Barcelona-Madrid | Crítica

La ciudad menguante

  • En 'Barcelona-Madrid' José María Martí Font analiza pormenorizadamente los motivos del actual declive de la Ciudad Condal y la creciente preemminencia de la capital de España

El escritor y periodista José María Martí Font El escritor y periodista José María Martí Font

El escritor y periodista José María Martí Font

José María Martí Font posee, en grado notable, las cualidades del periodista: orden, precisión y agilidad narrativa. Esto incluye una porción estimable de saberes que, en el caso que nos ocupa, se trata de una miscelánea donde la sociología posa su brazo sobre la historia, y donde la política proyecta su sombra, no siempre favorable, sobre el urbanismo. En ese sentido, Barcelona-Madrid es un resumen urgente, pero no apresurado, sobre el último siglo y medio de historia española. Historia donde a las desavenencias políticas, las catástrofes bélicas y los proyectos urbanísticos, hay que añadir, rendido ya el siglo XX, el colosal proceso de mundialización económica en el que nos hallamos inmersos, y cuya expresión más inmediata es el “turismo de masas” que hoy padecen/disfrutan las grandes ciudades españolas.

Madrid es una versión actualizada del viejo “Puerto y Puerta de Indias” con que se intitularon Sevilla y Cádiz.

Cuál es la tesis que se recoge en el breve monto de estas páginas. La tesis es que, gracias a una pluralidad de factores, entre los que, últimamente, debe añadirse la inestabilidad derivada del procés, el duelo por la preeminencia urbana entre Madrid y Barcelona (con todo lo que ello comporta, social, económica y culturalmente), se ha decantado, parece que de forma duradera, hacia la capital de España. Y ello no sólo por la propia situación geográfica de cada cual: Barcelona, más limitada en su posibilidad de expansión, Madrid, señoreando una meseta infinita; también deben tenerse en cuenta otras cuestiones como la condición metropolitana de Madrid, obtenida en la inmediata posguerra, y las restricciones legales que la Generalitat opuso en este sentido desde el año 87. Otra asunto que subraya Font, ocurrido tras la hora de esplendor olímpico de la ciudad condal, es la radicación de las multinacionales españolas en Madrid, después de su privatización en los años 90. Y ello en conjunción -o con vistas- al flujo de capitales americanos que entran en Europa a través de España, en una versión actualizada del viejo “Puerto y Puerta de Indias” con que se intitularon Sevilla y Cádiz.

Además de estas variables, Font señala la estructura radial de la red AVE, la promoción de Valencia, la falta de tamaño de la industria catalana, así como la política de liberalización de suelos que permitió a Madrid un salto cualitativo respecto del crecimiento barcelonés (un crecimiento lastrado, como ya se ha dicho, por la falta de una autoridad metropolitana, suprimida por Jordi Pujol), y cuyo fin último era, probablemente, la desactivación del “cinturón rojo” que entonces rodeaba a la urbe. En esta batalla urbanística, pero de naturaleza ideológica, Font incluye la fortaleza cultural que hoy exhibe Madrid (Prado, Thyssen, Reina Sofía, Caixa Fórum, Mapfre, Biblioteca Nacional, Arqueológico, Fundación March, Palacio Gaviria, etc...), frente a una Barcelona capitidisminuida, tras su enorme relevancia cultural de hace unas décadas. En este aspecto, la persistente discriminación ideológica obrada por el nacionalismo, no ha hecho sino dar los frutos esperables, otorgando un carácter local incluso a instituciones como el Liceu, hoy superado por la sólida programación del Teatro Real.

Hay otro aspecto que destaca Martí Font, y que no es una mera cuestión de escalas. Barcelona no es sólo la ciudad principal del levante español; es una gran urbe cuya área natural de influencia es España, un país de cincuenta millones de personas. Esta reducción de magnitudes, propia del nacionalismo, también ha funcionado en su contra, añadiéndose, como decíamos, a otros condicionantes históricos y económicos, que han deslizado hacia Madrid el fiel de esta balanza, vieja e inestable. Sí es verdad, por otra parte, y esto no deja de señalarlo Martí Font, que la costumbre industrial, que la tradición burguesa, obra todavía en favor de Barcelona; de modo que son esperables mejores tiempos, gracias a unos conocimientos asentados durante generaciones.

De fondo queda, en cualquier caso, una tenue y persistente melancolía. Una melancolía acrecentada por el turismo de masas. Parece que el futuro de las grandes ciudades pasa por ahí; y sin embargo, el precio quizá sea excesivo: convertirnos en un producto improvisado y vago, nieto espurio del pintoresquismo.

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