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Verdades incómodas

  • Conocida por la adaptación cinematográfica de Tavernier, la novela con la que Pierre Bost cerró su itinerario como narrador destaca por su uso de los silencios y los sobreentendidos

Pierre Bost (Lasalle, 1901-París, 1975). Pierre Bost (Lasalle, 1901-París, 1975).

Pierre Bost (Lasalle, 1901-París, 1975). / d.s.

De la trayectoria literaria de Pierre Bost, reputado guionista que cambió la dedicación a la narrativa por la escritura para el cine a mediados de los años cuarenta, puede decirse que fue un renovador de la novela psicológica del que la crítica de su tiempo destacaba la sutileza en el retrato de personajes y una cierta impronta proustiana, pero ajena a los caminos más experimentales del modernismo. La novela ahora traducida, que toma su título castellano de la muy posterior versión cinematográfica -Un domingo en el campo (1984)- de Bertrand Tavernier, fue precisamente la última de las que publicó, en 1945, antes de abandonar el terreno de la invención para firmar los guiones de celebrados filmes que adaptaban obras ya clásicas como El diablo en el cuerpo de Raymond Radiguet o Sinfonía pastoral de André Gide. El trabajo del propio Bost y de uno de sus colegas y colaboradores habituales, Jean Aurenche, fue duramente censurado en un polémico artículo del joven Truffaut, "Una cierta tendencia del cine francés" (1954), donde el todavía inédito cineasta arremetía contra la "tradición de la calidad" que a su juicio podía ser tachada -en el sentido despectivo que también aplicamos a la poesía- de excesivamente literaria. Debemos la pista a nuestro sabio Crespo y esta viene a cuento por dos razones: porque muchos años después el mencionado Tavernier reivindicaría a los veteranos guionistas del "realismo psicológico", que de hecho lo fueron de su primera película, El relojero de Saint-Paul (1973), y por una afirmación de ese Truffaut veinteañero que da en la clave cuando habla, en relación con la mirada 'crítica' de los "literatos", de un "cine antiburgués hecho por burgueses para burgueses". Es la misma paradoja que encontramos en esta hermosa y delicada 'nouvellle' donde acaso Bost se autorretrató sin ninguna indulgencia.

El argumento de El señor Ladmiral va a morir pronto, que así se titula el original francés, es mínimo y puede resumirse en pocas líneas, pues apenas hay acción propiamente dicha. Un anciano pintor, viudo septuagenario que diez años atrás dejó París para residir en el campo, recibe a sus dos hijos -el primero cumple con la visita ritual junto a su familia, la segunda se presenta por sorpresa- en una apacible jornada dominical que puede situarse en vísperas de la Gran Guerra. Con la única compañía de su desagradable sirvienta, Mercédès, el lúcido pero quejumbroso señor Ladmiral afronta el invierno de la edad instalado en una melancolía -"se sentía muy viejo; más que viejo, muerto; más que muerto, acabado"- que apenas encuentra alivio en el ejercicio residual de la pintura o en la incesante contemplación de la casa y el entorno. Aunque se nos dice que alcanzó su moderado prestigio -y también la respetabilidad y la independencia económica- ejerciendo como retratista, desde que se retiró de la gran ciudad y de la vida mundana no ha dejado de abordar, con la reiteración cansina que le señalará su hija, los motivos del jardín y el estudio. Por una parte se precia de haber permanecido fiel a su estilo y a las enseñanzas de los maestros, pero por otra no deja de atribuir a su falta de valor -y al hecho de no tener verdadero genio- su vergonzante conservadurismo en materia estética. El modo en que lo expresa Bost es característico de su refinado sentido de la ironía: "Adoraba la pintura, si bien poseía el suficiente buen gusto para no apreciar demasiado la suya".

La conciencia de su relativo fracaso como artista, atenuada por justificaciones en las que en realidad no cree, mortifica a Ladmiral y es el tema de fondo de la novela, formada por cuadros o escenas casi pictóricas -impresionistas, aunque el personaje permaneció al margen de la escuela- que también podrían ser las de una función teatral donde se respetaran las unidades neoclásicas. Pero Bost, un moralista en el buen sentido de la palabra, lo trata a través de las relaciones familiares o incidiendo en lo que el arte, después de todo representación de la vida, revela de los caracteres. La pusilanimidad del protagonista, que tiene la grandeza de no engañarse del todo, se ha proyectado de diferente manera en dos hijos que no pueden ser más distintos: el convencional Gonzague, un mediocre oficinista, felizmente casado con una mujer sin brillo y empeñado en complacer a un padre que reconoce en sus limitaciones y en su personalidad acomodaticia su propia falta de ambición; e Irène, cuyo estilo de vida libre -opuesto por completo al de su cuñada- es a la vez reprobado y admirado por un progenitor que ve en ella el empuje y la osadía de los que carece su hermano y que hasta cierto punto, aunque la hija tenga también sus zonas oscuras, habría deseado para sí mismo. La aparente ligereza de la trama contiene o encubre, por lo tanto, un componente trágico.

Más allá de su finísimo sentido del humor o de su capacidad para elaborar retratos complejos en pocos trazos, el talento de Bost se manifiesta de manera especialmente destacable en la reticencia que caracteriza la comunicación entre los personajes, en la que abundan los silencios, los sobreentendidos o las impresiones no dichas, reflejo de las inseguridades, las frustraciones personales o las "verdades incómodas". Hay, en varias direcciones, una intención crítica -o incluso autocrítica, como sugeríamos al comienzo- que se extiende a las formas 'tradicionales' del arte, a las ambiciones de la clase media o a la institución familiar, pero su alcance, dado que se ejerce claramente 'desde dentro', es ambiguo. Y tampoco puede dejar de señalarse la extraña disonancia entre el mundo casi decimonónico que recrea Bost y el año, que es el último de la otra Gran Guerra, de publicación de la novela. La impecable adaptación de Tavernier, en fin, esencialmente fiel al texto, es un filme de marcado sesgo academicista que homenajea a la vez -para lo bueno y para lo menos bueno- al guionista y al literato.

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