Cultura

Historia y mito

'La guerra de Troya'. Karl Gottlob Schelle. Trad. Isabel Hernández. Díaz y Pons. Madrid, 2013, 190 páginas. 17 euros

Hay dos grandes relatos que nutren y fundamentan la tradición occidental: las Sagradas Escrituras y su ardiente iconografía levítica, y el canon de la Antigüedad pagana que podemos resumir, con brevedad y urgencia, en la poesía de Homero. De entre ésta última cabe destacar, por su poderoso influjo en la imaginación de siglos posteriores, la Guerra de Troya. Hasta hace muy pocas generaciones, quizá dos, el hombre ha vivido en estrecha, en deslumbrada intimidad con Aquiles, con Héctor, con Agamenón y Ajax, con Príamo y Helena... Y es esta perdurable fascinación, nacida de aquel asedio, lo que se rastrea en este sucinto y ejemplar volumen, no sólo en su huella literaria (se dice que Alejandro durmió en Troya con un ejemplar de la Ilíada anotado por Aristóteles), sino en su verdad histórica.

Como el lector no ignora, fue Schliemann quien, guiándose por el relato homérico, halló el lugar exacto de Troya en la vieja Anatolia, lindera con el Bósforo. La tradición erudita, del XVIII al XIX, ya había dado por supuesto que Troya y su guerra no fueron sino la poética invención de un hombre -de un nombre- también conflictivo: Homero, cuya veracidad, cuya efigie, se pierde en una profunda e inextricable bruma histórica. A esto cabe añadirle la pobreza de datos que la Antigüedad había suministrado al saber moderno sobre la ubicación y la naturaleza de aquel reino. Hallazgos más recientes, sin embargo, junto con la prueba arqueológica de Schilemann, cuya defectuosa prospección reveló siete capas o ciudades troyanas, han permitido reconstruir y coordinar la épica de Homero con los vestigios de un mundo trabajosamente recuperado desde su oscuridad de siglos. Esta apasionada y apasionante búsqueda es la que aquí relata el profesor Cline con sencillez y rigor admirables. También en lo que toca a la desmitificación de un personaje tan ambiguo y sorprendente, tan valioso al cabo, como Heinrich Schliemann. Quiere decirse que, tantos siglos después, Troya sigue originando deslumbramientos y debates. Su entrechocar de espadas, las naves enemigas, la ciudad calcinada por la belleza de Helena, aún alimenta el sueño de los hombres.

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