Sobibor | Crítica Impudor porno-sentimental del Holocausto

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película. / D. S.

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Konstantin Khabensky es una buenísima persona dedicada a la filantropía, un voluntarioso y muy trabajador actor multipremiado en su Rusia natal con una inmensa trayectoria en cine, televisión y teatro, un cantante con varias grabaciones y, tras esta película, también un director. Pero su bondad y laboriosidad no valen, por meritorias que sean, para justificar esta película condenada desde su principio por su impudor: llega un convoy al campo de exterminio de Sobibor, en el que durante su breve funcionamiento entre abril de 1942 y octubre de 1943 se asesinó a 200.000 personas; se desarrolla el siniestro ritual conocido: bajada del tren, separación de prisioneros útiles e inútiles y duchas desinfectantes que en realidad son la cámara gas...

El problema es que Khabensky y su cámara entran allí junto a la multitud de cuerpos desnudos, se ve salir el gas y se visualiza la muerte mientras suena una música entre sentimental y dramática. Pornográfico. Spielberg –ahora que se cumplen 25 años de La lista de Schindler– lo evitó y László Nemes creó en El hijo de Saúl una nueva forma de narrar basada en la profundidad de campo con desenfoque que le permitió dejar que se intuyera el horror. Khabensky, en cambio, mete su cámara donde no debe ni puede entrar. Y además le pone música.

Tras esta señal está claro que no es el director apropiado para narrar la famosa rebelión y fuga –la mayor que se dio en un campo de exterminio– que tuvo lugar el 14 de octubre de 1943, cuando unos 400 presos lograron huir matando un buen número de guardias alemanes de las SS y ucranianos. Un episodio heroico que fue llevado al cine en 1987 (la flojita Escape de Sobibor de Jack Gold) y al que el gran Claude Lanzmann dedicó el documental Sobibor, 14 octobre 1943, 16 heures al que se suman otros dirigidos por Pavel Kogan y Lily van der Bergh (Opstan in Sobibor, 1995) y Karen y Richard Bloom (Sobibor: the Plan, the Revolt, the Escape, 2010), en los tres casos con participación de supervivientes.

Chirriante en la representación de la crueldad, plana y esquemática en el retrato de los personajes y desacertada en sus planteamientos formales –lo peor, el uso de la música y la cámara lenta– esta película es incapaz de dar razón de la tragedia, el horror y el heroísmo que narra.

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