María Elvira Roca Barea | Escritora “En una soberanía nacional no hay nada parecido a unos derechos históricos”

  • La filóloga, profesora e historiadora malagueña acaba de publicar su libro ‘Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días’, último Premio Espasa de Ensayo

La escritora María Elvira Roca Barea (El Borge, 1966), después de la entrevista. La escritora María Elvira Roca Barea (El Borge, 1966), después de la entrevista.

La escritora María Elvira Roca Barea (El Borge, 1966), después de la entrevista. / Antonio Pizarro

Desde el siglo XVIII, por obra y gracia de los afrancesados, buena parte de las élites de España han compartido el discurso de que el país es un experimento abocado al fracaso, incapaz de levantar cabeza a cuenta de determinados lastres sociales; más aún, este discurso de raíz hispanófoba constituye un cierto pasaporte al prestigio moral, político e intelectual. Semejante premisa articula el nuevo libro de la escritora, filóloga e historiadora malagueña María Elvira Roca Barea (El Borge, 1966), Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días, que ganó el Premio Espasa de Ensayo en su última y reciente convocatoria. La autora amplía así la mirada y los efectos que ya acuñó en su ampliamente leído y divulgado Imperiofobia y leyenda negra.

-Comencemos por la conclusión: ¿El siglo XVIII español es intelectual y culturalmente hablando prescindible, pero no por las razones que nos habían contado, sino precisamente por sus élites?

-Es que el siglo XVIII se nos llenó de papanatas. La mentalidad en el siglo XVI era muy distinta. Piensa en Cervantes, un ejemplo muy claro. Cervantes no tenía ningún reparo en parecer un autor de referencia local. No le tenía miedo a esto. Es más, supo aprovecharlo para convertirse en un escritor universal. Frente a esta gente, los ilustrados afrancesados del XVIII están todo el día con el catecismo, ateniéndose a lo que creen que es moderno. A lo que les han dicho que es moderno, vamos, porque en realidad no lo saben. El suyo era un mundo muy cerrado. Si no lo hubiera sido, la comunicación con Europa habría sido mucho más fluida. Pero todas aquellas oportunidades se perdieron.

-Con respecto a la fracasología, ¿su éxito no obedece también a que quienes no eran las élites compraron el argumento de que España no tenía remedio?

-Es un asunto complejo. Esas élites, o al menos una parte, ya que si habláramos de todas las élites España no habría sobrevivido y habría termino absorbida por Francia, son las que crean el discurso oficial del país. Es muy difícil, hoy día, que un alumno pase de la educación secundaria a la educación superior sin aprender este discurso del fracaso y sin absorberlo, sencillamente porque no hay otro discurso armado capaz de contrarrestarlo. El discurso del fracaso de España es el que otorga prestigio desde el siglo XVIII: si te apartas de este discurso, entonces eres un austracista, inquisitorial, atrasado y todo lo demás. Estás condenado. Es importante subrayar que el discurso del fracaso ha sabido retroalimentarse siempre a lo largo del tiempo, ha logrado adaptarse a todas las épocas, siempre como llave del éxito y el ascenso social. La fracasología no se perpetúa porque sí, obedece a un sistema de autosalvamento y autoexculpación de todas las élites. Cuando éstas asumen que España ha fracasado y seguirá fracasando, encuentran la excusa perfecta para disculpar sus errores: no soy yo quien lo hace mal, es que este país es un desastre y no hay manera de arreglarlo. Eso ya lo explicaba Larra con Don Periquito. Además, quien se abonaba a este discurso lo tenía fácil para adquirir cierta superioridad moral frente a los incapaces que llevaban al país a la ruina. El discurso racista que defendían los nacionalistas vascos y catalanes en el siglo XIX contra lo que llamaban la gente mesetaria, a la que acusaban de tener rasgos mongoloides por estar contaminados de semitismo, viene de aquí. Pero los fracasólogos se situaban fuera de esto, se sentían parte de una élite que merecía estar a la altura de Inglaterra o Francia.

"El racismo del nacionalismo vasco y catalán en el siglo XIX proviene del discurso hispanófobo de las élites"

-¿No hay fenómenos similares en otros países? ¿Es un proceso exclusivamente español?

