Los panes y los peces

Leer a Joseph Campbell

  • Sobre el mito, la verdad, el conocimiento y el dogma a tenor de ‘El héroe de las mil caras’ (1949), del autor norteamericano, recientemente publicado en nuestro país por la editorial Atalanta

El mitólogo y escritor estadounidense Joseph Campbell (1904 – 1987). El mitólogo y escritor estadounidense Joseph Campbell (1904 – 1987).

El mitólogo y escritor estadounidense Joseph Campbell (1904 – 1987). / M. H.

Si la niñez -que, como cualquier otro tramo de la vida, abunda en inseguridades, angustias y revelaciones perturbadoras sobre la existencia y sobre el prójimo- se nos acaba grabando a fuego en la memoria como una suerte de paraíso perdido, ello se debe, en gran medida, a la idiosincrasia de la inteligencia infantil, a su carácter holístico, relacional, integrador. Para el niño, ya se sabe, no hay diferencia entre lo real y la imaginación, entre el juego y el conocimiento, entre el creador y sus criaturas. La naturaleza entera entra en él como él en ella, en un trasvase continuo y sin obstáculos. Por eso le resulta tan fácil identificarse plenamente con cualquier cosa, encarnarla.

Ahora bien, cuando un niño juega a ser un pájaro, por ejemplo, sabe que lo es y no lo es. De ahí que, salvo contadas y desgraciadas excepciones, no termine tirándose por un balcón. A diferencia del loco, el niño no es literal. Su lógica es mitológica. Su reino, la metáfora.

A medida que nos hacemos mayores vamos distanciándonos de ese reino regido por las leyes de la analogía, de la semejanza, puesto que se nos educa, sobre todo, para clasificar, para excluir. Y cuando finalmente nos exiliamos dejamos de percibir la unidad que late bajo la infinita variedad de los fenómenos y nos perdemos en la aparente falta de sentido de nuestra experiencia del mundo. Nos quedamos, por así decir, sin dimensiones metafísicas.

En el prólogo de su segundo libro, El héroe de las mil caras -aparecido en 1949 y recientemente publicado en nuestro país por la editorial Atalanta en traducción de Carlos Jiménez Arribas- escribe el gran mitólogo Joseph Campbell que su propósito es descubrir algunas verdades de esas que se presentan ante nosotros disfrazadas con las figuras de la religión y la filosofía; conformar un relato de las verdades básicas que han gobernado la vida del ser humano en los milenios que lleva habitando el planeta.

Nos hemos dividido en dos por el bien del conocimiento: vamos de la magia a la ciencia

Con su método comparatista y su brillante intuición de la unidad subyacente en todos los mitos -que tanta influencia tuvo en la antropología estructuralista-, Campbell se centra en las similitudes y no en las disparidades -mucho menos abundantes, en su opinión, de lo que popular (y políticamente) se suele creer-. “Albergo la esperanza”, dice, “de que una puesta en claro de tales similitudes contribuya a la causa, no del todo perdida, de esas fuerzas que trabajan en el mundo actual en pos de la unificación, pero no en nombre de ningún imperio eclesiástico ni político, sino en aras de la mutua comprensión entre los seres humanos”.

Para nuestra cultura los mitos son, por lo general, o cuentos estrafalarios que ayudaban a nuestros obtusos ancestros a lidiar con la ansiedad -es decir, con la angustia que les provocaban su desconocimiento de las leyes de la naturaleza y las inevitables tensiones entre el individuo y el grupo dentro de una comunidad- o delirios venenosos que exacerban las pasiones irracionales y provocan atrocidades de todo tipo. Con nuestro arsenal racionalista -y nuestra herencia colonialista- acudimos a ellos para diseccionarlos, para esquilmarlos, en busca de algo que podamos aplicar a nuestra época.

Pero precisamente porque, como escribió Arthur Koestler, la tragedia del ser humano estriba no en un exceso de agresividad, sino en una sobreabundante capacidad para la devoción, uno debería leer la obra de Campbell y acceder a los mitos tal como él nos propone hacerlo: devolviendo sus imágenes a la vida y teniendo presente, en fin, que uno no sabe adónde va ni qué lo empuja, pues las líneas de comunicación entre las zonas conscientes e inconscientes de la psique humana se han cortado y, como apostilla el propio autor: “nos hemos dividido en dos”.

En efecto, nos hemos dividido en dos por el bien del conocimiento y, orgullosos de nuestra lucidez, reproducimos, en nuestras propias, particulares vidas, el viaje de la especie desde sus estadios presuntamente primitivos, infantiles, hasta sus estadios presuntamente más maduros, más evolucionados. Vamos de la magia a la ciencia, de las fantasías a las pruebas, de la superstición a la sabiduría. O eso queremos creer.

Lo cierto es que el ser humano actual -mucho más que sus ancestros- y el adulto -a diferencia del niño- son esclavos del mito precisamente porque no son conscientes de él, de cómo sigue operando sobre ellos en la oscuridad. Y no lo son porque creen haberlo desterrado en nombre de una verdad más alta. En nombre de esas verdades -de un relato nacional, de una utopía científica- por las que matamos a menudo, oprimimos, torturamos, ajenos por completo a la lógica mitológica, la lógica del niño, la que le permite vivir a la vez en un planeta que orbita alrededor del sol y en otro, el mismo, alrededor del cual orbitan el sol y todas las demás miradas del universo. Pues la verdad es verdad cuando es también metáfora; si no, no es más que un dogma.

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