y editada por Bruguera en la que la autora del fenómeno de Vozdevieja, afianzado más tarde con El Evangelio, plasma con lucidez y sensibilidad la desorientación y el vértigo de quien entra en la adolescencia.

El personaje –"es curioso porque se está dando por hecho que la voz narradora, quien cuenta y protagoniza la historia, es una chica, cuando en ningún momento se especifica su género y el relato completo está concebido de manera completamente ambigua en este sentido", apunta la narradora– tiene ya el juego de llaves de su casa, pero el camino que deja atrás la niñez no está siendo la transición plácida que preveía. El espejo le proyecta "una imagen escuchimizada e insatisfactoria", una apariencia vulgar, "lo que nadie quiere, lo que todo el mundo teme", en un momento en que uno necesitaría refuerzos para su autoestima, querría deslumbrar a los demás, ser especial. El verano anterior, lamenta, "se empezó a poner todo raro", y sus compañeros comenzaron a avergonzarse ante su presencia. Tal vez porque aún es demasiado infantil: echa de menos sus juguetes, aunque "no lo admitiría ante el juez más estricto". Pero su suerte puede cambiar: los de su antigua pandilla le han asegurado que pasarán esa tarde por su casa. Y en esa espera se desatan todos los fantasmas de ese tiempo confuso. "Les demostraré", se promete el personaje, "que no se han equivocado volviendo a confiar en mí".

"La preadolescencia", analiza Elisa Victoria en conversación con este periódico, "es una etapa con muchísimas capas en la que lo infantil se suele volver tabú y el mandato pasa a ser configurar una nueva identidad cuanto antes a la que aplicar elementos asociados a fases en teoría más maduras. Los que se aferran a sus características previas se arriesgan a la exclusión social más agresiva... y los que se lanzan a forjar nuevas personalidades, o siguen a la masa hasta el fin del mundo, o llevan a cabo experimentos que, por supuesto, también conllevan su riesgo de marginación".

"Es frecuente que los niños y los adolescentes vean a los adultos como gente aburrida, consumida por la rutina, sin chispa"

La escritora define la entrada en la adolescencia como "un periodo muy radicalizado y sensible que requiere de gran tacto. Desde dentro está lleno de confusión, emociones fuertes, descubrimientos, cambios, altibajos, fantasías, anhelos, contrastes, fragilidad y violencia, aventura y frustración, y las exigencias sociales y de rendimiento escolar que rodean el momento junto a la forma en que se percibe el paso del tiempo, a un ritmo especialmente denso, hacen que sea una experiencia intensísima que marca profundamente la historia de cada ser humano. Desde fuera resulta conmovedor, entrañable, hasta arriba de drama y de comedia. A mí en concreto me interesa hasta la obsesión la representación de esa época, nunca me canso de las historias de pubertad", reconoce Elisa Victoria.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

El quicio explora esa brutal necesidad de aceptación que aflora en esos años, ese afán de ser querido y respetado. "¿Podría crear escuela yo –se pregunta la voz narradora–, promover modas como la gente popular que un día viene con las solapas levantadas, por ejemplo, y a la semana siguiente todo el mundo está haciendo lo mismo?". Unas páginas más adelante, se expresa otra duda: "Cómo es eso del estilo, qué hay que hacer para conseguir que te surja. ¿Es cuestión de esforzarse mucho o de no esforzarse nada?". El personaje, explica Elisa Victoria, "se hace muchas preguntas sobre las dinámicas sociales del ser humano, que a esa edad y en el contexto de la escolarización y el vecindario suelen ser implacables, y echa sus cuentas sobre el misterio de los factores de éxito que parecen estar plagados de excepciones a menudo relacionadas con la actitud, con la energía que cada uno proyecta, todo un enigma", argumenta la autora sevillana.

Como ocurría en sus libros anteriores, Elisa Victoria despliega una mirada certera, amarga y tierna, en el modo en que su protagonista se enfrenta a la vida. "Pensaba que los exámenes sólo los ponían los profesores, no que aquello iba a ser otro examen de los difíciles", se lee en El quicio. El personaje esperaba "eclosionar", una metamorfosis "que siempre se desea gloriosa", pero se topa con que todo es "muy lento y espeso". "A menudo", sostiene la escritora, "da la impresión de que la máxima realización se va a dar durante la adolescencia, y ver que entras con mal pie en esa etapa tan esperada te llena de sufrimiento y malos presagios. En este caso quise acentuar ese desamparo añadiendo el factor de la falta de referentes de adultos divertidos más allá de la ficción, es frecuente que los niños y los adolescentes perciban a los adultos de su alrededor como gente aburrida, consumida por la rutina, sin chispa ni memoria, en parte porque es verdad que el mundo los ha hecho así y en parte porque ocultan cosas, y esto les hace temer la adultez".

"El reconocimiento externo no es lo más importante, pero di saltos con las reseñas del ‘New York Times’ y ‘The Guardian”

En esta historia, el personaje "no puede evitar" rechazar a su madre, con la que mantiene una relación compleja, entre la dependencia y el desapego. "No siempre es así", expone Elisa Victoria, "pero a esa edad es muy frecuente un distanciamiento de los referentes paternos, en primer lugar por el hartazgo natural de llevar toda la vida, una vida que desde dentro se concibe como muy larga, al lado de las mismas personas, te apetece explorar más allá y eso te empuja a alejarte, aparte de que socialmente ese distanciamiento se premia. En mi obra suele haber mucha presencia de figuras maternas que de una manera o de otra resultan importantes. Es un tipo de relación compleja que me parece valioso explorar".

Una ilustración de Mireia Pérez para 'El quicio'. Una ilustración de Mireia Pérez para 'El quicio'.

Una ilustración de Mireia Pérez para 'El quicio'. / D. S.

Sobre las imágenes que aporta Mireia Pérez al volumen, Elisa Victoria afirma que "compartíamos un montón de referencias estéticas, ya contábamos con la experiencia previa de haber trabajado juntas para la cubierta de otro libro, La sombra de los pinos, y además somos colegas desde hace años, así que nuestra comunicación ha sido fluida y confiada. Hice ajustes en el texto después de ver sus ilustraciones para que ambos lenguajes se compenetraran, formando bucles más intrincados, y se cerraran algunos círculos".

La autora se ha consagrado en los últimos años como una de las voces más refrescantes de la actualidad y vive ahora un momento dulce: Vozdevieja ha sido reseñada en The Guardian y el New York Times. "El reconocimiento externo no es lo más importante", intenta relativizar, "pero no voy a disimular, esas reseñas han supuesto una satisfacción inmensa y totalmente inesperada, cuando salieron di saltos. La emoción de las traducciones es nueva para mí, resulta muy gratificante y curiosa, y la verdad es que llena mi olla exprés de esperanza".

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