Heridas del viento | Crítica Por tierras armenias

  • La escritora y antropóloga Virginia Mendoza, asidua visitante del singular país del Cáucaso, reúne en 'Héridas del viento' sus líricas crónicas sobre las gentes y costumbres del lugar

Una de las fotografías que recoge el libro de Virginia Mendoza (Valdepeñas, 1987). Una de las fotografías que recoge el libro de Virginia Mendoza (Valdepeñas, 1987).

Una de las fotografías que recoge el libro de Virginia Mendoza (Valdepeñas, 1987). / D. S.

Pocas naciones como Armenia perciben sus símbolos como una unidad de destino. Para los armenios el albaricoque representa la fruta de los que permanecen juntos. Pero son los granados los que les hacen remitir a su necesidad de memoria, a la cura del dolor que el propio recuerdo aventa entre ramas y heridas.

El escritor Varujan Vosganian, autor de El libro de los susurros (turbador relato donde los haya), decía que en las familias armenias las granadas son la fruta de la soledad y del éxodo. Remiten a la añoranza, a la raigambre. "Si aprietas la granada su zumo es la sangre", añadía el cineasta Serguei Parádjanov, a quien debemos la muy estetizante película El color de la granada. Dicen los nativos que las granadas tienen 365 granos, justo los días que acarrea el año, un guarismo que remite a la cábala de la rutina, pero que a un armenio, sea crédulo o no, hijo de la diáspora o no, parece que le confiere integridad, valor, ánimo de vida.

Armenia, pues, nos emplaza de inicio a este simbólico bodegón de albaricoques y granadas. Pero por encima de todo icono, el alma de la nación se alza sobre el mítico monte Ararat, citado en la fábula prodigiosa del Génesis. "Dios hizo soplar viento por la tierra y el nivel de las aguas empezó a disminuir [...] El día diecisiete del séptimo mes, el Arca embarrancó en la montaña de Ararat". Por encima de sus relatos de terror, el Antiguo Testamento pertenece a la literatura fantástica.

Los armenios se creen descendientes de la gran montaña donde quedó varado el Arca de Noé tras el diluvio universal. Llaman a su milenaria patria por el nombre de Hayastan, que procede de Hayk, su patriarca y fundador, tataranieto a su vez de Noé, quien logró vencer al gigante Bel. Hoy por hoy, como dolosa ironía, la mole nevada se alza en tierra física de la actual Turquía. Desde 1921 la frontera que traza el curso del río Aras dejó en el lado turco el emblema de la identidad espiritual de Armenia.

Antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial, la enemistad entre turcos otomanos y armenios se ha escrito toda o casi toda a través de la aflicción, la denuncia y la refutación. Pero dicho esto, quien hoy se acerca al Ararat y lo contempla junto al monasterio de Khor Virap, afirma quedarse extasiado por la ironía de la belleza. En Khor Virap estuvo encerrado San Gregorio el Iluminador, evangelizador de Cristo por las ásperas tierras de las que hablamos. Fue por orden del rey armenio Terdat III, quien a la postre decidió que Armenia fuese la primera nación del orbe conocido en adoptar la fe cristiana como religión oficial.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Todo lo dicho remite al conocimiento básico que debe adquirir todo aquel que quiera emprender su viaje de iniciación por Armenia. De todo ello nos habla de hecho Virginia Mendoza, escritora y antropóloga. Tras años de intensas visitas por el país, conociendo costumbres, paisajes y gentiles, la autora ha puesto orden a sus crónicas y las ha convertido en estas líricas Heridas del viento.

Subrayamos aquí lo que de antropología tiene este cuaderno viajero. Conocemos a través de sus páginas la historia y la singularísima arquitectura de los monasterios armenios. Nos asomamos al rebrillo del sol sobre el gran lago Sevan. Visitamos los terrenos tumularios donde se alzan los jachkars, las típicas cruces armenias, fechadas algunas de ellas en el siglo IX, como las que siembran la necrópolis de Noratus.

Hay lugar también para la ruta de los desatinos, que nos lleva a la planta nuclear de Metsamor, de creación soviética y cercana a la capital Ereván (se la considera hoy como la más peligrosa del mundo). Al norte, la autora nos muestra los míseros complejos de casitas de aleación metálica, como los existen en la ciudad de Gyumri y que aún remiten al pavoroso seísmo ocurrido en 1988. De igual modo nos adentramos por la autónoma región independiente –no reconocida internacionalmente– de Nagorno-Karabaj. De fines de los 80 hasta 1994, armenios y azerbaiyanos se enzarzaron en una guerra de odio cerval aún no resuelta (disparos aislados aún trazan su eco en espiral por la frontera).

Pero, decíamos, el aporte mayor de Virginia Mendoza quizá sea la colección de daguerrotipos humanos con los que nos topamos. Desde viejas que tricotan sombreros en Hayravank, en la entrada al gran conjunto de jachkars, al popular Sasun Papik (héroe de guerra y vocero de la justicia en las calles de Ereván), hasta una especie de bardo místico que circula en patines por la capital. De igual modo, nos sorprenderá el modus vivendi de los molokanes, los cristianos bebedores de leche, a quienes al parecer Tolstoi los tuvo en estima. Ajenos a la ortodoxia del rito ruso, fueron objeto de persecución en días aciagos.

Por último, como en todo cuaderno armenio, no podía faltar la pávida llama dolorosa, el relato acerca del llamado genocidio de 1915, perpetrado por los turcos otomanos y refutado hoy por hoy como tal genocidio, con sus alegaciones históricas, por parte de Turquía.

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