-El fenómeno de la subordinación cultural se encuentra, sobre todo, en países católicos. Pero éste no era el objeto de mi trabajo, en parte porque necesitaba concretar mi estudio. Después de Imperiofobia y leyenda negra quería contar cómo el discurso de la hispanofobia se instaló también en el interior de España, cómo cobró prestigio y se perpetuó a lo largo del tiempo. Me ha parecido oportuno hacerlo, sobre todo, para comprender este fenómeno; porque a lo mejor si lo comprendemos encontramos una solución. No digo que esté aquí la clave para arreglarlo, pero sí que, desde luego, para superar la hispanofobia debemos comprenderla. Es que ni siquiera el afrancesamiento como cuestión cultural y antropológica está bien estudiado. Toda esa literatura de elogio a los ilustrados, que tan mal lo pasaron en este país tan espantoso, ya no nos sirve. Hay que levantar la liebre. Explicar que esa tendencia a poner de la mano a liberales y afrancesados es absurda. Eso no se sostiene ni cinco minutos: los liberales eran unos y los afrancesados eran otros. Eran dos grupos de poder completamente distintos que se disputaron España durante la primera parte del siglo XIX.

–¿Y a qué se debe el éxito tan continuado de este absurdo?

-A una operación de maquillaje realmente delirante. A poco que te pongas a seguir las pistas a los afrancesados descubres que volvieron casi de inmediato. ¡Pero si es evidente que cuando volvieron lo hicieron con todas las comodidades, como el mismo padre de Larra, que fue un médico militar josefino y cuando regresó recuperó su puesto sin problemas! A la inmensa mayoría de los afrancesados no les sucedió nada. Pero la historia de los liberales es muy distinta, ya lo creo. Ahora te encuentras en los textos cosas como que “los intentos reformistas de liberales y afrancesados no pudieron dar fruto”. ¿Frente a qué? ¿Qué había enfrente, la España de los Habsburgo, un siglo después de haber entrado a gobernar los Borbones?

-¿Esa operación de maquillaje es la misma que se da hoy día para justificar la alianza entre la izquierda y el nacionalismo, aunque en este caso sí vayan a menudo en el mismo bando?

-Por supuesto. Tradicionalmente, los liberales han defendido la fortaleza del Estado y la soberanía nacional desde las Cortes de Cádiz. Entonces, es incomprensible que alguien que se diga progresista compre el discurso de los derechos históricos. Desde que tenemos el concepto de soberanía nacional no existe nada parecido a unos derechos históricos. Lo que sí tenemos es que nadie se atreve a arreglar el problema territorial de España a cuenta de unos discursos enloquecidos, escapistas, que no van a la raíz del problema ni se preocupan por resolver nada. Lo único que buscan quienes sostienen esto es sobrevivir y rentabilizar en lo inmediato el conflicto. Es muy sorprendente que nadie haga nada desde hace tanto. Afortunadamente, los españoles tienen una capacidad de auto-organización realmente extraordinaria.

-Al final, ¿el Desastre es el gran desconocido?

-Así es. También habría que estudiar por qué las naciones que surgieron del desmembramiento del Imperio, y nadie podrá decir que era un Imperio enfermo hasta que finalmente se vino abajo, han generado Estados débiles. Y más aún teniendo en cuenta que estas naciones no venían de un poder político débil. Pero lo cierto es que los Estados que se generaron entonces, y que se han seguido generando sistemáticamente, han nacido débiles. Habría que estudiar a fondo cuáles son los ingredientes que precipitan en esa debilidad, porque esto se ha dado así, tanto aquí como en Hispanoamérica.

La escritora amplía la mirada y los efectos de su anterior 'Imperiofobia y leyenda negra'. La escritora amplía la mirada y los efectos de su anterior 'Imperiofobia y leyenda negra'.

La escritora amplía la mirada y los efectos de su anterior 'Imperiofobia y leyenda negra'. / Antonio Pizarro

-¿No comparte entonces la idea de que la fragmentación del Imperio estaba prevista desde mucho antes de su realización?

