José maría merino

"Hoy no necesitamos soñar, sino ir al Caribe o comprar un coche"

  • El autor, Premio Nacional de Narrativa en 2013, regresa con 'La trama oculta', un conjunto de cuentos en el que desvela sus claves e inquietudes

José María Merino se acerca en su nuevo libro al "argumento silencioso" que subyace en las relaciones humanas, a las emociones y estados de ánimo que guarda cualquier corazón que en su latido cotidiano engaña a los demás y se engaña a sí mismo. La trama oculta (Páginas de Espuma) ahonda en "los amores no confesados, las envidias en lo profundo resguardadas, los odios celosamente mantenidos en secreto", en las verdades incómodas y las viejas heridas torpemente vendadas, pero el libro, una especie de compendio de los registros en los que se mueve su creador, ofrece también en otro de los bloques una nueva muestra del talento del escritor para el fantástico. La introspección psicológica y el escalofrío de la extrañeza se dan la mano en un volumen que Merino, ganador del Premio Nacional de Narrativa en 2013, cierra con una sucesión de minicuentos.

-En realidad, toda la buena literatura va sobre esa trama oculta, sobre las dobleces y la complejidad del ser humano...

-Pues sí. La gente piensa que la ficción es un juguete, un entretenimiento, y que lo que de verdad es cierto es la realidad, pero ésta es una apariencia que esconde continuamente tramas ocultas, sentimientos que son diferentes a como se expresan... La trama oculta es la sustancia de la literatura y de la realidad.

-Una de las singularidades de este libro está en esos pequeños prólogos en los que explica el origen de cada cuento, en los que comparte detalles de su memoria sentimental.

-Yo, en un principio, no pensaba hacer esa estructura. El libro iba a dividirse simplemente en tres bloques: uno realista, otro fantástico y otro de minicuentos. Luego me pareció interesante crear una especie de unificación, a través de mi voz; yo hablo al lector y eso va unificando el conjunto. Así se puede pasar de un cuento de humor a uno siniestro o a uno de navidad... Descubrí que la posibilidad de ese narrador, esa voz que descubrió Cervantes, ofrecía una perspectiva distinta. Y esa voz me ayudó a rememorar muchas cosas de mi infancia, como a mi abuelo, que era una persona con un sentido del humor maravilloso, o esas amigas de mi madre que me encantaban siendo un jovencito...

-El protagonista del cuento que da título al libro sufre una transformación tras reencontrarse con El jardín de los cerezos. La elección de Chéjov no será casual...

-No, no. Creo que es uno de los grandes maestros, que parte de la literatura realista del mundo desciende de él, empezando por la norteamericana, pero siguiendo por la nuestra también. No se entendería a Baroja, o a la Generación de los 50, sin Chéjov. Sigue siendo un autor convincente, verosímil y lleno de tramas excelentes. Lo interesante, además, es que generalmente nos hace dudar sobre lo que nos cuenta. Hay cuentos memorables en los que deja al lector satisfecho, pero también insatisfecho, preguntándose.

-Otras narraciones hablan de los mensajes secretos que nos manda el arte. Uno de los personajes piensa que el retrato de Lucrecia Borgia de Bartolomeo Véneto le habla.

-Esa experiencia la viví yo en el Museo Städel de Frankfurt. Me dio esa sensación. Pensé: ¿Qué me está diciendo este personaje? Esto es la vida, esta es la belleza, la primavera, estas son las flores... pero me lo está diciendo desde hace 500 años [ríe]. Ahí surgió la historia, porque los cuentos o se te ocurren o no se te ocurren, o lo ves o no lo ves, y con ese cuadro ocurrió...

-En El último viaje, un hombre recuerda trayectos fabulosos que ha hecho por el mundo, pero acaba volviendo al pueblo de sus abuelos para despedirse. Pese a todo lo vivido, la infancia sigue estando ahí, como una idea del edén de la que nunca escapamos.

-Lo que ocurre es que en la infancia y la adolescencia hemos construido prácticamente todos los elementos de nuestro imaginario. Yo no puedo olvidar, por ejemplo, lo mucho que leí entonces. Es nuestro cobijo mental y sentimental. Yo le doy importancia a ese periodo de la vida por todas las cosas que aprendí, no tanto en la realidad como en la ficción.

-Al mismo tiempo, la infancia que usted retrata no es precisamente idílica.

-Porque el hecho de que yo recuerde mi infancia con una memoria poderosa no quiere decir que fuera idílica. Mis libros de poemas son un ajuste de cuentas con esa etapa, con la niñez y la adolescencia. Es la época de los miedos, de las primeras decepciones, de ir comprendiendo que el mundo no es lo que parece... Yo no hablo del idilio de la infancia, sino de la fuerza de las impresiones y de los sentimientos en ese tiempo.

-En las notas personales que muestra el libro, usted cuenta que teniendo unos 11 años se inventó para una redacción los detalles de una central térmica en la que no había estado. Convenció al maestro y ahí tuvo, dice, su "primera conciencia de escritor".

-[Ríe] Sí, fue así. Yo no creo que la ficción sea mentira: mediante ella puedes recrear la realidad con una intensidad que a veces no tiene la propia vida. Cuando conocí el río Mississippi me defraudó, porque yo lo conocía de Tom Sawyer, y el del libro era más impresionante que el auténtico. La ficción tiene esos peligros, sí, pero es el mejor medio que hemos tenido para intentar entendernos: al principio mediante lo fantástico, mediante las narraciones mágicas. Es el instrumento más eficaz para saber quiénes somos: ni la política, ni la sociología, ni la psicología tienen la misma capacidad para interpretar nuestro entorno.

-Ya en el bloque fantástico, usted lamenta que la literatura sobre vampirismo haya sufrido una terrible degradación.

-Para mí, el libro de Bram Stoker es un auto sacramental. Es una novela epistolar, realista, estupendamente construida. Los vampiros han quedado reducidos a unos monigotes de Halloween que carecen de la grandeza de la leyenda de Stoker. Aunque siguen siendo una de las grandes metáforas de nuestra época: esos señores que nos chupan la sangre... pueden verse como un símbolo del capitalismo, de la explotación.

-En sus apuntes, registra: "¿Otra vez los límites del sueño y de la realidad? Pues sí, qué se le va a hacer". ¿Está cansado de que la escritura le lleve por los mismos caminos, las mismas inquietudes?

-Intento convivir con eso, pero me gusta repetir una observación al respecto. En España tenemos una idea inveterada de la tradición realista, pero, mire usted, el mito de la vida como sueño surge en España, lo acuña don Pedro Calderón de la Barca. Me sorprende el desconocimiento que los españoles tenemos de nuestra tradición literaria. Cuando oigo eso de la tradición del realismo, me dan ganas de replicar: los libros de caballería eran todos fantásticos, ¿de qué me están hablando ustedes? O ahí está El gran teatro del mundo, otro de los grandes mitos acuñados por Calderón, que tiene mucho que ver con el sueño y con la realidad... Yo he sido muy aficionado a Freud, un autor totalmente olvidado.

-Pero parece que hoy los sueños no interesan tanto como cuando Freud los analizaba.

-Hoy no necesitamos soñar: sólo queremos unos cuantos euros con los que irnos al Caribe o comprarnos un coche. Pero el sueño ha formado parte, forma aún parte, de lo que somos; está siempre detrás de nuestros grandes proyectos. Los grandes horrores y las grandes conquistas se hicieron a base de sueños: desde esa meta de libertad, igualdad, fraternidad hasta los campos de concentración, que eran una especie de pesadilla.

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