La peste negra | Crítica

El ejército de las ratas

  • Akal reedita la ambiciosa obra del noruego Benedictow sobre la Peste Negra que afligió al mundo entre 1346 y 1353, y cuyo pavoroso impacto alumbraría, en muchos aspectos, el mundo moderno

Doctor Schnabel von Rom. Grabado de Paul Fürst. 1656 Doctor Schnabel von Rom. Grabado de Paul Fürst. 1656

Doctor Schnabel von Rom. Grabado de Paul Fürst. 1656

Se ha dicho, acaso con exageración, que el hombre moderno, que el hombre del Renacimiento, solitario y altivo, como nos lo presenta Burckhardt, nace huyendo de las ciudades, aterrado por la vertiginosa proximidad de la peste. Ese hombre es que el que, a refugio de la Muerte, narrará en El Decamerón historias carnales y festivas, historias donde la vida y el ingenio triunfan, cuando termine el episodio pestífero, a su paso por la ciudad de Florencia. Sea cierto o no este lugar común de la cultura occidental, lo que se recoge en esta obra del noruego Benedictow (“La historia completa”, reza el subtítulo) es un doble relato, que si bien nos informa del origen, de la expansión, de las numerosas vías por las que la peste azotó al mundo bajomedieval, también nos ilustra, como paso previo, de su misteriosa forma de contagio, que sólo en las primeras décadas del siglo XX pudo entenderse.

Sólo recientemente el hombre ha alcanzado a saber que eran las pulgas de las ratas quienes diseminaban la peste

A ello habrán añadirse las repercusiones que dicha epidemia tuvo en la posteridad y que Benedictow recoge bajo el epígrafe “La Peste Negra: su impacto en la historia”. Repercusiones que hemos resumido más arriba, y que supusieron, tras la colosal mortandad, una agilización de la sociedad, que alumbraría, poco más tarde, lo que hoy conocemos como Era Moderna. Hay, sin embargo, en el capítulo inicial, una dinámica de la peste, donde ese mundo ya se dibuja a través de las vías de expansión pestífera. Como recuerda Benedictow, sólo recientemente el hombre ha alcanzado a saber que eran las pulgas de las ratas quienes diseminaban la peste entre los humanos, una vez que las porteadoras habían sucumbido a la voracidad de sus parásitos. Es este descubrimiento, precisamente, el que permitirá al historiador seguir el rastro de la peste hasta los días de la Antigüedad pagana. Un rastro que nos lleva desde las ratas a su alimento predilecto, los cereales, y de ahí a las grandes vías de comunicación que, procedentes del África, surtían a Roma de trigo egipcio. Un rastro, en definitiva, que señala al comercio marítimo como agente involuntario que propició y sostuvo tanto el tráfico de materias como el contagio de enfermedades llegadas desde un confín del orbe.

Como parece demostrado en estas páginas, la Peste de 1346 comienza su difusión desde Caffa, en el Mar Negro, y llega a Constantinopla, a Génova y al resto de Europa gracias a los barcos genoveses que huían del brote pestífero de la Horda de Oro. Lo cual recuerda la vieja tesis de Pirenne sobre el auge de las ciudades a partir del año 1000, y al momento en que la peste se hará presente en Europa. En efecto, Pirenne hace coincidir el esplendor urbano europeo con la recuperación del tráfico mediterráneo por los reinos cristianos. Esta apertura comercial será la que, en última instancia, provoque la expansión de la epidemia por el Occidente, y quien traerá al puerto de Mallorca (y luego Barcelona, Valencia, Almería, y así hasta llegar al interior de la península), la mala nueva de las bubas pestíferas. Bubas que llegarían por tierra, por el camino de la peregrinación, a Santiago de Galicia. Paradójicamente, fue la conversión al islam de mongoles y tártaros, y la consiguiente prohibición de su comercio con cristianos, la que obligaría a la vuelta apresurada de los mercaderes europeos y a la expansión de la enfermedad en el continente.

Todo esto da una idea del complejo obrar de la Historia y del azaroso modo en que se escriben los anales de la Humanidad. Quienes quieran tener una idea más precisa cómo se plasmó el miedo a la peste, o de cuáles fueron los cambios materiales y espirituales de obró este adelanto del Apocalipsis, quizá quieran consultar tanto El otoño de la Edad Media del gran Huizinga, como el espléndido El miedo en Occidente de Delumeau. Para un seguimiento documentado y razonable de la Peste Negra, para su completa comprensión del fenómeno (fenómeno que alcanza al hallazgo de su funcionamiento interno, a primeros del XX), esta obra de Benedictow ofrece una clara y ordenada exposición de los hechos. Unos hechos que, reducidos a su expresión más escueta, consisten en explicar cómo un ejército de pulgas, llegado en las bodegas de los barcos, a lomos de unas ratas, diezmó la población mundial cuando mediaba el siglo XIV.

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