-Sí, claro que estaba prevista. Floridablanca desarrolló un proyecto para la fragmentación de los virreinatos en Estados independientes. Fíjate, a finales del siglo XVIII España no lucha contra las naciones que se van independizando. Son los americanos los que se pelean entre sí. No hay un solo español nacido en España en la batalla de Ayacucho: todos son criollos. Y es verdad que para entonces España ya estaba cansada del Imperio. Le estorbaba, ya no lo quería más. Como escribió el historiador malagueño Juan Antonio Ortega, España se independizó de sí misma. El Imperio le venía grande; si no, no se explica que un ministro del Rey haga planes formales para su fragmentación. Pero si estos planes se hubieran llevado a cabo, las independencias no se hubieran producido del modo en que se produjeron, lo que explica muchos aspectos del presente. La idea era que salieran sólo cuatro países, no más de veinte. Pero había muchos intereses internacionales puestos en que el Imperio español no fuera capaz de generar unidades políticas estables y poderosas una vez muerto él mismo. Esto explica la extraordinaria injerencia de los ingleses, por ejemplo.

-¿Y qué consecuencias dejó tras de sí esa injerencia?

-Algunas fueron determinantes. El Tesoro de la Real Hacienda no estaba sólo en España, también en los virreinatos. Y fue robado por Lord Cochrane y otros ingleses que fueron a ayudar a las independencias de España y lo que hicieron fue dejarlas en la ruina. Cochrane, en quien se inspiró la película Master and Commander, robó el tesoro del Virreinato de la Plata. Cuarenta toneladas de oro amonedado, posiblemente el mayor robo de la Historia. Pero, eso sí, las élites que dirigieron las independencias mostraron una absoluta falta de visión política, tal y como sucede hoy. Se encastillaron en sus territorios y todavía no hay quien las mueva. Asumieron el discurso de la leyenda negra porque se convirtió para estas élites en una gigantesca cortina de humo. Y sus poblaciones aprenden aún todo lo relativo a la leyenda negra desde la escuela.

"Es sorprendente que nadie haga nada, desde hace tanto, para solucionar el problema territorial de España"

-En su libro, Larra se revela como un fino analista que sí comprendió la estrategia de las élites. ¿Por qué nadie le hizo caso?

-Porque para cuando murió Larra estaba claro que el discurso del fracaso aportaba a las élites muchos beneficios. En su artículo En este país, Larra criticaba que se culpara siempre de todos los males a este país. Y fíjate que cuando después Antonio Machado escribe sobre la muerte de Larra culpa también “a este país”, lo que desde luego a Larra no le habría gustado un pelo. Por una parte, nadie le entendió; por otra, la fracasología introduce a las élites en un grupo colosal, apartado de los males de España, que te permite actuar con irresponsabilidad y echar la culpa siempre a los otros, a los atrasados. Además, no hay que hacer nada, sólo repetir mitos una y otra vez hasta que se asumen como reales. Y ninguna élite está dispuesta a renunciar a eso, claro.

-Afirma usted que Fracasología nace del diálogo con La España invertebrada. En esta obra, Ortega sostiene que la razón no basta para reconducir el país y que hace falta un correctivo doloroso. ¿Qué opina usted al respecto?

-Sí, Ortega, como otros intelectuales de su tiempo, pedía mano dura. Denunció que la democracia española era débil y arrastraba demasiada corrupción. Y, en un tremendo ejercicio de irresponsabilidad, llegó a olvidar que la liquidación de la democracia no iba a solucionar esos problemas. La mano dura que pedían Ortega y algunos otros llegó en forma de dictadura militar, que rechazaron, pero ya era demasiado tarde. Lo que no se puede es decir ciertas cosas y después no aceptar las consecuencias de lo que has dicho. No puedes pedir mano dura y luego, cuando la mano dura llega, hacer como que eso no va contigo, como que no has tenido nada que ver. La posición de aquella generación al respecto es cuanto menos dudosa.

-Por cierto, Paul Preston analiza en su último libro lo que llama “140 años de corrupción en España”. ¿Qué le parece?

-Me gustaría plagiar ese libro, pero cambiando el contexto. Estaría bien estudiar los últimos 140 años de corrupción en Francia o en Inglaterra. A ver qué sale.

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