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Las cuatro balas que no gastó Fernando Mansilla

  • 'Matar cabrones', la novela póstuma del escritor, músico y dramaturgo, un 'thriller' descarnado y frenético en torno a la aporofobia, se publicará el próximo 6 de noviembre

El escritor, dramaturgo y músico Fernando Mansilla (Barcelona, 1956-Sevilla, 2019). El escritor, dramaturgo y músico Fernando Mansilla (Barcelona, 1956-Sevilla, 2019).

El escritor, dramaturgo y músico Fernando Mansilla (Barcelona, 1956-Sevilla, 2019). / Belén Vargas

La cita es en el Corral de Esquivel, el bar donde era fácil encontrar a Fernando Mansilla después de su paseo mañanero de rigor por la Alameda, siempre con ese aire otoñal sin importar lo que indicase el mercurio, acompañado por su perra, Maya, y vistiendo sombrero y abrigo negros de modesto flaneur casi centroeuropeo del Pumarejo. Al fondo del local, sus últimos editores, Zacarías Lara y Manuel Burraco, del sello Barrett, se apresuran a enseñar unos folios como oro en paño: el prólogo de su novela póstuma, la que anduvo pergeñando literalmente hasta la hora de su muerte, pues el escritor, dramaturgo y músico, como sabemos por su pareja, Lola, estuvo el pasado 7 de junio escribiendo un buen rato, se recostó luego en "el puto sofá", como le gustaba puntualizar al autor de Canijo tal vez debido a su gusto por el pálpito más áspero de la calle y, en justa correspondencia, debido a su recelo de las realidades mullidas, y ahí, a sus 63 años, mientras dormía, se acabó lo que se daba.

La novela, que verá la luz el 6 de noviembre, se titula Matar cabrones y narra de nuevo, a mordiscos y con pasajes eléctricos que podrían calificarse como tarantinescos de no ser por encima de todo absolutamente mansillescos, su pasión por los desheredados y apestados. Si en Canijo (El Rancho) noveló –con evidente poso autobiográfico– la vida perra de la Sevilla de los 80, el submundo lumpen que gravitó en torno a los yonquis y las agujas con veneno, y en Relatos faunescos (Barrett) dio cuenta, como si del más frenético thriller se tratase, de sus años como flautista callejero en el lustroso laberinto de Santa Cruz –la etapa de su vida en la que Mansilla ganó más dinero, como suele decir su viuda; háganse una idea de lo que a Mansilla, a él de verdad, le importaba el dinero...–; en Matar cabrones el autor retrata la inclemente lucha diaria de las personas sin hogar.

"Cuando nos pasó el prólogo y lo leímos, flipamos", recuerdan sus editores. Mansilla comenzó a escribir la novela en una etapa penosa, hundido anímicamente por la muerte de su hermana y muy tocado de salud él mismo, circunstancia que provocó su particular viacrucis de breves hospitalizaciones. "Pero de algún modo remontó", se admiran Lara y Burraco. Y se entregó a la novela y a varios otros proyectos que este artista verdadero, honesto y huidizo de tan humilde dejó inacabados: el guión de un cómic, el esbozo de una nueva obra teatral, otra novela en ciernes aparte de Matar cabrones...

Zacarías Lara y Manuel Burraco, de Barrett, ayer en el Corral de Esquivel con un ejemplar del libro 'Documento 1'. Zacarías Lara y Manuel Burraco, de Barrett, ayer en el Corral de Esquivel con un ejemplar del libro 'Documento 1'.

Zacarías Lara y Manuel Burraco, de Barrett, ayer en el Corral de Esquivel con un ejemplar del libro 'Documento 1'. / Antonio Pizarro

Antes de su muerte –que llegó de manera inesperada, cuando el autor parecía estar bastante recuperado de su patología cardíaca– Mansilla dejó en su ordenador "cientos de archivos" dispersos –muchos de ellos corresponden a capítulos y pasajes sueltos de la novela, que nunca llegó a tener armada en su conjunto– que los editores han ido "puliendo, para evitar repeticiones, sobre todo, y ordenando", pero en ningún caso reescribiendo, explican.

La novela, de la que Mansilla llegó a escribir "un 70% aproximadamente", narra la sórdida historia de una suerte de mafia que se dedica a hacer desaparecer a indigentes y sintechos de manera sistemática, violenta y cruel. "Él, lo sabe cualquiera que lo tratase o lo leyese, se sintió siempre del lado de los excluidos. Y como solía, igual que cuando un crítico le sacó una mala reseña y él hizo con ella una canción, se dedicó a coger historias de la realidad, que luego transformaba. Casi podríamos decir que a cualquier personaje de los que aparecen en la novela lo hemos visto pidiendo dinero alguna noche por los bares de la Alameda", dice Burraco.

Esta trama de aporofobia extrema, estilizada narrativamente por Mansilla hasta hacer de ella una historia de aires pulp, "peliculera y con gran velocidad de acción", tenía dos finales en la cabeza del autor, y por eso los editores contemplan incluir los dos; primero el que creen más probable, y a continuación, "a modo de bonus track, el otro".

Mansilla, retratado en la Alameda de Hércules. Mansilla, retratado en la Alameda de Hércules.

Mansilla, retratado en la Alameda de Hércules. / Luis Castilla

La publicación de esta novela es por descontado una gran noticia para quienes aprecian la obra de Fernando Mansilla, emblema del underground más genuino de Sevilla, pero a la vez resulta difícil no sentir una punzada de tristeza, pues no en vano su propio desarrollo súbitamente interrumpido es un recordatorio más de su ausencia. "En la novela –cuentan los editores– hay un tipo que tiene una pistola con seis balas y, en el material que hemos encontrado, llega a usar dos. Nosotros, la verdad, creemos que Fernando, si hubiera tenido tiempo, habría usado las otras cuatro". Nunca lo sabremos. Como tampoco sabemos, no aún, no hasta poco más de un mes, todas las otras cosas que ocurren en esas más de 200 páginas póstumas de puro nervio callejero relatadas por alguien que nunca habló ni contó de oídas.

De los viajes por Google Maps a corea del sur

De Mansilla hablan sus editores con enorme cariño, pero no menos entrega le han dedicado al resto de su catálogo, que en lo que queda de año se verá ampliado con otros dos títulos aparte de Matar cabrones. El primero es Documento 1, del canadiense François Blais, se publicará el 25 de septiembre y ofrece una irónica mirada al proceloso mundo editorial a partir de una anécdota más o menos real: su afición a buscar en Google Maps de lugares con topónimos divertidos o extravagantes. Cuando el autor dio con un pueblo en Estados Unidos llamado Bird-In-Hand (Pájaro en mano), quiso viajar para conocerlo en persona, y qué mejor manera de conseguir el dinero para el viaje, pensó, ingenuo él, incluso en la Canadá próspera y cool de Trudeau, que pedir una subvención al Ministerio de Cultura para escribir un libro sobre dicho viaje. Y descubrió entonces que publicar un libro puede llegar a ser la mayor aventura inesperada.

En el segundo, Corea: Apuntes desde la cuerda floja (en librerías el 16 de octubre), el colombiano Andrés Felipe Solano propone un ensayo autobiográfico en el que reflexiona sobre sus experiencias en Corea del Sur (se mudó allí en 2013 junto a su mujer coreana), sobre múltiples aspectos de la cultura y el modo de vida en el país asiático y sobre la naturaleza de sus oficios de escritor y traductor.

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